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Full text of "Jose Pedro Varela La Legislacion Escolar. Tomo 1"

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LA LEGISLACION 
ESCOLAR 



Ministerio de Instrucción Póblica r Previsión Social 



BIBLIOTECA ARTIGAS 
Art. 14 de la Ley de 10 de agosto de 1950 

COMISION EDITORA 

Prof. Juan E. Pivel Devoto 
Ministro de Instrucción Pública 

María Julia Ardao 
Directora Interina del Museo Histórico Nacional 

Dionisio Trillo Pays 

Director de la Biblioteca Nacional 

Juan C. Gómez Alzóla 
Director del Archivo General de la Nación 



Colección de Clásicos Uruguayos 

Vol. 51 
José Fieobo Várela 

OBRAS PEDAGOGICAS 

La Legislación Escolar 

Tomo I 

Preparación dd texto a cargo de 
Josí Pedro Barrám y Benjamín Nahum 



JOSE PEDRO VARELA 



OBRAS 
PEDAGOGICA^ 

LA LEGISLACION ESGOILjj^S 



TOMO I 



MONTEVIDEO 
1964 



LA LEGISLACION 
ESCOLAR 



I 



ADVERTENCIA DE LA 1* EDICION 



La publicación de este libro mandada hacer por la 
Comisión de Instrucción Pública de Montevideo, ha- 
ce necesaria una ligera explicación, que salve las res- 
ponsabilidades en que, sin ella, pudieran incuirír los 
señorea que componen esa Comisión. 

En una de las sesiones ordinarias de la Comisión 
hicímosle saber que teníamos el propósito de someter 
a la consideración del Gobierno un Proyecto de Ley 
General de Educación Común, que habíamos confec- 
cionado, y que desearíamos acompañarlo con el volu- 
men de observaciones y comentarios que habíamos 
escrito para explicar y desarrollar las ideas que nos 
habían servido de base. 

Con motivo de esa indicación, la Comisión de 
Instrucción Pública se reunió poco después en sesión 
extraordinaria, sin que asistiéramos nosotros a esa 
sesión, y resolvió que la publicación del volumen que 
lleva por título La Legislación Escotar fuera hecha por 
la Comisión de Instrucción Pública. 

Esa resolución no importaba prestar su aprobación 
al Proyecto de Ley, ni al volumen que lo acompaña, 
puesto que la Comisión no conocía el Proyecto, ni 
La Legislación Escolar. 

Juzgando por nuestros trabajos anteriores, la Co* 
misión, de Instrucción Pública creyó que habría con» 
veniencia en la publicación de este libro y del Pro- 
yecto de Ley que lo motiva, pero sin hacerse solidaria 
de laa ideas vertidas en La Legislación Escolar y íot- 
muladas en nuestro Proyecto de Ley. 



[3] 



JOSE PEDRO VARSIiA 



Hemos creído conveniente hacer esta declaración 
espontánea en el deseo de evitar responsabilidades, en 
que no ha incurrido, a la Comisión de Instrucción 
Pública que tenemos el honor de presidir. 

En cuanto a nuestra responsabilidad personal cree- 
mos conveniente también hacer una ligera explicación 
que se justifica bien por las circunstancias en que 
este volumen aparece. 

Ni el Proyecto de Ley de Educación Común, ni 
La Legislación Escolar son una improvisación, a la 
que hayamos dado forma para responder a exi- 
gencias del puesto de Director de Instrucción Públi- 
ca, que desde hace tres meses desempeñamos. No: la 
idea de formular un Proyecto de Ley General de 
Educación para nuestro país, la tenemos desde hace 
ocho o diez años, ya que datan de 1868 las primeras 
notas que tomamos al emprender los estudios que nos 
han conducido al resultado que ofrece el Proyecto 
de Ley, que hemos presentado al Gobierno actual. En 
cuanto ai volumen que lo acompaña, lo escribimos 
durante el año 75, ocupando en sü redacción las lar- 
gas y monótonas horas de una prolongada reclusión, 
que los sucesos políticos de aquella época nos obliga* 
ron a soportar, ya que no queríamos tomar en ellos una 
parte activa. Los sucesos políticos de marzo de 1876, 
nos encontraron con nuestro trabajo completamente 
concluido: y al publicarlo ahora, no hemos querido 
introducir en él modificación alguna, temerosos de 
que, si lo hubiéramos hecho, hubiesen ejercido in- 
fluencia en nuestro espíritu los acontecimientos que 
actualmente se desarrollan en nuestro país. 

Pudiera creerse por algunos que toda la primera 
parte, y especialmente el capítulo IV de La Legislación 
Escolar, ha sido escrita teniendo en cuenta el debate 

W 



LA LEGISLACION ESCOLAR 



que se sostiene actualmente respecto a la prolonga- 
ción de la dictadura del coronel Latorre; pero seria 
esto completamente inexacto, ya que esa parte, como 
el resto del libro, estaba escrita mucho antes de que 
el coronel Latorre asumiese la dictadura, y aun antes 
de que hubiera sido vencida la revolución que en- 
cabezaba el coronel Muniz. 

No hacemos, pues, un trabajo poKtico, en el sen- 
tido concreto de la palabra: es decir, no tomamos 
parte en la política militante de la actualidad con la 
publicación de la primera parte de este libro. Nues- 
tras opiniones sobre las causas de la crisis política, 
no nacen de los acontecimientos que se han produ- 
cido en los últimos meses, sino de lo que, a nuestro 
juicio, enseña la historia politica de nuestro país 
desde que nos hicimos independientes. 

La única alteración que hemos introducido en La 
Legislación Escolar al darla a la prensa, es la de fijar 
el Presupuesto de Gastos de Educación de 1876, en 
vez de conservar el de 1875 que antes teníamos, y 
agregar los dos cuadros que van al final del volu- 
men. En lo demás la obra está íntegra, tal como la 
habíamos formulado, y definitivamente concluido en 
diciembre de 1875. 

Sirvan estas explicaciones para evitar interpreta- 
ciones torcidas y juicios erróneos. 

Montevideo, junio 28 de 1876. 

José Pedro Várela 



[5] 



NOTA AL SEÑOR MINISTRO DE GOBIERNO, 
ENVIANDOLE EL PROYECTO DE LEY 
DE EDUCACION COMUN 

Señor Ministro de Gobierno, 
don José María Montero (hijo). 

Montevideo, Junto 2B de 1876. 

Señor Ministro: 

Me permito elevar a V. E., rogándole <!juiera po- 
nerlo en conocimiento del Gobierno de que forma par- 
te, el adjunto Proyecto de Ley de Educación Común 
que he formulado para la República, y que el señor 
Gobernador Provisorio, haciendo uso de las facul- 
tades ordinarias y extraordinarias que inviste, podría 
convertir en ley, con evidente conveniencia para los 
intereses permanentes de la República, sea aceptan* 
dolo tal como ha sido formulado, o introduciendo en él 
las modificaciones que juzgare necesarias. 

Como la pretensión que entraña esta comunicación, 
j la elevación a Y. £, del adjunto Proyecto de Ley, 
pudiera parecer censurable y pueril, ha de permitir- 
me V. E. que la apoye en las fundadas razones que 
he tenido para echar sobre mis hombros tan grande 
responsabilidad. 

No ignora V. £. cuán deficientes son las disposi- 
ciones que, en materia de educación, están en vi- 
gencia en la República. Fuera difícil averiguar a que 
sistema responde la organización de la enseñanza 
pública en nuestro país. El precepto constitucional 
que manda a las Juntas Económico Administrativas 
velar por la instrucción pública en sus respectivos 



[7] 



JOSS PEDRO VARELA 



Departamentos» y las disposiciones correlativas de 
los primeros gobiernog patrios, dejan suponer que 
trataba de organizarse en la República la descentra- 
lización con respecto a la organización de la enseñan- 
za pública; por otra parte, el decreto -ley creando y 
organizando el Institutó de Instrucción Pública reac- 
ciona absolutamente contra un sistema semejante y 
establece la organización más centralista que imagi- 
nar se puede. Sin embargo, las facultades au toe rá ti- 
cas concedidas al Instituto de Instrucción Pública no 
van acompañadas de los medios coercitivos necesa- 
rios para que de ellos pudiera usar eficazmente esa 
Corporación. Es el Instituto de Instrucción Pública 
quien nombra los maestros, quien adopta los textos, 
quien fija los programas; pero son las Juntas Econó- 
mico-Administrativas quienes pagan sus sueldos a los 
maestros, quienes proveen de textos a las escuelas, 
y quienes hacen efectivo el programa escolar. En el 
caso de desavenencia entre el preceptor y la Junta, 
el Instituto de Instrucción Pública no tiene medios 
eficaces para mantener al preceptor en condiciones 
regulares; y en el caso de desavenencia entre el Insti- 
tuto y las Juntas, aquél, a pesar de sus amplísimas 
facultades, no tiene cómo imponer sus resoluciones, 
ni cómo hacer cumplir sus mandatos. Así, en el De- 
partamento de Montevideo, donde por causas fáciles 
de comprender las desavenencias entre el Instituto 
y la Junta han sido más frecuentes, ha venido a resul- 
tar que la ley ha sido falseada, y la Junta ha proce- 
dido con casi absoluta independencia. 

Pero ni aun el sistema regular establecido en el de- 
creto ley de creación del Instituto, cuya ineficacia 
se ha evidenciado prácticamente en los veinticinco años 
que hace está en vigencia, ni aun ese sistema es el 
que nos rige actualmente. El Gobierno anterior, por 



CB] 



I 



lA LBCISLACIOH ESCOLAR 



decreto de 14 de abril de 1875, declaró dísuelto el 
Instituto de Instrucción Pública, encargando de su 
cometido a la Comisión de Instrucción Pública del 
Deparlamento de Montevideo, De ahí ha venido a re- 
sultar esta anormalidad: en todo lo que respecta a 
la Instrucción Pública, las Juntas Económico-Admi- 
nistrativas se hallan sometidas, no ya a la Junta 
Económico-Administrativa de la Capital, sino a una 
Comisión auxiliar de la Junta de Montevideo En las 
facultades que inviste como Instituto de Instrucción 
Pública, la Comisión de Instrucción Pública, auxiliar 
de la Junta de Montevideo, es; sm embargo, superior 
a esa misma Junta ; de manera que puede presentarse 
fácilmente el caso de que en desacuerdo de opiniones, 
la Comisión de Instrucción Pública imponga las su- 
yas autoritariamente, en virtud de las facultades que 
le han sido conferidas por el decreto de 14 de abril 
próximo pasado, aun a la misma Jimta, de la que es 
un simple auxiliar. Fácil es comprender que semejante 
estado de cosas no puede prolongarse, ni podría sub- 
sistir en una época normal. 

Pero si estas consideraciones demuestran la urgen- 
cia de preocuparse de organizar, de una manera regu- 
lar, el sistema que con respecto a la enseñanza públi* 
ca ha de regir en nue«tro país, y si ellas prueban 
que los trabajos que en ese sentido se hagan respon- 
den a una necesidad leal, que se hace sentir a cada 
momento con mayor fuerza, no son, sin embargo, las 
que principalmente me han inducido a tomar la re- 
solución que motiva esta nota. Si fueran estas las 
únicas razones que se pudieran aducir, debería reco- 
nocerse la necesidad de dictar una ley general de edu- 
cación, pero sin que de ahí se dedujera que fuese el 
Gobierno Provisorio el que debiera dictarla, antici- 
pándose, sin causa bastante, a las resoluciones que 



[9] 



JOSE PEDRO VARELA 



pudiera tomar el Cuerpo Legislativo, una vez recons< 
truidos los Poderes constitucionales y vuelto el país 
al régimen normal. 

La razón fundamental que me ha inducido a diri- 
girme a V. £. es que, reconocida la necesidad de dic- 
tar leyes que organicen debidamente la instrucción 
pública en nuestro país, creo que no puede esperar- 
se juiciosamente que esas leyes sean dictadas por las 
futuras Asambleas, cualquiera que sea su composi- 
ción; al menos si juzgamos del porvenir inmediato 
por lo que el pasado de la República nos enseña. 

En la prosecución del trabajo que me había im- 
puesto al escribir el volumen de comentarios y expli- 
caciones que acompañan al Proyecto de Ley de Edu- 
cación Común, y que oportunamente remitiré a V. E,, 
he debido recorrer con minuciosa atención las colec- 
ciones de las leyes patrias, los Diarios de Sesiones 
de nuestros Cuerpos Legislativos, y las publicaciones 
diarias o periódicas que pudieran darme alguna luz 
respecto a las disposiciones sobre instrucción pública 
dictadas en nuestro país, y a los trabajos sobre educa- 
ción que desde la época de nuestra independencia hu- 
bieran podido realizarse entre nosotros. Séame permi- 
tido notar, señor Ministro, que be constatado con 
dolorosa sorpresa que en los 45 años de vida inde- 
pendiente que llevamos, nuestras Asambleas no han 
dictado una sola ley sobre escuelas públicas. La dis- 
posición del 16 de mayo de 1827, mandando esta- 
blecer escuelas públicas en los pueblos cabeza de 
Departamento, es un decreto del Gobierno Provisorio 
de la época; la que manda establecer escuelas públi- 
cas en la' Capital, es un decreto del mismo gobierno; 
el decreto-ley creando el Instituto de Instrucción Pú- 
blica y organizando la enseñanza elemental y superior 
en toda la República, fue promulgado en los últimoi 



[10] 



LA LEGISLACION ESCOLAR 



años del sitio de Montevideo, por el Gobierno Pro- 
visorio de entonces, Y así como hasta el año 1851 
se encuentran disposiciones respecto a la enseñanza 
primaiia, pública y gratuita, pero no que hayan sido 
votadas por la Asamblea, desde 1851 hasta la fecha 
se busca en vano en las colecciones de leyes una sola 
disposición general respecto a la instrucción primaria 
pública, que haya sido dictada por las Asambleas o 
losi gobiernos. £n 1833 la Asamblea dictó una ley, que 
fue confirmada y ampliada en 1838, creando la Uni> 
versidad; -pero ni entonces, ni después, ni antes, hay 
una sola ley relativa a la instrucción primaria, pública 
y gratuita, votada por la Asamblea. Parece que, 
absorbidos por otras cuestiones, en su sentir de más 
vital interés, los cuerpos deliberantes de nuestro país 
no hubieran tenido tiempo de preocuparse de las es- 
cuelas públicas. Con esto, señor Ministro, no formulo 
un cargo contra los hombres públicos de mi patria: 
constato un hecho del que Y. £. sacará las conse- 
cuencias que juzgue legitimas, y nada más. 

Pero no es sólo que la Asamblea no haya dictado 
una sola ley sobre instrucción primaria pública; es 
que tampoco se han presentado a las Cámaras más 
proyectos sobre esa materia, (al menos hasta donde 
en mis pacientes averiguaciones he podido constatarlo) 
que el presentado a la Cámara de Representantes en 
1868 por el señor don Isidoro De-María, anteriormen- 
te Inspector de escuelas del Departamento de Monte- 
video, y el presentado a la misma Cámara en 1873 
por el distinguido e ilustrado ciudadano don Agustín 
de Vedia. Los demás proyectos relativos a instrucción 
primaria pública presentados a cualquiera de las dos 
Cámaras, desde la época de nuestra independencia, 
no se han propuesto organizar toda la instrucción 

[11] 



JOSE FESnO VAHELA 



prixaaría publica, sino responder a esta o aquella 
necesidad real o aparente, pero siempre de detalle. 
En resumen, pues, sólo los señores De-María y Vedia 
han presentado a la Cámara proyectos relativos a la 
organización de la instrucción pública, y los proyectos 
de esos señores están todavía por discutirse, y aún por 
estudiarse, si no rae engaño, por las respectivas Comi- 
siones de la Cámara a que fueron confiados. 

No es, pues, un espíritu pesimista, sino una obser- 
vación imparcial de los hechos y un sincero acata- 
miento prestado a las severas lecciones de la experien- 
cia, los que me han inducido a decir que no debe 
abrigarse, juiciosamente, la esperanza de que las futU' 
ras Asambleas resuelvan, en nn porvenir inmediato, 
la importante cuestión de la organización de la ense- 
ñanza pública en nuestro país. Antes que las curatio- 
nes de instrucción pública, han de preocupar el espí- 
ritu de los hombres políticos que dirigen nuestras 
Asambleas, las cuestiones financiero-económicas, las 
cuestiones políticas que estén a la ordem del día, las 
cuestiones constitucionales que las dos Legislaturas 
inmediatas siguientes están llamadas a resolver. Podrá 
esperarse que la futura Asamblea dicte, con respecto 
a instrucción pública, alguna ley de detalle que se 
formule en unos cuantos artículos, y se discuta y san- 
cione en una sesión; pero no puede juiciosamente 
creerse que tenga el tiempo y la tranquilidad de espí- 
ritu necesarias para discutir y sancionar una ley ge- 
neral de educación común, que ocuparía muchas 
sesiones, que pondría en tela de juicio muchas cues- 
tiones arduas, y que obligaría a las Cámaras a dejar 
en segundo término asuntos y materias, menos impor- 
tantes sin duda para los intereses permanentes de la 
República, pero que se presentan con caracteres apre* 



[12] 



LA. LEGISLACION ESCOLAS 



luiantes para los que viven en medio a las agitaciones 
de la política militante, o para los que no tienen en 
cuenta más que las exigencias palpables de una situa- 
ción cualquiera. Si esto es exacto, y me atrevo a espe» 
lar que estas observaciones tengan una evidencia que 
se imponga por sí sola, es el Gobierno Provisorio el 
único que puede resolver la cuestión de la organiza* 
ción de la enseñanza pública en nuestro país, haciendo 
para una Ley General de Educación Común lo que 
se hizo en ^ocas anteriores para la promulgación de 
los Códigos Civil y Comercial. 

Comprendo, señor Ministro, cuánta y cuán grande 
sería la responsabilidad del Gobierno Provisorio si 
adoptara una resolución semejante; y aún cuánta y 
cuán grande, para ante la opinión imparcial de su 
país, es la responsabilidad del ciudadano que se per- 
mite aconsejarla, en nombre de los más caros y los 
más vitales intereses de su patria. Por mi parte, esa 
responsabilidad no me intimida, ya que, asumiéndola, 
tengo el intimo y profundo convencimiento de que 
concurro a la realización de los más patrióticos y los 
más legítimos propósitos. 

No quiere decir esto, sin embargo, que al elevar a 
conocimiento de V. E. y del Gobierno de que forma 
parte, el adjunto Proyecto de Ley de Educación Co* 
mún, tenga yo la insana pretensión de creer que he 
realizado un trabajo perfecto, ni aun que es sólo con 
el Proyecto de Ley presentado por mí, que puede re- 
solverse el problema de la organización de la ense- 
ñanza pública en nuestro país. Muy lejos están de mi 
semejantes ideas. El Proyecto de Ley que someto a la 
consideración del Gobierno es el fruto de largos años 
de estudios, seguidos con inalterable constancia al 
través de todas las vicisitudes de la vida; he hecho, 
para perfeccionarlo, cuanto con mis facultades y mis 



113] 



JOSB PEDRO VAREUl 



conocimientos he podido; pero no se me oculta que 
ha de adolecer de muchos defectos y de muchas im- 
perfecciones, como no se me oculta que otros, con 
más inteligencia y más ilustración que yo, podrían 
haber realizado un trabajo más acabado. Si, a pesar 
de eso, lo someto a la consideración del Gobierno Pro- 
visorio, con el propósito y la esperanza de que le 
preste su sanción, convirtiéndolo en ley de la Repú- 
blica, en virtud de las facultades ordinarias y extra- 
ordinarias que inviste, es porque en el terreno elevado 
y tranquilo de la educación del pueblo, quiero con- 
currir, en la medida de mis facultades, al mejora- 
miento de mi país; y porque tengo el profundo con- 
vencimiento de que el Gobierno Provisorio realizaría 
un grande y fecundo esfuerzo en pro de la regenera- 
ción de la patria, si resolviese, de una manera más o 
menos perfecta, el problema de la organización de 
la enseñanza pública en nuestro país, dándole bases 
sólidas y abriéndole un vasto campo de acción. Acaso 
en medio al torbellino de las agitaciones del presente, 
los que llevan la voz y la palabra en las manifesta- 
ciones de la vida pública no prestaran hoy toda su 
importancia a una resolución semejante tomada por 
el Gobierno Provisorio; pero no es dudoso que el 
fallo tranquilo e imparcial del historiador futuro la 
juzgaría, si no como la más fecunda, como una de las 
más fecundas resoluciones tomadas por los gobiernos 
de la República para responder a las necesidades más 
permanentes, más supremas y más vitales de la pa- 
tria. No es raro, pues, que creyéndolo, aspire a ligar 
mi nombre a un acto que, a mi juicio, honraría y 
dignificaría a cualquier ciudadano, por elevada que 
sea su posición y por alta que esté su personalidad. 

V. E. ha demostrado de una manera d* -raasiado evi- 
dente el elevado interés que le inspira la instrucción 



[14] 



LA LEGISLACION ESCOLAB 



pública, y la decidida voluntad con que sabe apreciar 
sus legítimas exigencias, para que crea yo innecesa- 
rio esforzarme en demostrar que la cuestión de la 
educación del pueblo, para la República Oriental, 
como para todos los pueblos civilizados, es, en 
nuestra época, una cuestión de vida o muerte: y que 
de su solución, y aun de su solución inmediata, de- 
pende la solución radical de todos los problemas que 
entraña la difícil y desconsoladora actualidad de la 
República. 

Por lo demás, señor Ministro, en el caso de que el 
Gobierno Provisorio no creyera deber prestar su aten- 
ción al adjunto Proyecto de Ley, ni a las indicacio- 
nes de esta nota, séame permitido creer que puedo 
escudar lo que haya de inusitado en esta comunica- 
ción, tras de la espontaneidad y el desinterés que me 
guían. No ignora V. E. que no he sido encargado por 
autoridad alguna para formular ese Proyecto de Ley 
de Educación Común, y que no he recibido, ni pre- 
tendo, ni quiero recibir ninguna compensación por 
el trabajo que, espontánea y voluntariamente, rae he 
impuesto; lo he hecho, y lo hago en el deseo de ser- 
^ vir a mi país^ sin esperar más recompensa que el 
aplauso de los espíritus imparciales, si es que lo me- 
rezco, y el aplauso de mi propia conciencia satisfe- 
cha con amar y realizar el bien. 

Rogando a V. K. quiera llevar esta comunica- 
ción y el adjunto Proyecto de Ley a conocimiento del 
Gobierno de que forma parte, y prestar a ambos docu- 
mentos la atención que a su juicio merCEcan, saludo 
atentamente al señor Ministro a quien 

Dios guarde muchos años. 

José Pedro Várela 



[15] 



PLAN GENERAL 



El campo abierto por la filosofía a las investigacio- 
nes del espíritu humano no tiene más limites que los 
señalados a la adquisición de la verdad por las leyes 
inmutables que rigen esa misma naturaleza. Buscar y 
descubrir la verdad es el objetivo que solicita los es- 
fuerzos de las investigaciones filosóficas: cuando la 
ha descubierto, cuando la ha observado y la ha puesto 
en evidencia a los ojos de todos, la filosofía ha con- 
cluido su obra. El tiempo y el espacio, las opiniones 
de los antepasados y los contemporáneos, si ejercen 
alguna influencia en el espíritu de los que investigan la 
verdad, en nada influyen en la verdad misma, en lo 
que genuinamente la constituye. Lo que era verdad en 
tiempo de Zoroastro lo es hoy mismo y lo será hasta 
la consumación de los siglos: y la verdad que iba en- 
cerrada en las célebres palabras de Galileo: E pur si 
muove, era tan exacta e intrínsecamente tan completa 
cuando el famoso astrónomo soportaba la tortura por 
confesarla, como lo es hoy que todos los espíritus ilus- 
trados la reconocen^ y como lo será cuando no haya 
sobre la superficie de la tierra una sola inteligencia que 
la desconozca. Ser inmutable es el carácter distintivo 
de la verdad, y si en la evolución incesante de las so- 
ciedades humanas va dejándose el camino sembrado 
de errores, que hoy se reconocen y que ayer se consi- 
deraban como destellos de lo verdadero, no es esto 
porque sea vaiiable la verdad sino porque es resultado 
natural de la falibilidad del espíritu humano considerar 
y reconocer hoy como verdades, por ignorancia, lo que 



[17] 



JOSE PEDRO VARIILA 



vemos mañana que son errores, auxiliados en nuestras 
investigaciones por más fuertes poderes mentales, o 
por más hábiles procederes. 

Pero si son esos los límites seií alados a las especula* 
cienes doctrinales de la filosofía, otros, y muy diver- 
sos, son los que la razón y la experiencia señalan a la 
legislación positiva. Esta, en su labor, tiene que ob- 
servar el estado actual de las sociedades para las cuales 
legisla, y hacer, por decirlo así, que la verdad oficial 
se aproxime en cuanto sea posible a la verdad verda- 
dera, o a la que a lo menos sea considerada así actual- 
mente, o en otras palabras, que la ley sea tan perfecta 
como pueda serlo, siendo practicable. Como toda cien- 
cia que obra en tiempo y espacio determinados, la 
legislación no sólo considera al hombre en abstracto, 
tal como lo ha formado la naturaleza, sino también 
en concreto tal como lo ha modelado la sociedad en 
que vive: observa y armoniza lo que debe y lo que 
puede hacerse, tiene en cuenta la naturaleza humana 
en su plenitud, en toda la perfectibilidad de que es 
susceptible, pero la considera también, y muy espe- 
cialmente, en el estado en que en la actualidad ge pre- 
senta. Intrínsecamente hablando, los principios y 
doctrinas serán tan exactos en las tribus salvajes del 
Africa, como en las más adelantadas sociedades cris- 
tianas; pero ningún espíritu ilustrado podrá sostener 
que la Constitucióp de los Estados Unidos seria buena 
para la nación de los cafres o los patagones. La ley 
positiva es un instrumento, y todo instrumento para 
ser útil tiene que adaptarse a las exigencias de aque- 
llos que han de emplearlo. La utilidad de las leyes, 
su bondad práctica, resulta de esa adaptación del ins-> 
trumento al sitífioe que de él se sirve. La mejor ley 
seria aquella que en 1& ascensión al ideal, ea la aspi- 



LA LEGISLACION ESCOLAB 



ración a la perfección de los piincipios doclrinaleg, 
llegase al nivel máximo a que pudiera alcanzar actual- 
mente el pueblo que debiera ser regido por esa misma 
ley: de manera que ésta debe elevarse a medida que 
se eleve la sociedad regida por ella, conservándose 
siempre una misma distancia que sea bastante para 
estimular los esfuerzos del progreso por la aspiración 
al ideal señalado como punto de mira, y no tanta que 
engendre la postración del desencanto y el abandono 
del desaliento considerándose el ideal por lejano, in- 
accesible. 

Son estos principios e ideas generales los que nos 
han servido de base. Para nosotros es regla invariable 
que toda ley para ser justa y conveniente, progresista 
y útil, necesita apoyarse en principios y doctrinas 
exactas y ser practicable. 

Demostrar la bondad de las doctrinas y la practica- 
biüdad del proyecto de ley que presentamos es el ob- 
jeto de este libro, cuyo plan general es el siguiente: 

PRIMERA PARTE 
I>« nuestro estado actual y sus causai 

I. Causas de las crisis económica, política y finan- 
ciera. 

II. Peligros que entraña nuestro estado actual. 

SEGUNDA PARTE 

Principios generales 

I. Combinación de la acción pública y de la inicia- 
tiva local. 

11* Independencia absoluta de las rentas y de la 
administración de la educación. 



[19] 



J-OSE PEDBO VABELA 



TERCERA PARTE 
Aplicación de los pzincíplos 

I. Proyecto de ley, organizando un sistema de edu- 
cación común para la República Oriental del Uruguay, 
y comentario de algunos artículos. 

II. Demostración de la practicabilidad de la ley 
apoyándose en la estadística y en el ejemplo de otros 
países que se encuentran en las mismas condiciones 
que el nuestro. 



La Primera Parte comprenderá un estudio sobre las 
causas permanentes y esenciales del estado en que ac- 
tualmente nos encontramos; y la indicación de los pe- 
ligros que nos amenazan sí persistimos en continuar 
por el camino seguido hasta ahora. 

La Segunda Parte enunciará los fines y ventajas de 
aunar los esfuerzos del Estado y de las localidades 
para poder realizar toda la obra de la educación, y la 
designación, en cada materia, del límite a que debe 
llegar la acción del Estado y la de las localidades. 

La Tercera Parte contendrá, además del Proyecto de 
Ley, los comentarios que sean indispensables para anti- 
ciparse a algunas observaciones que podrían hacerse 
a varios artículos, cuyo alcance se apreciará mejor 
conociendo las razones que los han dictado ; y la prue- 
ba práctica de que la República Oriental puede hacer, 
sin grande esfuerzo, los sacrificios que serian necesa- 
rios para pdner esa ley en ejecución. 



[20] 



PRIMERA PARTE 

DE NUESTRO ESTADO ACTUAL 
Y SUS CAUSAS 



CAPITULO I 



ConsIdeTaciones preUminares 

Aun cuando el momento en que la bancarrota se ha 
pronunciado ya no sea el más propicio para fonnar 
un balance exacto del estado en que se encuentran, es, 

sin embargo, el que muy a menudo eligen para ha- 
cerlo, así los individuos como los pueblos. La catás- 
trofe ha venido anunciándose desde largo tiempo: las 
dificultades han sido cada vez mayores: la lucha se 
ha hecho más continuada y más ruda; pero, se ha 
conservado la esperanza, y la hora de la bancarrota 
se ha creído siempre lejos. Esta llega, sin embargo, y 
es larde ya cuando ee mira detenidamente y se dei^cu- 
bre en toda su profundidad el abismo que se ha abier- 
to a nuestros pies. La voz de los amigos que, de vez 
en cuando, señalaban los peligros y trataban de sepa- 
rarnos del precipicio, ha sido considerada como resul- 
tado de sugestiones importunas unas veces y de pue* 
riles temores otras: y ahora, cuando la catástrofe se 
ha producido, se recuerda con dolorosa tristeza, sin- 
tiendo no haberla escuchado cuando había tiempo to- 
davía. 

Lo mismo sucede a menudo con las naciones. Una 
prosperidad aparente las anima y siguen gozosas su 
carrera: llegan las primeras dificultades, las luchas, las 
asperezas, y éstas se consideran pasajeras y sin impor- 
tancia, desdeñándose la voz de los que gritan ¡Alerta! 
y de los que señalan el precipicio. Se reconoce la ver- 
dad de las observaciones generales que se formulan, 



[23] 



JOSE PEDRO VARELA 



y se acepta que determinadas causas deben producir 
determinados efectos; pero parece que, sin conciencia 
de lo que se hace, se pretendiese a veces que se alte- 
rara en favor nuestro el cumplimiento de las leyes 
naturales. Estas no se alteran, sin embargo: los mila- 
gros no se presencian ya en nuestra época, y unas mis- 
mas causas continúan produciendo unos mismos efec- 
tos; a despecho de nuestras aspiraciones falaces, y de 
las doctrinas irrisorias que inventamos para satisfacer 
un amor propio mal entendido, y para buscar explica- 
ciones a nuestro extravío. 

Creerán algunos, tal vez, que es demasiado tarde 
para que tratemos de damos cuenta del estado en que 
nos encontramos, y de buscar las causas verdaderas 
que lo han producido, con el objeto de combatirlas y, 
si es posible, hacerlas desaparecer: para nosotros, a 
pesar de la inmensidad de los males que nos aquejan, 
de la multitud de obstáculos que se presentan y de lo 
debilitadas que se hallan nuestras fuerzas, no es dema- 
siado tarde aún, para que tengamos el valor de mirar 
de frente, sin cobardías y sin ambages, la situación 
angustiosa en que se encuentra la República. Creerán 
algunos, los más bondadosos, que al hacerlo en estos 
momentos realizamos un trabajo estéril: creerán otros 
que olvidamos las inspiraciones del patriotismo atri- 
buyendo a la patria males que sólo son imputables a 
algunos de sus malos hijos: y no faltará también quien 
crea que renegamos del culto de las buenas ideas estu- 
diando nuestras desgracias y proponiendo remedios 
para ellas, cuando densas y cargadas nubes enlugubre- 
cen el horizonte político de la República. Se raciocina 
entre nosotros de una manera tan extravagante, que se 
sostiene que es precisainente cuando el mal llega a su 

[24] 




LA. LEGISLACION ESCOLAR 



mayor intensidad cuando menos esfuerzos debe hacerse 
para conjurarlo. La ¡política militante, esa política del 
momento actual en la que todos entienden y todos in- 
fluyen, y que hace consistir todos nuestros males y 
todas nuestras desgracias en la presencia o el aleja- 
miento de uno o de unos cuantos hombres, extiende 
su acción a todas las esferas de la actividad humana, 
y a poco más el pensamiento tiene que permanecer 
mudo, como si la vida hubiera cesado, mientras no 
llega la hora ansiada de la reacción y del triunfo. Así 
se pretende subordinar todo a las intermitencias de la 
política militante, y aplicar las leyes esencialmente 
transitorias, e inestables de las pasiones y de las exi- 
gencias políticas del momento, aún a las necesidades 
más permanentes, má¿ continuas y más inmutables de 
las sociedades humanas: a poco más se pretendería 
que los médicos dejaran de atender a sus enfermos, y 
los maestros abandonaran a sus alumnos, cuando estas 
o aquellas personalidades caen, estrepitosa o silencio- 
samente, del poder. Se creería que un cambio de go- 
bierno, o mejor dicho, un cambio de personal en el 
gobierno, transforma las condiciones esenciales de la 
vida de un pueblo: y que éstos o aquellos individuos 
que ocupan temporalmente la dirección civil de la so- 
ciedad, tienen el don misterioso de alterar a su antojo 
las leyes que presiden al desarrollo de las agregacio- 
nes humanas: se creería, por otra parte, que las nacio- 
nes viven menos que los individuos, y que uno, dos o 
diez años que no bastan para destruir los caracteres 
geniales de un hombre, bastan para transformar los 
rasgos geniales de un pueblo, haciendo hoy rica, feliz, 
ilustrada y grande a una comunidad que era ayer 
pobre, desgraciada, ignorante y pequeña. 



[25] 



JOSE PEDRO VABELA 



No es eso, sin embargo, lo que natural y lógica- 
mente puede deducirse de las leyes que presiden al 
desenvolvimienlo de las sociedades, ni lo que con vivi- 
dos caracteres presenta la historia de todos los países. 
Las transformaciones sociales son lentas y se produ- 
cen regularmente, a despecho de las mutaciones tran- 
sitorias de los gobiernos, mientras continúan obrando 
las causas generadoras que las producen: en tanto que 
dejan de producirse cuando esas causas desaparecen, 
sin que los cambios de gobierno influyan más que de 
una manerá secundaria, sea en el sentido del bien o en 
el del mal« Y la razón de esto es bien sencilla: los go- 
biernos no son causa del estado social, sino efecto de 
ese mismo estado. 

Evidente prueba de esta verdad nos ofrecen la Fran- 
cia, la España y las Repúblicas sudamericanas, por 
una parte: y la Inglaterra, los Estados Unidos y la 
misma Alemania, por la otra. En aquellas naciones, 
el pueblo trabajando por aspiraciones vagas, para él 
incomprensibles, hase agitado constantemente sin po- 
der llegar nunca a conquistar el anhelado ideal. Cada 
sacudimiento, por hondo que sea, tiene como resulta- 
do natural un gobierno que responda al estado social 
de la nación. ¡Cuán honda es la crisis que sufre la 
Francia en los últimos años del siglo pasado y, sin 
embargo, viene a terminar con el restablecimiento de 
la monarquía borbónica! ¡Cuán honda la que la 
conmueve el año 30 y más aún el año 48, y concluye, 
sin embargo, la primera con el advenimiento de Luis 
Felipe, y la segunda con el golpe de Estado del 2 de 
diciembre! La Francia, no obstante, en lo que va 
corrido de este siglo ha ido elevando progresivamente 
el nivel intelectual de su pueblo: aunque poco, la edu> 



[26] 



LA LEGISLACION ESCOLAR 



cación Be ha difundido en ella, j loa progreeoa d« la 

industria y de las artes indostríalee han auxiliado el 
trabajo educador de las escuelas: así tras la hondísi- 
ma crisis de 1870 la Francia llega a ese intermedio 
entre la monarquía y la república que se ha llamado 
el Septenado, y acaso después de éste, de ochenta años 
de esfuerzos para transformar las condiciones de su 
pueblo, llegará al fin a la república oligárquica, que 
le sirva de preparación para la verdadera república. 

Menos feliz que ella la España después de sus luchas, 
de su sangre vertida, de sus tesoros malgastados, ha 
vuelto al fin al punto de partida^ y cual si eso no le 
bastara, el carlismo sigue en el campo del combate, 
bastante vigoroso todavía para que haya podido man- 
tenerse durante años enteros, sin que aún hoy se pueda 
predecir con seguridad si será definitivamente vencido 
o si definitivamente triunfará. Quien conozca cl estado 
de relativa ignorancia y de atraso en que se encuentra 
la España no tiene por qué sorprenderse de que tales 
hechos se hayan producido y continúen produciéndose. 

En sentido contraiio, la Inglaterra, progresando 
constantemente, marcha tranquila y robusta, aproxi- 
mándose cada día más a la forma definitiva de los 
gobiernos libres, y consen^a siempre ima libertad, unas 
garantías y una estabilidad que en vano pretenderían 
disputarle las repúblicas enfermas de la América del 
Sur. 

Hijos de la Inglaterra, y sin los inconvenientes que 
encuentra ésta en los hábitos y en las tradiciones de 
una sociedad vieja, los Estados Unidos realizan el mi- 
lagro, casi único en el mando, de una república de- 
mocrática que vive tranquila, libre y feliz. Sus escuelas 
explican su tranquilidad, su libertad y su grandeza. 

[27] 

3 



JOSE PEDRO VARELA 



La Alemania, y especialmente la Prusia, cuyo siste- 
ma de escuelas que ha servido de tipo a toda la Ale- 
mania, funciona regulannente desde hace largo tiempo, 
reorganiza ese sistema después de los desastres sufri- 
dos a principios del siglo, y a la vez que pone en prác- 
tica los métodos y sistemas de educación más adelan- 
tados, regimenla su pueblo, preparándolo para esa 
grande manifestación de poder y de fuerza que se hace 
evidente en la campaña franco- alemana de 1870-71. 
Las escuelas alemanas explican también los triunfos 
de la Alemania: su unidad de acción, la armonía de 
los esfuerzos realizados a un mismo tiempo por el go- 
bierno, por el pueblo, por los sabios y pensadores ale- 
manes para llevar a cima la grande obra que se ter- 
mina con la capitulación de París. 

Y el fenómeno presentado por la Prusia en seguida 
de la derrota de Jena, empieza a producirse en Fran- 
cia después de los contrastes que acaba de sufrir. Se 
hace sentir en ella un movimiento enérgico para difun- 
dir y mejorar la educación del pueblo, de manera que 
se llamen a una vida activa todas las fuerzas vivas de 
la nación, s, la vez que se forme el sentimiento robusto 
de tomar la revancha, cuando la Francia, por continua- 
dos e inteligentes esfuerzos, llegue a hacer desaparecer 
la inferioridad relativa en que se encuentra hoy con 
respecto a la Alemania. Si ese movimiento se continúa 
con tesón, si los esfuerzos que ahora se realizan no se 
abandonan más tarde, no es acaso difícil suponer que 
la Europa presenciará en los primeros años del próxi- 
mo siglo una lucha titánica entre las dos grandes na- 
ciones continentales, que desde hace siglos vienen arre- 
batándose una a otra las provincias limítrofes. 

En cuanto a las repúblicas sudamericanas, encuén- 
trase también en el estado de sus escuelas la explica- 



[28] 



LA LEGISLACION ESCOLAB 



cíún elocuente de la anaiquía en que viven, y no hay 
por qué sorprenderse de ello cuando se conoce su rela< 
tiva ignorancia, su atiaso, su falta de hábitos ]aborio« 
sos e industriales. 

No son, pues, los malos gobiernos los que hacen la 
desgracia permanente de las naciones; es el estado so- 
cial de esas mismas naciones el que marca el tipo que 
deben tener sus gobiernos. 

Fuera, sin embargo, erróneo establecer esa regla de 
una manera absoluta e invariable, en el sentido de que 
todos los gobiernos de un pueblo son iguales, y de 
que es indiferente que sean estas o aquellas influencias 
las que dirijan el gobierno de la sociedad en ciertos 
momentos dados de la historia. 

Cualquiera que sea el estado en que se halle un 
pueblo, habrá siempre gradaciones en la bondad o 
maldad de sus gobiernos; es decir, que las sociedades 
atrasadas, por ejemplo, no llegarán nunca^ mientras se 
conserven en el atraso, a tener gobiernos como los que 
dirigen a los pueblos más educados: pero en los que 
tengan habrá unos que se aproximen al extremo míe- 
xior y otros al extremo superior del radio en que los 
gobiernos de ese pueblo tengan que agitarse, según 
el grado de cultura o de atraso en que ese mismo 
pueblo se encuentre. 

Es, pues, relativamente secundaria la acción de los 
gobiernos, y es tan erróneo atribuirles exclusivamente 
la felicidad o la desgracia de las naciones, como lo 
es atribuir la desgracia propia a los malos consejos 
y no a uno mismo que los pide, o los acepta, los escu- 
cha y los sigue. 

Efectivamente; si son los malos gobiernos la causa 
de las desgracias de las naciones, ¿cómo se explica 
que diez y seis millones de hombres, que se dividen en 



[29] 



JOSE PEDRO VARELA 



oatoroe repúblicas j ocupan toda la extensión do la. 
América del Sur, no hayan conseguido hasta ahora, 
en sesenta años de vida independiente, instalar un solo 
gobierno bueno, que sea viable, a pesar de sus cam- 
bios constantes, de sus agitaciones, de sus luchas, de 
su anarquía? ¿No será más bien porque esos gobier- 
nos no son causa, sino efecto del estado en que esas 
repúblicas se encuentran? Y tras de una experiencia 
tan larga y tan dolorosa, en vez de persistir en ese 
error que hace un infierno de la vida de los pueblos 
ignorantes, democráticamente constituidos, ¿no debié» 
ramos reconocer que la desaparición de los malos go- 
biernos es imposible, mientras no desaparezcan los 
pueblos ignorantes, atrasados y pobres, que los hacen 
posibles, que los levantan, los sostienen y los explican? 

£s indudable que los gobiernos pueden concurrir en 
el sentido del bien o en el del mal; pero su acción es 
siempre secundaria, transitoria e inestable. Es en la 
sociedad misma, en su constitución, en sus hábitos, en 
su educación y en sus costumbres donde deben bus- 
carse las causas permanentes y eficientes de la feli- 
cidad o la desgracia de los pueblos. 

Persiguen, pues, una quimera irrealizable los que 
en el terreno de la política militante aspiran a elevarse 
más allá del nivel máximo a que pueden alcanzar los 
gobiernos con arreglo al estado del pueblo que deben 
regir. Realizan esfuerzos fecundos y patrióticos los 
que, en ese mismo terreno, luchan para destruir los 
obstáculos que entorpecen el advenimiento de los me- 
jores gobiernos actualmente posibles; pero no son me- 
nos respetables, menos fecundos, ni menos patrióticos 
los esfuerzos de aquellos que, abandonando la esfera 
de las agitaciones transitorias de la política, tratan de 
combatir las causas fundamentales, permanentes, de las 



[30] 



LA LEGISLACION ESCOLAR 



desgracias de la patria; los que, sin perjuicio de que 
se mejoren los gobiernos, quieren que se mejoren prin- 
cipalmente las condiciones del pueblo; los que en vez 
de detenerse en la superficie, bajan al fondo, y obser- 
van los cimientos para encontrar las causas que ha- 
cen tambalear el edificio. 

Dejamos, pues, a otros que se agiten en aquel te- 
rreno, demasiado a menudo iluminado por el incendio 
de las pasiones, para que sea posible conservar siempre 
la tranquilidad de espíritu que es necesaria para que 
ni la mano, ni la pluma, ni el corazón, tiemblen al 
hacer la autopsia del cuerpo enfermo que se presenta 
ante nuestros ojos; y vamos a tratar en este libro de 
continuar nuestros estudios educacionistas, averiguan- 
do las causas radicales del estado en que nos encon- 
tramos, como base que nos sirva de apoyo para formu- 
lar después nuestras opiniones con respecto a los me- 
dios de combatir los graves males que nos aquejan. 

CAPITULO II 
Estado actual 

Es de todos conocido el sistema que con respecto a 
la educación del pueblo hacía predominar la España 
en sus colonias de América. El comercio de libros 
estaba prohibido: las escuelas eian escasísimas y en 
ellas no se permitía enseñar más que los conocimientos 
rudimentarios (lectura, escritura y catecismo) : hasta 
mil ochocientos seis no se conocía en estos países pe- 
riódico alguno, y recién en esa fecha apareció la Ga- 
ceta de Buenos Aires, que constaba de cuatro páginas 
del formato de este voliunen, impresas en un papel 
negruzco y áspero que ya no se ve hoy en ninguna 



[31] 



JOSE PEDRO VARELA 



parte: es fácil comprender lo que un periódico en esas 
condiciones podría ofrecer de interés a las desgracia- 
das poblaciones a quienes estaba encargado di* ilus- 
trar. Las comunicaciones con España, l,cnn los demás 
países estaban prohibidas) eran muy lentas e irregu- 
lares, y el comercio reducíase a lo más imprescindible 
para llenar las exiguas necesidades de las colonias. 

El año diez y su movimiento de emancipación en- 
contró, pues, a toda^ las colonias en el mayor estado 
de atraso y de ignorancia Este, sin embargo, acen- 
tuábase algo más aún en Montevideo y las comarcas 
que de él dependían, porque era Montevideo una sim- 
ple plaza fuerte que, vecina a Buenos Aires, capital 
del Virreinato, no tenía habilu alíñente más que la 
guarnición y la escasa, pobre e ignorante población 
sedentaria que en ella residía. Baste saber que, com- 
puesta en su mayor paite de canarios, que fueron los 
prirailivos pobladores, esa población no alcangaba a 
más de 3.000 habitantes, y que no era raro que los 
indios atacaran a los muy escasos y audaces colonos 
que se animaban a internarse ha%ta los puntos donde 
se hallan hoy los pueblos de Canelones y Santa Lucía. 

En 1795, sin embargo, habia<se establecido la pri- 
mera escuela gratuita para niños pobres, y en 1826 
dos escuelas primarias en el Hospital de Caridad. Por 
otra parte, las primeras disposiciones patrias con res- 
pecto a la educación pública datan de 1827 y 29, es 
decir, de la época en que todavía se continuaba la 
lucha por la independencia. Pero los resultados están 
lejos de responder a las disposiciones, porque éstas no 
se cumplen por una parte, y porque se cumplen mal 
por la otra. La ignorancia secular de la antigua colo- 
nia continúa pesando sobre la naciente república, cuya 



[32] 



LA LEGISLACION ESCOLAR 



existencia, antes tranquila, ha venido a ser turbada 
por el choque constante de las pasiones políticas. 

Es ley invdTÍablf^ que así los pueblos como los in- 
dividuos, aprecian tanto mffs'los beneficios de la edu- 
cación cuanto son más educados, y que la ignorancia 
tiende a perpetuarse cuando no hay causas poderosas 
que la combatan. Es sabido también, por otra parte, 
que las exigencias de la educación no revisten para el 
Estado el carácter premioso de muchos otros de los 
servicios que se presentan, sobre todo en las épocas 
de convulsión política. Las escuelas sólo florecen en 
la paz, y la educación pública sólo puede establecerse 
y conservarse robusta cuando no llena los aires el gri' 
to sanguinario de la guerra. 

Ahora bien: en medio siglo de vida independiente 
que lleva la República, no ha gozado tal vez de dos 
lustros de paz: ]y de qué paz! llena de recelos, agita- 
da, enferma, y lo que es más, no continuada sino por 
cortos intervalos de algunos meses, o de uno o dos 
años. 

Terminada la guerra de la Independencia, jurada el 
año 30 la Constitución de la República, e instalado 
el primer gobierno constitucional, estalla el año 32 la 
revolución encabezada por el general don Juan An- 
tonio Lavalleja, que es vencida, concluyendo el gene- 
ral Rivera su presidencia. A esa primera revolución 
abortada sigue el año 38, la revolución que hace el 
general Rivera, al general don Manuel Oribe, Presiden- 
te entonces de la República. Un poco más tarde, el año 
43. viene la invasión de la República por el general 
Oribe y el sitio de Montevideo que se prolonga durante 
ocho largos años, concluyendo el 8 de octubre de 1851. 
Durante el sitio de Montevideo hay dentro de la plaza 
la revolución del 1? de abril de 1846. En la paz del 8 

r33] 



JOSE PEDRO VARELA 



de octubre los orientales todos se abrazan, los antiguos 
odios se declaran extinguidos, y el gobierno de don 
Juan Francisco Giró, que se instala el 1° de marzo de 
1352, es acompañado por Cámaras en las que se en- 
cuentran representadas todas las fracciones políticas 
del país. No tarda mucho, sin embargo, en estallar una 
nueva revolución. El 18 de julio de 1853 se sublevan 
los cuerpos mandados por el coronel Palle] as, y cae 
el gobierno de Giró. En 1855, en agosto, tiene lugar 
una primera revolución, en noviembre otra, encabezada 
ésta por el coronel don José María Muñoz. En 1858, 
la revolución encabezada por el general don César Díaz, 
que termina con el fusilamiento de los prisioneros to- 
mados en el Paso de Quinteros : en 1863 la revolución 
encabezada, por el general Flores, que triunfa defini- 
tivamente el 20 de febrero de 1865, con el auxilio de 
Ids tropas brasileñas. El año Ó8 es el más fecundo 
en revoluciones: se inaugura en febrcyro con el motín 
militar encabezado por el coronel Fortunato Flores; 
viene en seguida, en el mismo raes, la revolución en- 
cabezada por don Bernardo Berro; poco después la 
revolución encabezada por el coronel Máximo Pérez, 
y por último la revolución encabezada por el general 
Caraballo. £n 1870 la revolución encabezada por el 
general Aparicio que dura hasta la yaz de abril. £n 
1873j el 2 de marzo, el motín militar de todas las 
tropas de la guarnición para imponer el retiro de su 
renuncia al Presidente Ellauri. En 1874, en diciem- 
bre, la revolución abortada del coronel Máximo Fé- 
res. En 1875, en enero, la revolución encabezada 
por el coronel La torre, y algunos meses más tarde la 
contrarrevolución encabezada por el coronel Muníz, 
que se conceptúa concluida en los momentos en que 
escribimos setas lineas. Mi, pues, en cuarenta y 



134] 



LA LEGISLACION ESCOLAR - 



cinco años, dieciocho revoluciones! Bien puede de- 
cirse, sin exageración, que la guerra es el estado nor- 
mal en la República. ^ 

La simple enunciación de esa serie no interrumpida 
de revoluciones hace evidente, aun para los espíritus 
más obcecados, un estado social nada satisfactorio, y 
demuestra que deben existir causas más hondas que 
la torpeza de este o aquel gobierno para conservar al 
país en un estado de anarquía permanente. 

Si de los sucesos políticos, descendemos a manifes* 
taciones de otro orden para apreciar nuestro estado 
actual, encontraremos también que nada hay que deba 
causamos satisfacción. 

Es proverbial la bondad de nuestro clima y la fer* 
tilidad de nuestro suelo. No tenemos nosotros ni la in- 
clemencia de los países del norte, ni las fiebres endé* 
micas y los calores abrasantes del trópico. Y, sin «¡m* 
bargo, nuestra producción es exigua, raquítica. 

La única industria del país es la cría de ganados, 
pero aún está en las condiciones más rudimentarias y 
más atrasadas que darse pueda. 

¡Tenemos millones de vacas en nuestras estancias y 
necesitamos importar jamones, carne y leche conser- 
vada, manteca y queso! 

£1 trigo crece vigoroso con sólo escarbar la tierra 
y tirarle la semilla, e importamos al año harinas por 
valor de centenares de miles de pesos. 

Pedimos a la Europa que nos mande papas, nada 
más que por no tener d trabajo de plantarlas y reco- 
gerlas. 

1 Después de escrito esto hemos tenido la revoluciAn del 
10 de marzo que ha elevado al poder aí actual Gohemadoi 
Provisorio — |Van, pues, diacinu«ve reviducumail 



[35] 



TOSE PEDRO VARELA 



Loa higos se pierden en las higueras y las uvas en 
las parras, por no querer o no saber usar de ellas, y 
entretanto importamos al año pasas de higo y de uva 
por valor de millares de pesos, y el vino figura en 
primera línpa entre los artículos de consumo que pe- 
dimos al extranjero. 

El pescado se lecoge abundante y variado en nues- 
tras costas y la corvina negra ofrecería tal vez una 
esipectalidad digna de tomarse en cuenta, y sin embar- 
go, no hay un solo establecimiento que se ocupe de la 
conservación del pescado, que importamos anuabnen- 
te en gruesas cantidades. 

Las frutas más generales y más ricas, duraznos, 
damascos, peras, manzanas, ciruelas, etc., cuelgan pro- 
fusas de nuestros árboles, mientras importamos al año 
miles de cajas y de francos de frutas consen-^adas. 

¡Qué másl Si hasta importamos suelas de la Repú- 
Llicd Argentina y cientos de miles de zapatos del ex- 
tranjero, mientras enviamos a Europa los cueros de 
nuestros ganados, secados al sol o conservados en s>al- 
mueia. 

Es intencional y no descuidadamente que sólo recor- 
damos las pequeñas industrias, aquellas que no requie- 
ren grandes capitales ni avanzados procedimientos, y 
que no nos causa extrañeza que enviemos a Europa y 
a Estados Unidos imestras lanas^ para recibir después 
de allí log tejidos que necesitamos 

Seiía absurdo pretender que la República fuera un 
pueblo fabril. Antes de que tal suceda, si es que algu- 
na vez ha de suceder, largos años tendrán que trans- 
currir y muchas y muy grandes transformaciones ha- 
brán de producirse; pero, parécenos que la falta de 
esas pequeñas industrias que están, puede decirse, al 
alcance de todos, demuestra de un modo evidente cuán 



136] 



LA LEGISLACION ESCOLAR 



grande es nuestra falta de hábitos industriales, nuestro 
descuido con respecto a las fuentes de la pequeña pro- 
ducción, y lo primitivo y lo atrasado de todos nuestros 
procederes. 

No tendríamos más que quererlo para que el país 
produjera queso y manteca, no sólo para que la impor- 
tación fuera innecesaria, sino aun para que pudiéra- 
mos exportarlo al Brasil, a Chile, al Perú. Bastaría 
quererlo también, para que nuestros campos fueran 
cubriéndose paulatinamente de árboles frtitales, que 
servirían de abrigo y adorno a las habitaciones. Por 
otra parte, la morera crece en todo su vigor en la 
República y el gusano de seda se reproduce en condi- 
ciones propicias, exigiendo su cuidado nada más que 
veinte o veinticinco días en el año. Lo mismo puede 
decirse de las abejas que se reproducen entre nosotros 
en condiciones regulares, ofreciendo seguros y profi- 
cuos resultados a todo aquel que se dedica con inteli- 
gencia a su cuidado. Y sin embargo, salvo contadas 
excepciones, la confección de la manteca y del queso, 
el plantío de los árboles, y la cuida de gusanos de 
seda y de abejas, sólo se encuentra como pasatiempo 
de los ricos, o como estudio de los curiosos. Por últi- 
mo, nuestras fértiles y dilatadas campiñas están espe- 
rando los agricultores que conviertan a la República 
en el granero del Plata, libertándonos de esa manera 
del tributo que pagamos a los Estados Unidos y a 
Oiile, cuyas harinas vamos a buscar, para recibirlas 
recargadas con el flete excesivo de larguísimos viajes. 

No tenemos para qué detenemos más en estos de- 
talles: los enunciados bastan para demostrar que no 
hay en la República ni siquiera las pequeñas industrias 
y los cultivos inteligentes que podría tener con sólo 
quererlo, si una incuria, un abandono y extravío que 



[37] 



JOSE PEDRO VARELA 



serían inexplicables, si no se explicasen por la igno- 
rancia, no condenaran a la pobreza a nuestras desgra- 
ciadas poblaciones, 

Pero si estamos en un deplorable estado de anarquía 
en lo que se refiere a la vida política, y en un deplo- 
rable estado de atraso con respecto a la industria y a 
la producción del país, ¿estaremos tal vez más ade- 
lantados en lo que respecta a las ideas generales qiie 
dominan en nuestra colectividad social? 

Como toda sociedad nueva que está recién organi- 
zándose y que tiene que luchar con dificultades natu- 
rales que resultan de, la despoblación y del desierto, 
todo está por hacerse y por estudiarse en la República; 
y sin embargo, tal vez no se han publicado diez obras 
originales desde que nos hicimos independientes, y de 
éstas ni la mitad se ocupan siquiera de cuestiones que 
se ignoren e interese conocer. Estamos a oscuras sobre 
lo que es nuestro país en su triple aspecto geológico, 
agrícola y aun social; no sabemos cuál es nuestra po- 
blación, cómo se distribuye, ni cómo se sostiene: nues- 
tras necesidades las calculamos aproximadamente, y 
aproximadamente calculamos los recursos de que po- 
demos disponer; y como es de suponer, en esos cálcu- 
los un patriotismo mal entendido hace que aumente- 
mos exageradamente los recursos, y que disminuyamos 
con igual exageración las necesidades: muy a menudo 
las afirmaciones de los más audaces o de los más ig- 
norantes son las que nos sirven de base. Y si en ese 
desconocimiento de lo que más nos interesa saber tie- 
nen mucha culpa los Poderes públicos, mucha tienen 
también los habitantes todos del país que han seguido 
el pernicioso ejemplo, sin hacer esfuerzos para reme- 
diar el mal. 



[38] 



LA LEGISLACION ESCOLAR 



Nuestro único medio de adquirir informaciones j 
de ilustramos así con respecto a nuestro país como 
con respecto al movimiento general de las sociedades 
humanas, es, para la generalidad, los diarios, y para 
algunos pocos de los más ilustrados los libros france- 
ses. Por sus mismas condicione* el diario, y especial- 
mente el diario político, tal como se organiza y se 
mantiene entre nosotros, no puede responder a tan 
múltiples necesidades; tiene que reducirse a satisfacer 
el interés político y la curiosidad pública: por otra 
parte, nuestros diarios revelan a menudo un grande 
atraso intelectual. Asi, lo que se refiere al incendio de 
un buque, como el vapor América y lo que trata de 
las más arduas y complicadas cuestiones sociales, se 
estudia y dilucida todo en una o dos columnas de un 
diario, bajo pena para el que escribe de no ser leído. 
Podemos decir que todas las mañanas extendemos las 
cuestiones más vitales en el lecho de Procusto y Ies 
hacemos sufrir un martirio cruel. Imitamos en esto a 
la prensa diaria de las otras naciones, pero olvidamos 
al hacerlo, que en ellas, al menos en las que marchan 
al frente del mundo moderno, el debate público se 
completa con los folletos y los libros. Todas las gran- 
des cuestiones son tratadas y estudiadas en libros es- 
peciales, mientras que la prensa diaria no hace más 
que resumir las opiniones para popularizarlas. Entre 
nosotros, ¿dónde están los libros que traten de todas 
aquellas materias que más nos interesa conocer? El 
libro, el folleto y la hoja volante, todo se resume para 
nosotros en el diario, que nos distribuye de ese modo 
una dustración general homeopática. Por otra parte, 
de esa manera todo se halla subordinado a la política 
mihcante, que es la que anima y da vida al diario, y 
así, aun las cuestiones más ajenas a esa misma políti- 



[39] 



JOSE PEDRO VARELA 



ca y que con más calma debieran trataise, se diluci- 
dan al calor de pasiones exaltadas y de sentimientos 
extraviados. Por último, la fisonomía general de la 
prensa diaria está lejos de ser lo que debiera, consi- 
derándola como el único medio de cultura superior que, 
para la gran generalidad, hay en el país. No hay por 
qué extrañar, pues, que aun entre las gentes que han 
recibido lo que se llama una buena educación, se con- 
serven vivas, como verdaderas, ideas que hace años 
han sido condenadas, demostrándose su falsedad por 
este o aquel ramo de las ciencias. En cuanto a la parte 
más ilustrada de la sociedad, a aquellos que leen algo 
más que novelas, que buscan lo que se llama libros 
serios, con el objeto de estudiar y de instruirse, es 
innegable que, salvo rarísimas excepciones, sólo leen 
libros franceses, y sólo están al corriente del movi- 
miento intelectual en los otros países por lo que en 
la« obras francesas se dice, o por las traducciones que 
del inglés y el alemán se hacen al francés. Es, pues, 
el espíritu de Francia el que ha nutrido y nutre la in- 
teligencia de las clases más ilustradas de nuestro país. 
Cual sea ese espíritu que ha animado a la Francia en 
los últimos tiempos, vamos a preguntarlo a la más im- 
portante de las revistas francesas, la Revue des Deux 
Mondes, de reciente fecha: «Es por la política y la 
guerra que la Francia se ha puesto mal, dice ; ^ pero 
sería un grande error no ver más que la guerra y la po- 
lítica en las catástrofes de que la Francia ha sido vícti- 
ma. Esas catástrofes son infinitamente más complica- 
das. Todo se liga en esos formidables acontecimientos, 
y lo que no aparece más que como un desastre de las 



1. La litteTature et les malheurs de ta France, par Cí. de 
Mazade. — Revue des Deux Mondes de 15 de octubre de 1875. 



[40] 



IxA. LEGISLACION £SCOLAIl 



armas, es también una derrota del espíritu, de las fuer- 
zas morales de una nación. Es la crisis suprema y do- 
lorosa de una saciedad que en la víspera aún podía 
creerse floreciente, que tenía el orgullo de un ascen- 
diente casi ilimitado, y que al día siguiente se aper- 
cibe de que ha perdido todo, que tiene que rehacerlo 
tüdo, feu fortuna moral e intelectual, con su fortuna 
militar y política... Lo que no es menos cierto es 
que en ese grande y engañador trabajo de civilización, 
que se parece a un drama, todas las debilidades son 
solidarias: hay corrupciones del espíritu como hay 
corrupciones políticas: hay decadencia del gusto, del 
arte, de las ideas, de la imaginación, como hay deca- 
dencia de las costumbres púlilicos, de las institucio- 
nes, y llega el día en que confundidas en una derrota 
común, agotadas de ¿avia y de esfuerzos, las letras 
mismas, en lugar de contar progresos, se ven reduci- 
das a confesarse que ellas han faltado, como faltó el 
genio del gobierno, como faltó la vieja virtud guerre- 
ra. . . No hay que engañarse, en efecto: la catástrofe 
ha podido ser súbita, pero el mal no es la obra de 
un día». 

No es, pues, como se pretende por algunos, sola- 
mente bajo el aspecto de la tranquilidad pública que 
estamos atrás de las demás naciones civilizadas, es 
también bajo el punto de vista de la vida económica, 
política y social. 

No sería difícil demostrar, pero por lo demasiado 
evidente no queremos ensayarlo, que es en aquello 
que constituye la verdadera organización en lo que 
respecta a la garantía de la persona y sus atributos, 
de la propiedad y de los suyos, que estamos más atra- 
sados, y esto no como hecho transitorio, sino como 
hecho constante que se reproduce invariablemente en 



[41] 



JOSE PEDRO VARELA 



toda« la» épocas, deide que noe hicimos independi«n- 
teUf con tintes más o menos recargados. 

Las causas del mal que nos aqueja hay que buscai' 
las, pues, más allá de la acción débil y transitoria de 

los gobiernos, en hechos permanentes que se produz- 
can con caracteres bastante definidos, para que sea 
fácil o a lo menos hacedera su apreciación. 

La verdad es amarga, se dice a menudo entre no> 
50tros< y sólo el decirlo basta para demostrar que ge- 
neralmente no gusta escucharla. No hay imparcialidad 
para juzgar las opiniones que se formulan, siempre 
que se abandona el camino trillado, de atribuir a estos 
o aquellos los males del país, eximiéndonos nosotros 
mismos de toda parte de culpa. Por otra parte, sabido 
es que son precisamente los pueblos pequeños, pobres 
y atrasados, aquellos a quienes menos Ies gusta que se 
les diga que lo son, y que necesitan realizar grandes 
esfuerzos para dejar de serlo. 

Un diario de Montevideo publicaba hace pocos días 
la siguiente anécdota: 

*Un viajero inglés que visitaba el interior del Afri- 
ca, encontró en sus viajes a un rey negro que tenia 
como tiono el tronco de un árbol colosal^ y poco des- 
pués de haberle sido presentado por uno de sus subdi- 
tos, le pidió permiso para pasear por sus Estados: 

— ¿Qué piensa de mí la reina Victoria?, dijo el rey 
negro dirigiéndose al viajero. 

— Que V. M. es un gran rey, contestó éste sonrién- 
dose. 

«¡Si estaría hinchado de pretensiones el tal reyt», 
agregaba el cronista a manera de apéndice. 

No pretendemos que deba establecerse comparación 
alguna entre la nación africana que obedece a ese rey 
y nuestro país, pero creemos que esa anécdota les 



[42] 



LA LEGISLACION ESCOLAR 



seria muy cocTcniente a los hijos de esto» paísei, si 
Ia recordaran, cuando se indignan por el desdén con 
que en Europa se Ies mira, olvidando que ni por sus 
progresos, ni por su estado, ni por su número son 
acreedores a mayor consideración de la que se Ies 
presta. No hay que olvidar efectivamente, que la Re- 
pública Oriental, toda entera, tiene menos población 
que una ciudad de tercer orden, y que hasta ahora no 
hemos agregado una sola palabra al largo catálogo 
de las conquistas realizadas por el hombre en los tiem- 
pos modernos. Tenemos una fuerza escasa, muy esca- 
sa para una nación independiente, y todavía conser^ 
vamos nuestras poblaciones en la ignorancia, utilizan* 
do sólo una parte de esa fuerza: y todavía aun, la mal- 
gastamos devorándonos constantemente los unos a los 
otros. Nuestras glorias nacionales, de las que con tanto 
calor solemos hablar, se reducen a las de Arauco: so- 
moa valientes: no más, sin embargo, que el indomable 
pueblo que resistió primero a la conquista hispana, y 
que resiste hoy a la conquista chilena; pero el valor 
guerrero no es el signo distintivo de la civilización 
como lo prueba el ejemplo de Arauco que acabamos 
de citar. Por nue&tra parte, desearíamos encontrar en 
nuestra historia o nuestro estado actual hechos y ejem- 
plos que sirviesen para demostrarnos que estaraos en 
el error : pero los hemos buscado en vano. Presumimos, 
sin embargo, que si estas páginas llegan a hacerse 
públicas, no ha de faltar alguno de nuestros compa- 
triotas que impugne esa opinión tan poco halagüeña, 
si es que no se la deja morir abandonada en la indi- 
ferencia con que se miran habitualmente entre no- 
sotros los libros sobre educación. Aun cuando no ea 
nuestro propósito dar modelos que sirvan para demos- 
trar cómo deben contestarse observaciones semejantes, 

[43] 

4 



JOSE PEDRO VARELA 



creemos conveniente traducir las siguientes páginas 
con que HerLert Spencer contesta a un escritor inglés 
que sostiene que Inglaterra ha decaído en los últimos 
tiempos. A nuestro Juicio esa traducción puede servir 
para que se compare el método que sigue el célebre 
escritor inglés, y el que a menudo se emplea entre no- 
sotros cuando se combate a los que bablan del atraso 
y de la ignorancia de la República. 

*Del proceder de Mr. Arnold, dice, ^ pasamos a algu- 
nas de sus opinioneSj empezando por esta : Al inglés le 
faltan ideas. Mr. Arnold nos dice: Hay el mundo de 
las ideas y hay el mundo de Ta práctica: los franceses 
están a menudo por suprimir el uno y los ingleses por 
suprimir el otro». Mr. Arnold reconoce que tenemos 
éxito en el dominio de la acción, pero piensa que es 
ese un género de éxito que marcha junto con la falta de 
fe en las conclusiones especulativas. Estableciendo así su 
antítesis entre la teoría y la práctica, admite implíci- 
tamente que el éxito en la .práctica no depende de 
superioridad en la teoría. Es un error. Antes del pro- 
ceder que da un buen resultado, ha habido una idea 
justa. El éxito de una empresa presupone una repre- 
sentación exacta de todos los términos, de todas las 
condiciones, y de todos los resultados — que difiere de 
la que conducirá a un resultado desgraciado, en que 
hace discernir claramente todo lo que sucederá en lugar 
de entreverlo confusa e incompletamente: ha habido 
una idea superior. Todo proyecto es una idea: todo 
proyecto más o menos nuevo implica una idea más o 
menos original: todo proyecto puesto en ejecución 
implica una idea bastante justa para ser puesta en 



1. Introduction á la seience sociále, por Herberi Spencer, 
París, 1874; publicado a la vez en París, Londres, Nueva York, 
Lttlpzig 7 San Petereburío,. en francés, inslés, alemán r ruBO, 



[44] 



LA LEGISLACION ESCOLAA 



ejecución: y todo proyecto que tiene éxito implica una 
Idea bastante justa y bastante completa para que loa 
resultados ae encuentren de acuerdo con ella. Vemos 
que una compañía inglesa abastece a Amsteidam de 
agua: ahora bien, el agua es el elemento de los ingle- 
ses que han sido hace algunos siglos nuestros maestios 
en el arte de dirigirla: ¿no tenemos razón para decir 
que encargándonos del cuidado de desalterar su capi- 
tal los holandeses demuestran falta de confianza en los 
resultados teóricos? ¿Se me responderá que es un 
pueblo sin imaginación? jSea! Tómeme» los italia- 
nos. Nápoles tenía una necesidad urgente de ser dra- 
gado. ¿Cómo es que en presencia de una necesidad 
tan imperiosa ni el gobierno italiano, ni los italianos, 
habían tenido la idea de tomar la iniciativa de la em- 
presa? ¿Cómo es que la idea de dragar a Nápoles, en 
lugar de manar de franceses o de alemanes — puesto 
que según Mr. Arnold los franceses y "los alemanes 
tienen más fe en las ideas que nosotros — emanó de 
una sociedad inglesa que propuso hacer los trabajos a 
su costa, sin que pagara nada la ciudad? Y cuando 
sepamos que aun en su propio país los franceses y los 
alemanes nos abandonan el monopolio de las empre- 
sas nuevas, ¿qué conclusiones sacaremos de esto res- 
pecto a la fe relativa en las ideas? Cuando descubri- 
mos que es una compañía inglesa la que ha iluminado 
a gas a Burdeos y p Tolosa, ¿no decimos que los ha- 
bitantes de esas dos ciudades son pobres de ideas? 
Una sociedad inglesa, la Compañía Hidráulica del Ró- 
dano, habiendo notado que en Bellegarde el río forma 
rápidos que no tienen menos de 40 pies de caída, ha 
construido un canal con el que ha desviado, un cuarto 
del volumen del agua del río; se ha procurado asi una 
fuerza de 10.000 caballos que cede a las usinas. Cuan* 



[45] 




JOSK PEDRO VABBLA 



do uno ve esto y se pregunta por qué los franceses no 
han sacado partido para sí mismos de esa fuente de 
riqueza, ¿no se ve uno obligado a re&ponder que no 
les vino la idea, o bien que no les vino bastante neta 
y bastante definida para decidirlos a tentar la empresa? 
Y cuando lemontanxos hacia el Noite, descubrimos 
que no sólo las principales ciudades de Bélgica y Ho- 
landa, Bruselas, Ambares, Gante, Roterdam, Amster- 
dam, Harlem, son iluminadas por nuestra Sociedad 
Continental de Gas, sino que la misma Compañía ilu- 
mina numerosas ciudades de Alemania, Hanover, Aix- 
la-Chapelle, Stolberg, Colonia, Francfort, Viena, y que 
aun la capital del Geist, Berlín, ha debido esperar pa- 
ra tener luz a que esa Compañía se la diera, ¿no nos 
vemos obligados a declarar que los ingleses han teni- 
do más fe en las ideas que los alemanes? Los alema- 
nes tienen mucha energía, quieren pasablemente el 
dinero, y no ignoraban que se servían de gas en In- 
glaterra. Por consiguiente, si ni ellos mismos ni sus 
gobiernos han querido tentar la empresa, ¿no debe- 
mos concluir que calculaban mal los gastos o los be- 
neficios? Las empresas inglesas parten a menudo de 
una idea que parece lo menos práctica posible: el pri- 
mer vapor que hizo su aparición en Cobienza en 1817, 
inaugurando así la navegación a vapor en el Khin, 
excitó un gran asombro: sucedió lo mismo con el pri- 
mer vapor que se lanzó a través del Océano Atlántico. 
Lejos de ser demasiado positivos en la práctica, somos 
de un idealismo que raya en romanticismo. La idea 
de volver a pescar un cable del fondo del mar, a más 
de 5.000 metros de profundidad, parecía digna de las 
Mit y una noches, no tenía aire de estar eu su lugar 
en la vida real. La realidad, sin embargo, vino a pro- 
bar que los que conducían la operación habían puesto 

[«1 



LA LEGISLACION ESCOLAR 



SUS ideas de acuerdo con los hechos, lo que es la ver- 
dadera piedra de toque de una imaginación poderosa. 

«Para mostrar cuán desnuda de fundamento es la 
opinión de que laa ideas nuevas son menos aprecia- 
das y menos cultivadas en Inglaterra que en otras 
partes, tenemoa deseos de enumerar nuestras inven- 
ciones recientes de todo género; desde las que visan 
directamente a un resultado material, como la primera 
locomotora de Trevethick, hasta las máquinas de calcu- 
cular de Babbage y la máquina de razonar de Jevona 
que no tienen ningún objeto práctico. Nos contentare- 
mos con asegurar a los que lean nuestra lista que las 
invenciones que las componen no ceden ni por el nú- 
mero, ni por la importancia, a las de ninguna otra 
nación durante el mismo período de tiempo, y nos abs- 
tendremos de entrar en los detalles: la descripción de 
todos esos descubrimientos ocuparía demasiado espa- 
cio, y además, habiendo tenido su repercusión en la 
práctica la mayor parte de las invenciones, tal vez Mr. 
Amold pensaría que no prueban la abundancia de 
ideas: esta proposición es difícil de sostener, pues an- 
tes de ser una realidad cada máquina es una teoría. 
Para prevenir todas las objeciones que se tuviera in- 
tención de hacérsenos nos limitaremos a los descubri- 
mientos científicos de que está excluido el elemento 
práctico, y siendo la impresión general que el pro- 
greso de las ciencias se ha detenido entre nosotros en 
los tiempos modernos no tomaremos sino los descu- 
brimientos posteriores al año 1800. 

«Empecemos por las ciencias abstractas y busque- 
mos lo que se ha hecho en Lógica. Tenemos la rápida, 
pero fecunda exposición de las leyes de la inducción 
por Sir John Herschell, preludio de su sistematización 
poT Mr. Mili. Tenemos en la obra del profesor Bain 



[47] 



JOSE PEDHO VARELA 



tratajo» notables sobre la aplicación de los métodos 
lógicos a las ciencias y a los negocios de la vida. 1.a 
Lógica deductiva también ha sido desarrollada por 
concepciones más avanzadas. La doctrina de la cuan- 
tificación del predicado, enunciada en 1827 por Mr. 
Ceorííe Bentbara y reproducida después bajo forma 
numérica por el profesor Morgan, es una doctrina que 
■ completa la de Aristóteles: desde que se ha admitido. 
Be ha hecho fácil reconocer que la Lógica deductiva 
es la ciencia de las relaciones, que las nociones de 
especie encierran, excluyen o sobrepasan. Aun cuando 
no hubiese otra cosa, la etapa de progreso sena consi- 
derable para una sola generación. Pero csta_lej08 de 
ser así. En la obra del profesor Boole, Investigaciones - 
sobre las leyes del pensamiento, la aplicación a la ló- 
gica de los métodos análogos a los de las matemáticas, 
constituye un paso mucho más grande en importancia 
que ningún otro de los que se han dado desde Aristó- 
teles Así, i cosa extraña! la afirmación citada antes, 
de que «estamos atrasados en la apreciación y con- 
quista de la ciencia abstracta», las quejas de Mr. Ar- 
nold sobre nuestra falta de ideas, todo eso, llega en 
una época en la que hemos hecho por la mas abstracta 
y la más ideal de las ciencias, más de lo que se ha 
hecho en cualquier otra parte y en cualquier otro 
período del pasado. 

«En la otra división de las ciencias abstractas, las 
matemáticas, una reciente nícrudecencía de actividad 
ha producido resultados bien notables. Aun cuando 
durante un largo período de tiempo hayamos sido 
considerablemente retardados por las preocupaciones 
del patriotismo, y por un respeto exagerado por la 
fórmula del cálculo - trascendental inaugurada por 
- Newton, desde que el progreso ha vuelto a empezar, 



[48] 



LA LEGISLACION ESCOLAR 



es decir, desde hace veinticinco años, los ingleses han 

vuelto a ponerse al frenle del movimiento. El método 
de los cuaternos de Sir Hamilton es un nuevo instru- 
mento de investigaciones que, tenga o no la importan- 
cia que algunos le atribuyen, no es dudoso que agiega 
una vasta extensión al mundo de las verdades mate- 
máticas, accesibles a nuestro conocimiento. Tenemos, 
además, los descubrimientos más notables aún de Cay- 
ley y Sylvester, sus creaciones y sus desarrollos en 
el Algebra superior. Jueces competentes e imparciales 
hanme aseguiado que la teoiía de los invariables y los 
métodos de investigación que de ella han surgido 
constituyen un progreso matemático más grande que 
todos los que se han hecho desde el cálculo diferen- 
cial. Así, sin enumerar los descubrimientos de peque- 
ño valor, se prueba superabundan temen te que esa ra- 
ma de las ciencias abstractas está igualmente entre 
nosotros en el estado mád floreciente. 

«Pasando de ahí a las ciencias abstractas concretas, 
no encontramos que sea más justificada la opinión 
que Mr Arnold comparte cou otras personas. Aun 
cuando Huygbens haya concebido la luz como cons- 
tituida por ondulaciones, se engañaba al concebir esas 
Ondulaciones como análogas a las del sonido, y estaba 
reservado al doctor Joung el establecer la verdadera 
teoría. Por lo que hace al principio de la interferen- 
cia de los rayos luminosos propuesto por Joung, Sir 
John Herschell ha dicho: «Encarado como ley física, 
ese principio es cas' sin igual en lodo el círculo de la 
ciencia por la belleza, la sencillez y la extensión de 
las aplicaciones». Y respecto del descubrimiento capi- 
tal de que las ondulaciones de la luz son transversales 
y no longitudinales, Sir John Herschell ha declarado 
que Joung, a quien corresponde el honor de ese des- 



[491 



JOSE PEDHO VARELA 



cubrimiento, había mostrado «una sagacidad que ha- 
bría hecho honor al mismo Newton», Nos contentare- 
mos con nombrar el descubrimiento de la ley de la ex- 
pansión (le los gases ■por Dalton, el de las leyes de 
la irradiación por Leslie, la teoría del rocío por Wells, 
la distinnón establecida por Wollaston entre la can- 
tidad y la intensidad de la electricidad, el deacubri- 
miento del electroliso por Nicholson y Carlisle (todos 
descubrimientoa capitales) y, dejando a un lado a los 
que han tomado menos parte en los progresos de la 
física, pasamos a los grandes trabajos de Faraday, el 
electromagnetismo, la ley cuantitativa del electroliso, 
la magnetización de la luz, y el diamagnetismo — sin 
hablar de varios otros de una impoitancia considera- 
ble. Viene en seguida esa gran verdad que han esta- 
blecido al fin hombres que viven aún, — la correla- 
ción y la equivalencia de las fuerzas físicas. Los ingle- 
ses lian contribuido con una gran parte (según algu- 
nas personas, fon la mayor parle) a establecer esa 
verdad. Recordando que en Inglaterra U concepción 
del calor como un modo de movimiento data de Bacon, 
que la formuló con una especie de intuición que puede 
calificarse de maravillosa dado el estado de la ciencia 
en su época — recordando también que «Locke ha 
expresado la misma idea con una rara felicidad», lle- 
gamos a los ingleses de este siglo. Es primero Davy, 
cuyas experiencias y cuyos argumentos han venido a 
confirmar de una manera tan concluyente las de Rum- 
ford: 63 la idea de Roget y el postulado sobie el que 
razonaba habitualmenle Faraday, que una fuerza no 
se produce sino a expensas de otra fuerza: es el ensa- 
yo de Giove en el que el origen de las diversas for- 
mas de fuerza que se transfoiman una en otra es ilus- 
trado por numerosos ejemplos; son, en fin, las inves- 



[50] 



LA LEGISLACION ESCOLA» 



ligaciones de Joule por medio de las que estableció 
las relaciones cuantitativas entre el calor y el movi- 
miento. Sin extendernos sobre las importantes deduc« 
Clones sacadas de esa gran verdad por Sir W. Thomp* 
son, por Radkine, Tyndall y varios otros, nos conten- 
taremos con hacer notar que es de la más elevada 
abstracción, lo que muestra una vez más cuán despro- 
vista de fundamento es la idea que combatimos. 

«La prueba no es menos coneluyente en la Química. 
Para compiender la importancia capital del paso dado 
por Dalton cuando en 1808 reducía el bosquejo de 
Higgins a una forma científica, basta echar una ojea- 
da por la Introducción a la filosofía química de Wurtz 
y observar hasta qué punto la teoría atomística es el 
fundamento de todos los descubrimientos químicos pos- 
teriores. No se ha dejado caer en manos extranjeras el 
desarrollo de esa teoría. Reconciliando la teoría de los 
radicales con la de los tipos e introduciendo en ella 
la hipótesis de los tipos moleculares condensados, el 
profesor Williamson ha sido uno de los principales 
fundadores de las teorías modernas sobre las combi- 
naciones químicas. Llegamos en seguida a la concep- 
ción capital de la atomidad. En 1851 el profesor Frank- 
land empezaba la clasificación de los elementos según 
la atomidad. Su sistema tan importante es hoy admiti- 
do en Alemania por aquellos que lo combatían al prin- 
cipio, Kolbe, por ejemplo, en sus Moden der modernen 
Chemie, Cuando pasamos de las verdades químicas de 
orden general a las que tienen un carácter especial, 
su historia es la misma. El descubrimiento de Davy 
sobre las bases metálicas de los álcalis y de las tierras 
ha producido una revolución en las ideas de los quí- 
micos. Dejando a un lado los infinitos trabajos que 
se relacionan con cuestiones especiales de química. 



[51] 



JOSE PIEDHO VARELA 



distinguiremos a causa de su alcance, los descubri- 
mientos de Andrews, los de Tact y particularmente 
los de Brodie, sobre la constitución del ozone consi- 
derado como forma alotrópica del oxígeno: se puede 
agregar Icj descubrimientos de Brodie sobre las for- 
mas alotrópicas del carbono, que proyectan una luz 
tan viva sobre la alotropía en general. Vienen en se- 
guida los descubrimienlos capitales, tanto generales 
como especiales, del difunto profesor Graham. Las 
verdades que ha establecido sobre la hidración de los 
compuestos, el endosmosis y la difusión de los líqui- 
dos, la transpiración y la difusión del gas, la dialisa 
de los líquidos y la dialisa del gas y la condensación 
del gjts por los metales, son todos de una importancia 
mayor. Son, sin embargo^ sobrepujados por su genera- 
lización luminosa sobre el estado cristaloide y el esta- 
do coloide de la niateiía — generalización que pro- 
yectando la luz sobre una multitud de otros fenóme- 
nos, nos ha permitido ver claro en procederes orgá- 
nicos hasta entonces incomprensibles. Esos resultados, 
obtenidos gracias a una serie de investigaciones ad- 
mirablemente metódicas y proseguidas durante cua- 
renta años, constituyen una revelación nueva de las 
propiedades de la materia. 

«No es cierto tampoco que hayamos dejado de ha- 
cer la tarea que nos correspondía en el progreso de 
las ciencias concretas. Tomad la primera, la astrono- 
mía. Aun cuando la astronomía planetaria sólo haya 
hecho pocos progresos en Inglaterra en el laigo perío- 
do en que nuestros matemáticos permanecieron atrás: 
aunque el desarrollo de la teoría de Newton haya sido 
casi enteramente abandonado a las otras naciones, 
nuestra actividad se ha despertado en los últimos tiem- 
pos. Cuando haya nombrado el problema Inverso de 



[52] 



LA LEGISLACION ESCOLAR 



las perturbaciones y el descubrimiento de Neptuno, 
cuyo honor compartimos con los franceses, habré re- 
cordado trabajos bastante notables. Hemos hecho mu- 
cho en la astionomía sideral La concepción de Wright 
y de Durham sobre la coiislilución estelar había lla- 
mado tan poco la atención en Inglaterra, que cuando 
fue enunciada más tarde por Kant (que conocía lag 
ideas de Wright) y por W, Herschell^ Ies fue atribuida: 
esto no impide que después de W. Herschell, los traba- 
jos de John Heischell y de varios otros sobre la astro- 
nomía sideral hayan contribuido mucho al progreso 
de ese ramo de la ciencia. Los descubrimientos com- 
pletamente recientes de Mr. Hugguins sobre las rapi- 
deces respectivas con que ciertas estrellas se aproximan 
y otras se alejan de nosotros, han abierto un campo 
nuevo a las investigaciones: y las conclusiones a que 
ha llegado Mr. Pioctor sobre el agrupamiento de las 
estrellas y la marcha de los grupos de estrellas, con- 
clusiones que se han encontrado de acuerdo con los 
resultados a que ha llegado Mr. Hugguins por una 
vía diferente, nos ayudan mucho a concebir la consti- 
tución de nuestra vía láctea. No debemos olvidar tam- 
poco todos los trabajos que han contribuido a explicar 
la constitución física y los movimientos de los cuerpos 
celestes; Hugguins, Lockyer, y varios otros han dilu- 
cidado la naturaleza de las nebulosas y los fenómenos 
que se producen en el sol y las estrellas. 

ffEn Geología, y sobre todo en la teoría geológica, 
los progresos realizados por la Inglaterra no son cier- 
tamente menores — ^buenos jueces pretenden que son 
mucho mas considerables que los realizados en otras 
partes. Notemos al pasar que la Geología inglesa re- 
monta a Ray, cuyas ideas eran infinitamente más filo- 
sóficas que las que emitió largo tiempo después Wer- 



[53] 



JOSE PEDBO VARELA 



ner: y pasemos a Hutton, con el que ha empezado 
realmente la Geología racional. A la insostenible hi- 
pótesis neptuniana, que afirma la existencia en el pa- 
sado de una acción universal de las aguas, desemejan- 
te de lo que sucede en el presente, Hutton ha sustituido 
una acción de las aguas marinas y fluviales, que no 
ha dejado de obrar como obra a nuestra vista y que 
es contrabalanceada por una acción ígnea periódica. 
Ha reconocido que los derrumbes producen las monta- 
ñas y los valles; ha negado la llamada roca primiti- 
va: ha afirmado el metaraoríormisrao : ha enseñado 
el sentido de la no conformidad. Desde entonces hemos 
hecho rápidos progresos en la misma dirección. Deter- 
minando el orden de superposición de las capas en 
toda la Inglaterra, WiUiam Smith ha trazado la vía 
de las freneralizacioncs positivas: y demostrando que 
la correspondencia de las capas se determina con más 
segui'idad según los fósiles contenidos en ellas, que 
según sus caracteres minerales, ha establecido una 
base para las clasificaciones ulteriores. La teoría no 
ha tardado en sacar partido de los mejores elementos 
obtenidos así. En sus Principios de Geología Lyell ha 
hecho una exposición completa de la doctrina de la 
uniformidad, doctrina según la cual la cáscara terres- 
tre ha llegado a su complicada estructura actual bajo 
la acción continua de fuerzas semejantes a las que 
obran aún en nuestros días. Más recientemente, la 
teoría del profesor Ramsay sobre la formación de los 
lagos por los glaciers, ha venido a confirmar esa In- 
terpretación, y sus trabajos, unidos a los del profesor 
Huxley, han contribuido mucho a ilustrarnos sobre 
la distribución antigua de los continentes y los océa- 
nos. Citemos también la Teoría de los temblores de 
tierra de Mallet — la sola explicación científica que 



[54] 



ie haya dado hasta ahora de ese fenómeno. Falta aún 
un hecho importante que agregar. La crítica ha con- 
tribuido infinitamente más en Inglaterra que fuera de 
ella a zapar la hipótesis grosera «de los sistemas» 
universales de capas, que había sucedido a la hipótesis 
más grosera aún de las capas universales^ enunciada 
por Wemer. 

«Pensamos que es igualmente permitido sostener que 
lo que hemos hecho en los últimos tiempos en la Bio- 
logía no deja también de tener su importancia. Nos 
contentaremos con indicar, al pasar, que el sistema 
natural de la clasificación de las plantas, aunque des- 
arrollado por loH franceses, era inglés de origen, puesto 
que Ray ha establecido su primera grande división y 
ha bosquejado algunas de sus subdivisiones. Pasemos 
entre los botánicos ingleses a Brown. Ha hecho sobre 
la morfología, la distribución y la clasificación de las 
plantas, una serie de investigaciones que son sin igua- 
les, por el número y la importancia: el Prodomus 
Floree Novce-Hollandice es el trabajo de clasificación 
más notable desde los Ordres Naturels de Jusaíeu. Es 
también Brown quien resolvió el misterio de la fe- 
cundación de las plantas. Debemos también al doctor 
Hooker la idea de que la distribución actual de las 
plantas ha sido determinada por antiguos cambios geo- 
lógicos y físicos — idea de la que ha sacado varias 
interpretaciones de elevado alcance. En la fisiología 
animal hay el descubrimiento de las funciones sensi- 
tivas y motrices de las raíces nerviosas de la médula 
espinal, descubrimiento sobre el cual reposan numero- 
sas aplicaciones de los fenómenos orgánicos. Más re- 
cientemente hemos tenido el gran progreso que Mr. 
Darwin ha hecho hacer a la Biología. El abuelo de 
Mr. Darwin «e había adelantado a Lamaick formulan- 

[Si] 



JOSE PEDRO VATíELA 



do la concepción general del génesis de las formas or- 
gánicas, por la adaptación al medio, pero no había 
cavado esta idea como lo hizo Lamarck. Mr. Daiwin, 
siguiendo las huellas de su abuelo, se apercibió de 
que éste se había equivocado, lo mismo que Lamarck, 
atribuyendo las modificaciones a causas en parte ver- 
dad ei a =í, pero, sin em])aigo, insuficientes para expli- 
car tüdoo los efectos. Reconociendo la causa más pro- 
funda, que ha llamado la selección natural, Mr. Dar- 
"H'in ha conseguido traer la hipótesis de una fórmula 
que no era más que parcialmente sostenible, a una 
fórmula enteramente sostenible. Esa idea que ha des- 
arrollado de una manera tan admirable, ha sido adop- 
tada por la gian mayoiía de los naturalistas: está en 
tren de operar una revulución en las concepciones bio- 
lógicas del Universo entero, haciendo más inteligible 
la marcha de la ev^olución orgánica. Tomando las pa- 
labras del profesor Cohn: «ninguna obra de nuestra 
época ha ejercido sobre las concepciones de la ciencia 
moderna una influencia comparable a la de la primera 
edición del Origen de las especies, de Carlos Darwin». * 
No debemos tampoco pasar en silencio diversos descu- 
brimientos de menor importancia, que son en parte 
dependientes y en parte independientes del anterior: 
el del mismo Mr. Darwin sobre el dimorfismo de las 
flores: la magnífica i]«terpretación de la mímica de 
los insectos por Mr. Bates, que ha trazado la vía de 
una multitud de intcrpietaciones análogas; las expli- 
caciones de Mr, Wallace sobre el dimorfismo y el poli- 
morfismo de los Lepidópteros, En fin, el profesoí 
Huxiey, además de que ha disipado varios gruesos 



1. Die entwichelung der Naturwtssenschaft tn den Letzen 
funfundzwanzig Sahren, por el profesor doctor Fernando 
Cohn.— £reslau, 1872 



[56] 



LA LEGISLACION ESCOLAR 



errores biológicos, originarios del continente, ha hecho 
importantes trabajos de morfología y de clasificación. 

«Si pasamos a aquella de las ciencias concretas que 
es la segunda e,n rango, la balanza no se inclina tam- 
poco en contra nuestra. Desde temprano los ingleses 
han hecho dar grandes pagos a la ciencia del espíritu; 
han dado el punto de paitida de la mayor parte de 
las especulaciones que la Francia y la Alemania persi- 
guen después con actividad. A esas primeras investi- 
gaciones sucedió una calma chicha en el pensamiento 
inglés; entonces se esparció la idea absurda de que lod 
ingleses no son propios para la filosofía. Pero a la 
calma chicha que concluyó hace una cuarentena de 
años, ha sucedido una actividad que ha reparado pron- 
tamente el tiempo perdido. Sobre este punto no nos 
contentaremos con nuestras propias aserciones, y va- 
raos a citar testimonios extranjeros. El primer capitulo 
de la obra del profesor Ríbot, La Psicología inglesa 
contemporánea, empieza con estas palabra?: «El cetro 
«de la psicología, dice Mr. Stuart Mili, ha vuelto deci- 
«didamente a Inglaterra. Podría sostenerse que no ha 
«salido nunca de ella. Sin duda los estudios psicológi* 
«eos son ahora cultivados allí por hombres de primer 
«orden que, por la solidez de su método, y lo que es 
«más raro, por la precisión de sus resultados, han 
«hecho entrar la ciencia en un período nuevo; pero 
«es esto más bien una duplicación que una renovación 
«del lustre». 

«Volviéndonos hacia la Etica, considerada en su as- 
pecto psicológico, encontramos también testimonios 
emanados de extranjeros, atestiguando que correspon- 
de a los pensadores ingleses la mayor parte en la ela- 
boración de un sistema científico. En el prefacio de 
«u últimá obra, La Morale neüa Filosofía positiva 



[57] 



JOSE PEDBO VABELA 



(aquí positiva significa simplemente científica) ^ el 
profesor Barzellotti, de Florencia, declara que se ha 
limitado por esa razón a una exposición de las especu- 
laciones inglesas en esa rama de la ciencia. 

«Si en lugar de la Psicología y de la Etica, es cues- 
tión de la Filosofía en general, podemos invocar testi- 
monios que no son tampoco sospechosos de parciali- 
dad. En el primer número de la Cñtique Philosophique 
(.8 de febrero de 1872) publicada bajo la dirección de 
Mn Renouvier, el redactor gerente, M. Pillon, ha es- 
crito lo que sigue: «Se trabaja mucho en el campo de 
«las ideas en Inglaterra. . . No solamente la Inglaterra 
«sobrepuja a la Francia en el ardor y en el trabajo, 
«lo que desgraciadamente es bien poco decir, y por el 
«interés de las investigaciones y de los debates de sus 
«pensadores sino que aun deja lejos de ella a la Ale- 
«mania en este último punto». 

«Más recientemente aún, en la principal publicación 
periódica francesa, Mr. Martins ha hablado de las 
nuevas ideas nacidas en la libre Inglaterra, llamadas 
a transformar un día las ciencias naturales. ^ 

«Así, mientras que Mr. Arnold se lamenta de nues- 
tra pobre imaginación, los otros pai&es descubren que 
la producción de las ideas es muy activa en Inglate- 
rra. Mientras que él juzga nuestras concepciones ba- 
nales, nuestros vecinos encuentran que ellas son nue- 
vas hasta el punto de ser revolucionarias. {Cosa ex- 
traña! : en el mismo momento en que él reprocha a 
sus compatriotas que les falta el geist, los franceses 
aseguran que el geASt es más común aquí que donde 
quiera en otra parte. Los testimonios de este género 
no nos faltan tampoco en las otras naciones. En la 



1. Sffvu« (tet Deux Mondes.— l* ú* í«br«r* d« 18T3. 



[58] 



LA LEGISLACION ESCOLAS 



conferencia citada antes, el doctor Cohn, reclamando 
para los trabajadores serios de la Alemania la supe* 
rioiidad del numero, ha dicho: «La Inglaterra, sobre 
«todo, ha sido rica en todo tiempo y lo es particular- 
emente en este momento en hombres cuyas obras cien- 
«tíficas son notables por su claridad, su profundidad, 
«lo detenido de la erudición y la independencia de las 
«ideas que revelan». 

Fuera inútil hacer el ensayo de completar el cuadro 
presentado por el célebre escritor británico, con el de 
los progresos realizados por los ingleses en aquellos 
estudios de que más se habla en nuestro país, aunque 
acaso no se profundicen a menudo mucho más que los 
otros : en Derecho Constitucional y en Economía Polí- 
tica. Es por todos sabido que la misma forma de go- 
bierno y los hábitos seculares de la nación inglesa, 
hacen de ella, como de las que eran ayer sus colonias, 
los pueblos que más estudian, profundizan y conocen 
las ciencias que tratan de la organización social. 

No pretendemos nosotros que para demostrar que la 
República Oriental no se halla en un deplorable esta- 
do de atraso, debiera formularse una lista ni aproxi- 
mada siquiera de descubrimientos realizados por no- 
sotros: tal pretensión sería absurda. Pero a lo menos, 
y ya que no guardáramos una proporción relativa, 
debieran sernos conocidos los estudios que han hecho 
posibles esos descubrimientos, porque ellos son indis- 
pensables para que las naciones, pequeñas o grandes, 
conserven o conquisten un puesto, entre los pueblos 
que figuran en primera línea en la época actual. 

No son las formas aparentes de la organización po- 
lítica ni las declamaciones estériles, ni las aspiracio- 
nes de un patriotismo ciego, las que asignan su puesto 
a las naciones entre las comunidades civilizadas: son 

[59] 

s 



JOSE PEDRO VAHELA 



■US actos, y sus actos son resultado del estado actual 
en que se encuentra la colectividad. Mientras ese esta- 
do de la colectividad no se transforme, los esfuerzos 
para conseguir modificaciones importantes serán in- 
eficaces. 

•Así como el inventor del movimiento continuo cree 
poder, con una ingeniosa disposición de las piezas, 
hacer dar a su máquina más fuerza de la que ha reci- 
bido, el inventor político se imagina ordinariamente 
que una máquina administrativa bien montada y há- 
bilmente manejada, marchará sin gastarse. Cree obte- 
ner de un pueblo estúpido loa efectos de la inteligen- 
cia, y de ciudadanos inferiores una calidad de con- 
ducta superior». 

En esas palabras del mismo escritor que acabamos 
de citar está presentado con claridad el sueño que 
persiguen las Repúblicas sudamericanas desde la épo- 
ca de su independencia. Quieren transformar sus con- 
diciones sin transformarlas, o lo que es lo mismo, pre- 
tenden cambiar el estado actual de la sociedad cam- 
biando los gobiernos, que son efecto de ese estado, 
en vez de transformar las condiciones de la sociedad 
para que cambien como consecuencia los gobiernos. 
Por eso su trabajo es el de Penélope, con la agravación 
de que para realizarlo tienen que derramar a torrentes 
la sangre de sus propios hijos. 

Navegando en las aguas de los soñadores del siglo 
XVIII, quieren conquistar el gobierno y la vida de la 
libertad, conservando, sin embargo, como base de las 
nacionalidades, las poblaciones de las campañas, casi 
en el estado de primitiva ignorancia. Así, se entrega 
el gobierno de la sociedad, que se pretende libre, a la 
ignorancia, al hombre de la naturaleza, y «el hombre 
de la naturaleza no es ese ser bueno y razonable soña- 



[60] 



LA LEGISLACION ESCOLAR 



do por los filósofos; es un animal egoísta, que no te 
preocupa de los derechos de otro, inconsciente del mal, 
que degüella al que le es obstáculo, y a quien no bas' 
tan los frenos de la moral, de la religión y de las 
leyes, para que se plegué a las exigencias del orden 
social. En él hay que domar la bestia salvaje, sino 
pone en peligro la civilización». ^ 

Tal vez estudiando las causas que han producido 
nuestro estado actual y diseñando el porvenir que ló- 
gicamente nos espera si continuamos en la misma vía, 
sea posible provocar una reacción saludable que pre- 
pare una verdadera transformación en las condiciones 
de nuestro país, por el medio, acaso único, que para 
conseguirlo podría emplearse. 

Una triple crisis de extraordinaria intensidad ago- 
bia actualmente a la República: 

Crisis económica, que afecta directamente a la so- 
ciedad entera; 

Crisis política, que afecta directamente a los ele- 
mentos políticos del país, e indirectamente a toda la 

sociedad; 

Y crisis financiera, que surge naturalmente de las 
dos anteriores, y que hace casi imposible la marcha 

regular de las finanzas del Estado. 

Averiguar si esas crisis reconocen causas perma- 
nentes, y si son transitorias o endémicas en nuestro 
estado social, es lo que nos proponemos en los capí- 
tulos siguientes. Después de averiguarlo sacaremos las 
naturales deducciones. 



1 Les tenáances nouvelles üe l'économie poliUque et du 
aocialisme, par E. Laveieye. 1875. 



[61] 



JOSB PSDRO VARELA 



CAPITULO III 

Causas de la crisis económica 

La extraordinaria intensidad de la crisis económica 
que pesa actualmente sobre la República, reconoce 
causas transitorias y complejas, que no tenemos para 
qué enumerar aquí, puesto que sólo nos proponemos 
estudiar, no el estado excepcionalmente anormal de 
nuestro país, sino lo que constituye habilualmente los 
rasgos geniales de nuestra fisonomía económica. Las 
causas transitorias pasarán, más o menos rápidamente, 
haciendo que desaparezca o continúe la extraordina- 
ria intensidad de la crisis, pK^ro sin que por eso des- 
aparezcan las crisis mismas. Estas, como es para todos 
evidente, vienen reproduciéndose desde hace algunos 
años, siendo más o menos graves, según las agravan o 
las dulcifican diversas circunstancias, pero sin que 
dejen de continuar obrando siempre: y a nuestro jui- 
cio, si es sólo desde hace seis u ocho años que la crisis 
se ha hecho para todos evidente, es, no porque ella 
no existiese antes, sino porque, como las causas que 
la producen van agravándose cada vez más, es sólo 
en los últimos años que han llegado a un grado de 
intensidad bastante para que ni aun los espíritus más 
obcecados pudieran desconocer, ya que no la existen- 
cia de esas causas, la existencia al menos de la crisis 
misma. Esas causas, como todas las que obran actual- 
mente sobre el complicado mecanismo social, en cual- 
quiera de sus partes, son complejas; pero indudable- 
mente la más activa, la más poderosa y la más cons- 
tante es ésta: Desproporción entre las aspiraciones y 
los medios. 

La necesidad de expansión de las sociedades euro- 
peas, en las que la población superabunda, por una 



[62] 



LA LEGISLACION ESCOLAR 



parte, y por la otra el miraje encantado que estos 
países, con sn fertilidad, con la baratura de sus tierras 

y con la falta de brazos, presentan a la vista de loa 
proletarios y aun de loa obreros europeos, ha deter- 
minado en lo que va corriendo de este siglo una gran 
corriente de emigración de Alemania, Inglaterra, Fran- 
cia, Italia y España, que se han derramado a millares 
por toda la superficie de América. Afinidades de raza, 
de costumbres, de religión, de idioma y aun de clima, 
han dirigido la corriente de la emigración alemana e 
inglesa principalmente hacia los Estados Unidos, míen> 
tras que la emigración italiana, francesa y española, 
se ha dirigido principalmente a la América del Sur, 
y en ésta, por razones fáciles de comprender, a los 
Estados del Plata. 

Con esa corriente de inmigración, con el comercio 
a que ha dado origen, cuyo desarrollo ha sido prodi- 
gioso, hannog venido constantemente ráfagas impreg- 
nadas del espíritu de esa civilización lujosa y fastuo- 
sa de que, a justo título, se enorgullece el siglo XIX. 
Así hemos ido desarrollando en una proporción geo- 
métrica nuestra actividad consumidora, por la adqui- 
sición de gustos, placeres y costumbres que son posibles 
a las sociedades europeas, porque las alimenta una 
capacidad industrial superior. 

Sábese que es deplorable el estado de atraso en que 
se encuentra la España desde hace siglos, y que lo 
era también hasta hace muy pocos años, el estado en 
que se encontraba la Italia. La capa de plomo de una 
ignorancia secular pesaba y pesa aún, en grandísima 
escala, sobre las inteligentes poblaciones de las dos 
penínsulas europeas: y los malos hábitos y las costum- 
bres torpes, que fluyen lógicamente de la ignorancia, 
sentíanse reagravadas en ellas por la acción enérgica 



[«3 



JOSE PEDRO VAREXA 



de deformidades sociales, que hallaban su origen en el 
extravío de las creencias religiosas. No debía esperar- 
se, pues, que la inmigración extranjera modificara la 
ignorancia del núcleo primitiTo : por el contrario, para 
muiorar los males de una inmigración ignorante ha- 
bría sido necesario que el núcleo primitivo fuera sóli- 
damente educado, por una parte, y que hiciera por la 
otra grandes y continuadoa esfuerzos para asimilarse 
la inmigración, educándola y mejorándola. Lejos de 
eso, continuó en la República la ignorancia de la anti- 
gua colonia, y aumentóse día a día el espesor de esa 
capa de ignorancia con el arribo de nuevos poblado- 
res, tan ignorantes, si no más, que los originarios del 
país, Pero con esa masa de inmigración ignorante que 
trae como único capital y como única industria sus 
brazos, ha venido también, aunque relativamente es- 
casa, la inmigración inteligente que trae al país los 
fuertes capitales que sirven al comercio y a las gran- 
des empresas, y que llega para dirigirlos. Así, el con- 
tacto con la Europa ha ido haciéndose cada vez más 
frecuente. Los más grandes vapores que cruzan el Océa- 
no, llegan a nuestro puerto y han sido botados al agua 
para servir al comercio de los pueblos de la América 
del Sur. Ellos, ahora, como antes los buques de vela, 
non traen todos los artefactos, los productos de la in- 
dustria que son necesarios para satisfacer las más 
hiperbólicas necesidades que puedan crear el lujo y 
sus aspiraciones enfermas. 

En contacto diario con los grandes centros de po- 
blación europeos y norteamericanos hemos querido 
ser como ellos, y hemos copiado sus consumos exce- 
sivos, sus placeres opulentos, su lujo fastuoso, sin 
copiar a la vez los hábitos de trabajo, la industria, la 



LA LEGISLACION ESCOLAR 



capacidad productora que los hace posibles sin que 
sean causa de ruina. 

Sin calles tortuosas ni viejos edificios, Montevideo, 
para el que la mira por primera vez, es una ciudad 
norteamericana y no a fe de las de menos importancia, 
ni siquiera de las de tercer orden. Se creería al verla 
con sus 100.000 habitantes, con sus 120 miHones de 
pesos en propiedades, con sus elegantes edificios, con 
las lujosas y lindísimas quintas que le forman guir- 
nalda, que sirve de capital a un Estado de tercer 
orden, cuyos habitantes fueran industriosos, laboriosos 
y ricos. Nadie creería que forma por sí sola más de . 
la quinta parte de la población del Estado, más de las 
dos terceras partes del valor territorial, y que absorbe 
las cuatro quintas partes del comercio de la nación; 
porque en la apariencia del primer momento se detie* 
nen las similitudes con las ciudades norteamericanas: 
después empiezan los contrastes. Faltan las fábricas, 
las manifestaciones de la industria, y el alma se entris- 
tece en cuanto se aleja uno de las alegres quintas que 
forman los alrededores: más allá empiezan primero, 
los campos torpemente cultivados, sin im árbol, casi 
desiertos, para seguir después la campaña, más des- 
poblada aún, en la que pasta el ganado semisalvaje 
que constituye la gran fuente de producción de nues- 
tro país, y cuyo cuidado ocupa la vida indolente de 
nuestros hombres de campo. 

Nuestros gustos, nuestros placeres y nuestros gastos, 
no están, pues, en relación ni con nuestro trabajo, ni 
con nuestra producción. Aquéllos han ido desarrollán- 
dose rápidamente a medida que se presentaba más 
vivido ante nuestros ojos el brillante cuadro que, apa- 
rentemente al menos, ofrece el lujo de las sociedades 
europeas: ésta, la producción« ha caminado a paso 



[85] 



JOSB PEDRO VARELA 



lento, ya que le falta la gran fuerza motriz: la inteli- 
gencia cultivada. 

Tratemos de demostrar esta verdad. Las exigencias 
de la vida social han aumentado con una progresión 
asombrosa en los últimos años. La vida es hoy más 
cara de lo que era hace quince o veinte años, es decir, 
exige mayor suma la satisfacción de las necesidades 
reales; pero el aumento sufrido a ese respecto es rela- 
tivamente insignificante. £1 jornal que se pagaba el 
año 60, variaba de un patacón a doce reales: lo mismo 
que ahora. Pero lo que ha aumentado asombrosamente 
son las necesidades ficticias, derivadas no de las exi- 
gencias de la naturaleza, sino de la sociedad. Esto no 
necesita demostrarse: todos los que se hallan desde 
hace algunos años en nuestro país, saben que hoy se 
vive (desde el punto de vista de las exigencias socia- 
les) casi en la miseria^ con lo que antes se vivía me- 
dianamente, en una modesta medianía, con lo que se 
vivía entonces con lujo: y que para vivir hoy con lujo 
son necesarias sumas que antes nos parecían noveles- 
cas. 

Ahora bien: los hábitos de trabajo, ¿han seguido 
entre nosotros, sobre todo en el elemento nacional, una 
progresión correlativa? Muy lejos de eso. Lo que se 
ha desarrollado en proporción, no son los hábitos de 
trabajo, no es esa paciente perseverancia que acumula 
el ahorro, para formar el capital, la fortuna; son las 
aspiraciones ilegítimas que anhelan conquistar el pri- 
mer puesto sin esfuerzo, el deseo enfermo que quiere 
elevarse de un salto hasta la cima. No hay para qué 
hablar del especulador en títulos, en propiedades, en 
frutos, en mercaderías, en todo, que ha aparecido en- 
tre nosotros, como nuevo tipo, en los últimos años. 
No debe ooodeoarn ]» ecpeculacíón que ao es en leali- 



LA I.BGISLACION ESCOLAR 



dad más que una fonna más azarosa pero también más 
acabada del comercio, puesto que exige, como condi- 
£Íón indispensable de éxito, sagacidad y conocimiento 
bastante para apreciar con criterio exacto las necesi- 
dades actuales y las necesidades futuras del comercio 
en que se especula. Pero si lo que puede llamarse la 
especulación normal no es digno de censura^ ni revela 
desorden alguno en el estado social, lo es, sí, el exceso 
de especulación que en los últimos años se ha hecho 
sentir entre nosotros, creando a la propiedad, a los 
títulos, y aun a todos los valores en general, un valor 
ficticio que servia de base para más de una fortuna 
levantada como la de la lechera de la fábula, y que 
han concurrido eficazmente en sus resultados a la re- 
agravación de la crisis) económica. Ese exceso de espe- 
culación es un signo de lo que trato de demostrar, 
aunque no el más evidente. 

Este, el más evidente, el que se presenta con mayor 
claridad y habla con más energía a todo espíritu des- 
preocupado, se encuentra en la fiebre de asaltar los 
puestos públicos y de vivir a costa del Estado, que 
se ha apoderado de nuestro pueblo. Con la misma, si 
no con más rápida progresión que las necesidades de 
la vida, han crecido los empleos, las jubilaciones, las 
viudedades, las pensiones, las gracias especiales, los 
aumentos de sueldo, los negocios abusivos; en una 
palabra, todos los mil medios puestos en práctica, a 
la sombra del Poder público, para vivir bien sin tener 
hábitos de trabajo. No hay por qué sincerar a los 
gobiernos que tienen también su no pequeña parte 
de culpa en el advenimiento de ese estado de cosas; 
pero necesario es reconocer que, si en los últimos años 
se ha hecho de modo que una gran parte de nuestra 
población viva y viva bien sin trabajar, es algo por 



JOSS PEDRO VARELA 



la corrupción de los gobiernos, pero mucho porque 
hay en la masa de la población nacional una aspira- 
ción ilegítima de satisfacer las necesidades reales y las 
ficticias sin producir nada para conseguirlo. 

Mirando despacio nuestros presupuestos de gastos 
y recorriendo los diarios de sesiones de nuestras Cá< 
maras, vese un abismo que habla elocuentemente de 
los resultados que se obtienen cuando se estimulan en 
los pueblos las aspiraciones, sin estimular a la vez los 
medios legítimos de satisfacerlas. Comparando, por 
ejemplo, el Presupuesto de 1862 con el de 1875, vemos 
que hemos cuadruplicado nuestros gastos ordinarios 
en esos catorce años, mientras que sólo hemos dupli- 
cado nuestra población. Y lo que crece por codos en 
cada nuevo presupuesto, no son los gastos que deman- 
daría el mejoramiento de la administración pública, 
smo las partidas que se refieren al servicio de los em- 
préstitos contraídos, en su casi totalidad, para pagar 
gastos de guerra, a los militares, viudas, menores, pen- 
sionistas y jubilados. A eso hay que agregar los au- 
mentos de sueldos: ganan hoy más sueldo algunos de 
los empleados de Secretaría que el que ganaban los 
Ministros hace veinte años; y pagábamos entonces 
todos nuestros Juzgados superiores con lo que hov 
gana uno solo de los Jueces que tenemos. No creemos 
que pueda decirse que hemos mejorado en relación 
respecto a la administración de justicia. 

Fácil nos sería, escudriñando nuestros presupuestos, 
hacer que estas observaciones se presentaran con una 
evidencia que hicieran imposible toda duda, pero pre- 
ferimos no hacerlo, porque en sociedades pequeñas 
como la nuestra, no es posible descender al terreno 
de los detalles prácticos sin que, aun involuntaria- 
mente, se hiera a éstos o & aquellos individuos, y todo 



lA LEGISLACION ESCOLAR 



sabor de peisonalismo, de escuela, o de propósito pre* 
concebido, desvirtuaría nuestros juicios y falsearía 
nuestras aspiraciones. No nos referimos en nuestras 
apreciaciones a ningún Gobierno, a ningún partido, a 
ningún individuo, a nadie determinadamente: estudia- 
mos los rasgos generales porque queremos conocer, no 
el estado de éstos o aquellos habitantes de nuestro 
país sino el verdadero estado actual de la República. 

El aumento de las necesidades ficticias, la mayor 
carestia de la vida social, no ha creado, pues, hábitos 
de trabajo, sino que ha desarrollado en proporción 
asombrosa, el deseo de vivir a costa del Estado. Re* 
corramos los diarios de sesiones, posteriores a la dic- 
tadura de Flores, y en solicitudes de Gracias especiales 
se encontrará el signo evidente de una grave enferme- 
dad social, hija de la desproporción entre las aspira* 
clones y los medios. 

Las mayores facilidades de comunicación con la Eu- 
ropa y los Estados Unidos, el ensanche jiatural del co- 
mercio^ han estimulado activamente nuestras aspira* 
clones elevando su nivel cada vez a mayor altura; pero 
no por eso se ha hecho relativamente más industrioso 
nuestro pueblo, ni ha adquirido más hábitos ordena- 
dos de trabajo. 

No hay por qué sorprenderse de ese resultado, A los 
elementos nacionales de las ciudades y los pueblos de 
la República, no se les ofrece más carrera que el co- 
mercio, si exceptuamos la abogacía, de la que nos ocu- 
paremos especialmente al tratar de las causas de la 
crisis política. Todo el vasto campo de la industria 
y de las artes industriales está cerrado a los hijos del 
país, por la misma ignorancia en que se conservan. 
Nuestras escuelas, nuestros colegios, y basta nuestra 
misma Universidad, no olrecen los medios de adquirir 



[89] 



JOSE PEDRO VARELA 



los conocimientos necesarios para entrar con éxito en 
las empresas industriales. No les resta, pues, a los hi- 
jos del país otra ocupación que la del comercio, pero 
aun este mismo Ies ofrece no pequeños inconvenientes 
que se derivan en parte del estado del país, en parte 
de nuestra educación y en parte también de nuestro 
carácter. Sobre el hijo del país pesa la contribución 
de guerra en la forma del personero, si el comercio a 
que se dedica le produce lo bastante para poderlo pa- 
gar: si no es así, el sen^icio de la guardia nacional 
absorbe todo su tiempo durante las épocas de guerra, 
obligándole a descuidar o abandonar su comercio. 
Agregúese a esto que, aun cuando se dedique al comer- 
cio, está alistado siempre en alguno de los partidos 
políticos, de cuyos vaivenes participa más o menos di- 
rectamente. Ahora bien: recuérdese que desde la épo- 
ca de nuestra independencia hasta el presente, no he- 
mos tenido nunca más de dos o tres años consecutivos 
de vida tranquila, y, sin lomar en cuenta otras causas, 
véase cuánto debe entorpecer la vida comercial de los 
hijos del país la sucesión de las guerras civiles; para 
tener éxito tienen que realizar, pues, mayores esfuer- 
zos que el extranjero, que se halle en iguales condi- 
ciones, puesto que éste no encuentra las dificultades 
que aquéllos. Así se sienten empujados al burocratis- 
mo que se les brinda con todos los atractivos: no Ies 
exige actividad, ni conocimientos, ni industria por una 
parle, y por la otra a la vez que leg ofrece medios de 
existencia y les libra, casi, del servicio de sangre, los 
convierte en un personaje político que corre la misma 
suerte que su partido. Nada estimula, pues, las tenden- 
cias industriosas y laboriosas del hijo del país que 
vive en las ciudades, y por el contrario, todo contri- 
buye a debilitar k fuerza con que esas tendencias pue- 

TTO] 



LA USGISLAClOir ESCOLAR 



den manifestarse. Por eso no hay que extrañar que «1 

contacto con las sociedades europeas fomente sus as- 
piraciones ain modificar sus hábitos de trabajo. 

No hay por qué extrañar tampoco que este fenóme- 
no tenga su repercusión natural en el habitante de 
nuestros campos. 

El señor don Emilio Romero, en una interesante 
carta que sobre estas cuestiones nos dirigía hace poco, 
decía: «Voy a citarle otro hecho personal, para mos* 
«trarle hasta dónde llega el poco poder productor de 
c nuestros paisanos. En la estancia había un puesto de 
«ovejas cuidado por un italiano, muy trabajador. Su 
«majada era la mejor cuidada y la que daba mayor 
«producto. Tenía leche en abundancia y excelente man- 
«teca. Había sembrado una huerta que le daba los 
«productos más maravillosamente hermosos que he 
«visto en mi vida. Recuerdo unas cebollas que, no es 
«ponderación, una sola de ellas llenaba un plato de 
«postre de siete pulgadas de diámetro. Todos los pues- 
«teros vecinos lo visitaban a menudo, porque al paisa- 
«no le gusta regalarse con los productos que no le 
«cuestan nada. Unas veces le compraban papas, zapa- 
«Uoa, verdura, etc.; otras veces, las más, le robaban, 
«Ninguno fue capaz de imitarlo». 

Este ejemplo no es un hecho aislado, excepcional, 
y que en consecuencia no pueda tomarse seriamente 
como base: crúzanse leguas y leguas de desierto en 
nuestra campaña en el que sólo se encuentra de vez en 
cuando, algún rancho solo, aislado, sin un árbol, sin 
una flor, sin una planta, £1 paisano, que tiene la ma* 
yor parte de su tiempo desocupado, ya que la cuida 
del ganado no le absorbe más que algunas horas del 
día, y eso cuando se hace bien, no planta trigo ni 
verduras» ni zapallos, ni papas, ni porotos, ni árbo- 



[71] 



JOSE PEDHO VABELA 



Ies f Hítales, ni nada, y prefiere no coiner más que un 
asado solo, a tener el trabajo de sembrar y lecoger 
los productos de la tierra para alimentarse con ellos. 

Eso no impide que le guste la fruta y que la tome 
cuando la encuentra, y la compre cuando pueda, y 
que le suceda lo mismo con lo? demás productos agrí- 
colas que sirven a nuestra alimentación diana. Es que 
la ignorancia en que se conserva hace que el paisano 
encuentre aceptable el abandono en que vive, y por 
otra parte que la satisfacción que encuentra en los 
goces civilizados no sea bastante poderosa para que 
se baya convertido en necesidad. La necesidad es el 
aguijón más fuerte que puede inducir a obrar al hom- 
bre, pero entre las aspiraciones y la necesidad hay 
una gran diferencia. Para los hombres de cierta con- 
dición social, la cultura en el modo de usar y tomar 
los alimentos, la decencia en el vestido y en la habi- 
tación, son una necesidad real creada por el hábito 
y por el orden de ideas en que se vive; la realización 
del trabajo necesario para satisfacer esas necesidades 
fluye naturalmente de su misma existencia, se hace sin 
esfuerzo. Más allá de ese límite están las aspiraciones; 
para la satisfacción de éstas influye grandemente en 
los medios a emplear la moralidad que se tenga. Los 
hombres morales subordinan la satisfacción de sus as- 
piraciones a la honradez de los procederes: Uegan 
hasta donde pueden llegar legítimamente. Los hombres 
sin moral sacrifican la honradez de los procederes a 
la satisfacción de las aspiraciones y, en general, no 
satisfacen éstas por el trabajo, sino por el abuso. 

Es lo que sucede con el paisano. Sus necesidades no 
pueden ser más reducidas: la comida, el poncho, el 
recado, los vicios: más allá empiezan las aspiraciones; 
para satisfacer aquéllas trabaja,, y naturahuente poco 



[72] 



LA LEGISLACION ESCOLAS 



tiene que trabajar; para satisfacer éstas, busca los 
medios ilegítimos porque es ignorante y la ignorancia 
vive a menudo junto con la falta de moralidad. Ro- 
déesele en sus condiciones actuales, de los gustos, los 
placeres y las aspiraciones de la civilización, y ¿qué 
sucederá? ¿Adquirirá hábitos de trabajo para dar sa- 
tisfacción a necesidades que él no tiene y que, gene- 
ralmente, mira con el presuntuoso desdén de la igno- 
rancia? No: continuará como hasta ahora en su indo- 
lente abandono, aun cuando se proporcione a veces 
la satisfacción de aspiraciones, placeres y gustos que 
no son los suyos, valiéndose para eso de medios ílegí- 
timos. £1 único medio de hacer posibles las necesida- 
des, hasta cierto punto ficticias, de las sociedades muy 
adelantadas, es aumentar la capacidad productora del 
pueblo, y especialmente del paisano, y esto se conse- 
guirá creándole hábitos de trabajo inteligente; no ro- 
deándolo con una civilización que no comprenda, sino 
civilizándolo. 

Lo que se ve del trabajo, en sus formas elementales 
al menos, es material, por eso se olvida muy a menu- 
do que el gran productor es la inteligencia, y que no 
es posible desarrollar de mía manera notable la fuerza 
productora de un pueblo cualquiera, sin desarrollar su 
inteligencia por la educación, dándole a la vez los me- 
dios de gobernarse a sí mismo, gobernando sus pa- 
siones. Presentar ante la vista asombrada de un pue- 
blo ignorante el espectáculo de otra sociedad rica por 
su trabajo y su industria, sin robustecer a la vez su 
inteligencia para que pueda seguir procederes seme- 
jantes, laboriosos e mdustriales, es no civilizarlo, sino 
tantaiizarlo. 

Lo primero, educarlo, desarrollará su inteligencia 
y le creará hábitos de trabajo y en consecuencia de 



[73] 



JOS£ PSDRO VARELA 



moralidad; lo segundo, excitará bus pasiones sin edu- 
carlo, y es sabido que las pasiones excitadas son siem- 
pre malos consejeros, sobre todo cuando aconsejan a 
la ignorancia. 

El resultado natural de esa desproporción entre las 
aspiraciones y los medios, ha sido que nuestros con- 
smnos sean mayores que nuestros productos. Vamos a 
demostrarlo. 

Que la fortuna pública ha aumentado rápidamente 
en los últimos años es un hecho tan evidente que, casi, 
no necesita demostrarse. Así en Montevideo como en 
todo el resto de la República, el valor de la propiedad 
ha triplicado en los últimos quince años: los centros 
de población que antes existían se han desarrollado 
con una progresión asombrosa: el número de casas 
ha duplicado en Monlevidf o y en muchos otros de los 
pueblos y ciudades de la República; por otra parte, 
nuevas poblaciones se han formado, y allí donde no 
hace mucho vagaba libre el ganado, vénse hoy pueblos 
florecientes y aldeas llenas de vida. El capital que se 
incorpora sin consumirse a todos los objetos que sir- 
ven para satisfacer nuestras necesidades, reales o fic- 
ticias, ha seguido un aumento correspondiente. El me- 
nage de nuestras habitaciones representa hoy un valor 
triple o cuádruple del que representaba el menage de 
las habitaciones de nuestros padres hace quince o vem- 
te años. El capital que se incorpora al suelo en la 
forma de árboles y plantas ha disminuido, sin duda 
alguna, en la forma de montes vírgenes, pero ha au- 
mentado rápidamente en la forma de montes cultiva- 
dos, sea de árboles frutales o de árboles para leña o 
adorno, y de plantas alimenticias, florestales o medici- 
nales; se puede creer, pues, que aquella disminución 
está largamente compensada por este awnento y que. 



[74] 



UL UtGISLACION ESCOLAR 



en definitiva, a eso respecto ti no hemos progresado 
hemos permanecido estacionarios. En cuanto a la ri- 
queza pecuaria, a nuestra gran fuente de producción, 
a peaar de lo que se ha destruido en las guerras suce- 
sivas» y de la baja de nuestros productos en Europa, 
ha aumentado también rápidamente en los últimos 
años. Según los datos oficiales, la riqueza pecuaria de 
la República constaba en 1860 y en 1872 de los si- 
guientes animales: 

1860 1872 



Ganado 
» 
» 

» 



vacuno 

caballar 

asnal y mular 
lanar 



5:218.700 
741.851 

12,300 
2:594.833 

15.268 



7:200.000 
1:600.000 
120.000 
20:000.000 
100.000 
60,000 



porcino 
cabrío 



£s, pues, evidente, con una evidencia que a todos 
alcanza y que todos comprenden, que la fortuna pú- 
blica ha seguido un aumento progresivo asombroso. 

Es, sin duda, la constatación de ese hecho, sin cons- 
tatar a la vez las causas que lo producen, lo que ha 
nublado el espíritu de todos haciéndonos creer que 
seguíamos un camino de progreso sólido e inconmo- 
vible por el que, a pesar de sus convulsiones, debía 
llegar en breve la República a relativamente grandes 
destinos. 

A menudo, sin embargo, en los fenómenos socioló- 
gicos sucede lo mismo que en los fenómenos físicos; 
la apariencia está muy distante de la realidad. En 
ciertos días, en el mar, vense los peces como si estu- 
vieran casi en la superficie y en realidad hállanse a 
una gran profundidad: para comprenda «sto «• neoe- 

[75] 



JOSE PEDBO VARELA 



sario tener en cuenta las leyea de la refracción de la 
luz. 

Así el hecho del aumento de la fortuna pública, que 
es para todos evidente, hace creer en el primer mo- 
mento que el país se enriquece efectivamente a cada 
nuevo año: y como la riqueza no se acumula sino por 
el ahorro, que nuestra producción es mayor que nues- 
tros consumos. 

Si consumiéramos más de lo que producimos, de- 
biéramos tener hoy menos capital del que antes te- 
níamos, se dice, y seria esto innegable si al capital 
propio del país no viniera a unirse el capital que se 
importa del extranjero, en todas lag variadas formas 
en que el capital puede importarse. Si el país consu- 
me diez y produce nueve, es incuestionable que con- 
sume más de lo que -produce; pero también si produ- 
ce nueve e importa cinco, lo que forma un total de ca- 
torce, y consume diez, habrá consumido más de lo que 
produce y quedará sin embargo un saldo de cuatro 
que aument.irá el capital que antes existia. Así, pues, 
la fortuna pública puede aumentar constantemente 
aunque los consumos sean mayores que los productos, 
siempre que el capital introducido del extranjero sea 
mayor que la diferencia entre lo que se ha producido 
y lo que se ha consumido. Es esto, lo que, a nuestro 
juicio, sucede entre nosotros: el total de nuestra pro- 
ducción, desde hace algunos años, es menor que el 
total de nuestros consumos, pero los capitales impor- 
tados del extranjero han sido mucho mayores que la 
diferencia entre nuestros productos y nuestros consu- 
mos, de lo que ha resultado el fenómeno, al parecer 
inadmisible, de un pueblo que consume más de lo que 
produce y ve, sin embargo, aumentar constante y rá- 
pidamente la fortuna pública. 

tve] 



LA LEGISLACICKNT ESCOLAR 



Demostremos primero que nuestras importaciones 
son mayores que nuestras exportaciones, y demostra- 
remos en seguida que nuestros consumos son mayo- 
res que nuestros productos. 

Estas dos ideas — exportar e importar, producir y 
consumir — se consideran a menudo sinónimas, aun 
cuando no lo sean en realidad. Muchos de los valores 
que importamos no los consumimos, y muchos valores 
que producimos no los exportamos. Así, es parte de 
la producción general del país la carne con que nos 
alimentamos, la leche que bebemos, el trigo y la ha- 
rina con que hacemos el pan, la fruta que se vende 
en nuestros mercados y se saborea en nuestras quintas, 
y muchos otros productos y objetos, que, sin embargo, 
no figuran para nada en el total de nuestras exporta- 
clones. Ein sentido contrario, importamos, pero no 
consumimos, totalmente al menos, el valor que repre- 
sentan los materiales de ferrocarril, los materiales de 
construcción, los carruajes, los muebles, y mil otros 
artículos y objetos. Es, pues, grande error confundir 
las exportaciones con los productos y las importacio- 
nes con los consumos, como lo es también tomar sólo 
en cuenta las estadísticas de Aduana para apreciar lo 
que importamos y lo que exportamos. Es precisamente 
porque se ha creído que el total de nuestras exporta- 
ciones y de nuestras importaciones es el que acusan 
nuestras estadísticas de Aduana, que se sueña por al- 
gunos con medios restrictivos tendientes a alterar la 
proporción en que esos dos términos se encuentran ge- 
neralmente en nuestras estadísticas de Aduana. Para 
hacer más sensible cómo es mayor nuestra importa- 
ción, no aduanera, sino total, vamos a transcribir los 
siguientes párrafos de la carta del señor Romero que 
anteríonnente hemos citado: 



[77] 



JOai PIDRO VABXLA 



«¿Se importa realmente más de lo que se exporta? 
Yo creo que sí: y vea usted, creo que eso ha de suce- 
der siempre en el país en sus épocas de mayor pros- 
peridad. Ea en las épocas de prosperidad del país que 
se establecen nuevas casas de comercio, que se fundan 
Bancos, que se construyen ferrocarriles, en una pala- 
bra, que los capitales extranjeros vienen al país bus* 
cando una remuneración que no encuentran en el suyo. 
Cuanto mayor fuera la prosperidad de nuestro país 
y mayores las seguridades de estabilidad y de paz que 
ofreciera, mayor sería el número de capitales que aflui- 
rían a él. Esos capitales no necesitan venir en forma 
de dinero. Vendrán en la forma que más convenga a 
los intereses de cada uno. Las casas que se establecen 
traerán mercaderías para venderlas, y el capital que- 
dará en el país. Los Bancos que puedan, girarán letras 
si eso les ofrece mayores ventajas; esas sumas giradas 
representan un capital anteriormente traído en merca* 
derías. Los ferrocarriles que se construyen traen la 
mayor parte de sus materiales elaborados, y el mismo 
capital que necesitan para los trabajos de construcción 
puede no venir en dinero, pues por medio de letras se 
conseguiría el mismo lesultado. Guando el país pros- 
pera, la inmigración afluye a nuestras playas, trayendo 
sumas de no pequeña importancia. El aumento rápido 
de la población, da por resultado la suba de valor en 
las propiedades territoriales, nuevo aliciente para los 
capitales extranjeros. En suma, todos esos capitales 
se radican en el país, la masa de los capitales existen- 
tes aumenta, y desde que ese aumento no se ha produ- 
cido por el ahorro, tiene que haberse producido por la 
diferencia entre las importaciones y las exportaciones». 

Cuando, pues, el ahorro acumula capitcd, éste puede 
sentirse aumentado por la importación de capital ex- 



■LA JSBGISLACIOVÍ ESCOLAR 



tranjero, y cuando el consumo es mayor que la pro< 
ducción, el capital puede, sin embargo, aumentarse, 
siempre que el capital que se importe sea mayor que 
el exceso de consumo. 

Veamos ahora cómo nuestros consumos son mayo- 
res que nuestros productos. 

Entendemos por consumo toda destrucción total de 
riqueza, hecha voluntariamenle, para dar satisfacción 
a nuestras necesidades, reales o ficticias. La destruc- 
ción de riquezas producida por causas extrañas a nues- 
tra voluntad produce naturalmente los mismos efectos, 
disminuye la riqueza, pero no la considero de consumo 
porque no está en nuestra mano evitarla. Así, la baja 
de nuestros productos en Europa, la epizootia, las se- 
cas, ele, las conceptuamos como estando fuera de las 
observaciones que queremos formular, aun cuando 
sean también causa de ruina, porque no están en gran 
parte al alcance de nuestra voluntad. Y decimos en 
gran parte, y no totahnente, porque los estragos de la 
epizootia no habrían sido tantos si en la generalidad 
de los estancieros hubiese habido una dosis menor de 
ignorancia; las pérdidas que producen las secas no se 
producirían, o se producirían en mucha menor escala 
si una lastimosa ignorancia de las leyes naturales no 
hubiese destruido nuestros montes y no dejara nues- 
tros campos sin árboles, sin bosques y sin agua; y aun 
la baja de nuestros productos en Europa no se presen- 
taría con caracteres tan alarmantes si nuestro estado 
de anarquía permanente y lo atrasado de nuestros pro- 
cederes industriales no hubiese auxiliado poderosa- 
mente la formación de mercados que ofrecen produc- 
tos semejantes, en el vasto continente austral. 

Es del consumo verdadero de lo que queremos ocu- 
pamos, de la riqueza que destruimos voluntariamente 



[79] 



JOSE PEDRO VARELA 



para eatísíacer nuestras necesidades, reales o ficticias. 
Dividiendo la población del Estado en varios grupos 
para apreciarla con más facilidad, tendremos este re- 
sultado: 

El jornalero produce más de lo que consume: el 
jornal que recibe es bastante elevado para que pueda 
con él, no sólo llenar sus necesidades, sino aún aho- 
rrar. El jornalero trabajador acumula en pocos años 
un pequeño capital que le permite, o emprender un 
pequeño comercio, o volver a su país si es extranjero. 
Es este un hecho que constatan todos aquellos que 
emplean hombres a jornal, o que conocen las condi- 
ciones del jornalero entre nosotros. 

El comerciante en general produce también más de 
lo que consume. Nuestro comercio sufre naturales al- 
ternativas, pero está lejos de hallarse arruinado: y 
todos sabemos que el comerciante honrado que trabaja 
con constancia, puede acumular y acumula capital. 

Sucede lo mismo con el estanciero y el agricultor 
propietarios : en éstos la regla es producir más de lo 
que consumen, aun cuando esa regla pueda tener sus 
excepciones. 

Entran también en esta categoría lo que se Uama 
las profesiones liberales. 

Si, pues, esos diversos grupos constituyeran toda 
la nación, sería indudable que el conjunto consumiría 
menos de lo que j) reduce, ya que es ese el resultado 
a que llega cada una de las partes que lo constituirían, 

Pero a esos grupos productores hay que agregar, 
para obtener el conjunto de la sociedad, los grupos 
consumidores, es decir, aquellos que consumen más 
de lo que producen, o que consumen sin producir. 

Tenemos en primer término al paisano, entendiéndo- 
se por tal, no sólo al habitante pobre de nuestros 



[80] 



LA LEGISLACION ESCOLAR 



campos, sino también al hijo del país que es peón en 
las ciudades. £1 paisano, se dice, permanece simple- 
mente estacionano, porque aun cuando produce poco, 
consume poco también, de manera que no ahorra, no 
forma capital, pero tampoco lo destruye. Esa obser- 
vación es exacta, aproximadamente, en las épocas de 
tranquilidad pública, que son las menos, pero es com- 
pletamente incierta cuando corre por nuestros campos 
el incendio de la guerra civil. En esos casos el paisano 
convertido en soldado, vive del capital acumulado por 
otros; consume sin producir nada, y por la misma 
razón de que dispone de capital ajeno, sus consumos 
son excesivos; no los limita al deseo natural que hay 
en el hombre de ahorrar esfuerzos, sea disminuyendo 
el trabajo, sea acumulando capital con el saldo que le 
resta, después de llenar sus necesidades. En esas con- 
diciones el paisano es no sólo un consumidor parásito 
sino también excesivo. Notemos que esta apreciación 
se refiere sólo al soldado de nuestras guerras civiles 
que es peón en las épocas de paz: el militar perma- 
nente lo contaremos después a su debido tiempo. Si 
es cierto, pues, que el paisano en las épocas de paz 
permanece estacionario, no es menos cierto también 
que en las épocas de guerra consume, y consume ex- 
cesivamente, sin producir. Ahora bien: las guerras ci- 
viles, o cuando menos las luchas armadas, se repro- 
ducen bastante a menudo entre nosotros para que sólo 
un optimismo ciego pueda considerarlas tan anorma- 
les que el exceso de consumo que provocan no deba 
tenerse en cuenta en la apreciación general de nuestro 
desarrollo económico. 

Hay además en la guerra otra forma de exceso de 
consmnos y de destrucción de riqueza que no se apre- 
cia generalmente en su verdadera faz. 



[81] 



JOSE PEDKO VARELA 



Es general creer que gastar y consumir son sinó- 
nimos, entendiéndose por gastar emplear una deter- 
minada suma de dinero en un objeto cualquiera des- 
tinado a dar satisfacción a nuestras necesidades. 

Hay en esto un completo error: se consume en rea- 
lidad la riqueza que se destruye totalmente: así, por 
ejemplo, el tabaco, la pólvora, etc., son objetos que se 
consumen cuando se usa de ellos. Sucede lo mismo 
con los alimentos: pero hay que notar que en éstos la 
destrucción no es total, sino parcial, porque queda 
siempre un pequeño saldo que va incorporándose al 
capital que constituye cada ser humano. Económica- 
mente considerado, el hombre es un capital que repre- 
senta si no el total, una parte de lo que ha empleado 
en alimentarlo, educarlo, y en una palabra, en favo- 
recer su desarrollo en todo sentido. Así, la guerra con 
sus víctimas produce una destrucción real de capital, 
ya que cada hombre representa una suma de riqueza 
acumulada en éL La pérdida de vidas se valora en ge- 
neral y se toma en cuenta por lo que afecta a la fami- 
lia y a la liumanidad, y aun desde el punto de vista 
de los intereses económicos suele considerarse tam- 
bién por lo que arrebata de fuerzas productoras a la 
sociedad. Los ejércitos son compuestos en su mayor 
parte de hombres jóvenes, en el vigor de la edad y de 
la salud: de ahí que las pérdidas causadas por la gue- 
rra ejercen mayor influenuia en las fuerzas producto- 
ras de la sociedad, que la que ejercería un número 
igual de víctimas hecho, por ejemplo, por una epide- 
mia; las epidemias hacen mayores estragos entre los 
enfermos, los viejos, los valetudinarios y en general 
entre todos los débiles, mientras que, por el contrario, 
los estragos directos causados por la guerra, pesan 
principalmente sobre la parte más robusta y viril de 



[823 



XiA LEGISLACION ESCOLAR 



la población. Observándolo, es general hacer notar 
esa faz antieconómica de la guerra por lo que con- 
traría las fuerzas productoras de la nación, pero rara 
vez ae hace notar la destrucción real de riqueza que 
hay con la muerte de una persona cualquiera, y en 
consecuencia con la destrucción de vidas que causa la 
guerra. En Estados Unidos se aprecia cada inmigrante 
en 1.000 dólares, como valor medio del hombre for- 
mado. ^ Hay que agregar, pues, al total de nuestros 
consumos durante las épocas de lucha, lo que consu- 
mimos en la forma de muertos en la guerra. 

No resistimos al deseo de traducir algunas páginas 
que servirán pata presentar otra faz de los malea que 
causa la guerra; faz que no es posible estudiar entre 
nosotros por falta de datos. 

«Entre 1869 y 1872 París ha atravesado un período 
de agonías j de miserias que ha elevado la mortalidad 
a cifras extraordin ai lamente d olorosas. Es bueno estu* 
diarias con algún detalle: uno se convencerá así de 
que la guerra ultrapasa el límite que se le asigna or« 
dinariamente, pues no sólo mata amo que hace morir 
e impide vivir. En las listas de mortalidad que se alar- 
gan cada vez más, es fácil ver los progresos homici- 
das que hace la iníluencia del hambre, del frío, de loa 
tormentos de todas clases, que traquean a la pobla- 
ción. La vida se retira poco a poco de la ciudad do- 
liente: se puede concluir que un sitio prolongado, 
seguido de una insurrección sin piedad, equivale a 
uno de esos grandes flagelos mórbidos que la Edad 
Media llamaba invariablemente una peste, y que no- 
sotros llamamos una epidemia. 



1 L'Immigration et let ímmioranta aux Stats-Untt, par 
LouiB Slmonrn. 



[83] 



JOSE PEDRO VARELA 



«Nuestro obituario de 1870-1871 está más cargado 
que el que nos legaron el cólera de 1832 y el de 1849. 

La guerra propiam'^nte dicho, el combate, no tiene 
en él más que una parte muy débil: lo que mata mejor 
y más seguramente que la bala y el cañón es la fiebre, 
el tifus, la anemia. . . £1 último mes normal de Paris^ 
es agosto de 1870: las defunciones son 4.942, lo que 
es un término medio ordinario. En el mes de setiem- 
bre la proporción tiende a crecer; sin embargo, nada 
ha faltado aún a las exigencias de la vida material: se 
tiene ganado vivo, la temperatura es suave, ningún 
alimento es racionado, se tienen más esperanzas de 
las razonables; pero la inquietud vaga que se cierne 
sobre todo hace ya su obra y el Estado Civil registra 
5.222 defunciones. En octubre la progresión es rápida 
y puede hacer comprender hacia qué destino nos ade- 
lantamob: un mal nuevo va a invadir la población y a 
diezmarla, porque hará mortales enfermedades que hu- 
biera sido posible curar: 7.543 defunciones se inscri- 
ben; noviembre no es mucho más mortífero a pesar 
de las brumas y de los primeros fríos, ofrece un total 
de 8.238: pero he ahí a diciembre con sus largas no- 
ches enervantes se cierra con 12.885 defunciones. 

El contingente excesivo de los tres últimos meses mo- 
difica toda relación con el término medio de los años 
precentes: París en 1870 ha perdido 73.563 habitan- 
tes. ¿El año que va a empezar será mejor y nos con- 
solará de todas esas hecatombes humanas sacrificadas 
a los dioses de la violencia y del desvarío? Será peor 
aún. Desde el principio anuncia lo que será ese año 
maldito que vio la caída de París y los incendios de 
la Comuna: enero da una cifra de defunciones que 
espanta: 19,223. ^ Es el total más alto a que hayamos 

1 Ninguna compensación para las pérdidas de ese mes si- 
niestro 2 487 nacimientos, 770 matrimonios 



[84] 



LA LEGISLACION ESCOLAE 



alcanzado... el mes de febrero marca 16.592 en lo 
que podría llamarse el necrómetro. Mayo empieza el pe- 
ríodo decreciente, que no se detendrá hasta el momento 
en que la mortalidad desbordada haya vuelto a su 
lecho: se cuentan aún en él 11.289 defunciones; abril 
desciende a 7.026 y si el mes de mayo parece retomar 
una marcha ascendente con 7 639, es que fue el mes 
en que la batalla de los siete días ensangrentó a París 
a quien salvaba. Desde ese día se vuelve al punto de 
partida: entre agosto de 1870 y junio de 1871 no hay 
más que una diferencia de 307, en beneficio de éste; 
el total de 1871 no por eso es menos superior al de 
1870, pues acusa 86.760 defunciones: a^í, pues, en 
dos años 160.323 individuos han muerto en Paris. Van 
a invocarse, sin duda, las acciones de guerra libradas 
contra los ejércitos alemanes y contra los ejércitos 
rojos de la Comuna: las defunciones a causa de heri- 
das militares no figuran roas que en una proporción 
muy mediocre en esa dolorosa necrología, en todo 
6.083, de los cuales 2.625 en el período del sitio y 
3.448 en el de la Comuna». ^ Los acontecimientos de 
los cuales surge una perturbación general ejercen una 
influencia más directa aún sobre los matrimonios que 
sobre los nacimientos. Lo& matrimonios que en 1872 
fueron 21.373 no habían sido más que 14.657 en 1870 
y habían descendido a 12.928 en 1871 — en 1869 que, 
según los cálculos estadísticos, fue el año normal por 
excelencia, fueron 18.948. - «La influencia de loa acon- 
tecimientos sobre los nacimientos se denuncia por las 
cifras y excusa todo comentario. El mes de mayo de 
1870 encuentra al país en calma y prosperidad: enero 



1 L.'Btat Cwú á Pans, par Máxime Du Camp Rpimc des 
Deux Mondes, 15 de marzo de 1874, paginas 395 y 366 

2 Idem, páginas 363 y 368 



[851 



JOSE PEDRO VARELA 



de 1871 nos da 5.378 recién nacidos. En el mea de 
julio de 1870 una ráfaga de locura cruza por todas 

las cabezas: a propósito de un incidente grave, pero 
cuyas consecuencias podrían haber sido conjuradas, 
se apodera de la pasión pública antes de ensayar los 
recursos de la diplomacia: la guerra estalla en plena 
paz, los espíritus se inquietan, todos los corazones se 
sienten oprimidos por la angustia de una aventura 
semejante; marzo de 1871 no nos da ya más que un 
contingente de 3.606 nacimientos. Nuestros primeros 
encuentros con la Alemania no dejan duda alguna so- 
bre la suerte miserable que nos espera: es la invasión 
que entra en Francia: la desesperación del mes de 
agosto, se lee en las tablas de abril de 1871 que des- 
cienden a 3.299. A la mitad de setiembre la ciudad 
es cercada: la vjda se hace difícil: a medida que 
pasan los días las fuerzas de la población van debili- 
tándose: se diría que los pobres pequeños seres rehu- 
san venir a este mundo de perturbación y de miseria. 
Octubre da 2.965 a junio de 1871: noviembre llega 
hasta 3.001 que se inscriben en julio: diciembre, que 
fue el mes de los grandes frioa y de los combates 
duros, se detiene para aj^osto en 2.429. Enero de 1871, 
en el que se sufrió tanto, en el que faltó el pan y la 
esperanza, cae a la miserable cifra de 1,729 que se 
inscriben en el mes de setiembre; octubre está bien 
bajo aún y no cuenta más que 1.875 nacimientos; 
noviembre y diciembre se levantan un poco. Para en- 
contrar una cifra regular es necesario esperar a enero 
de 1872 que declara 4.238 niños, correspondientes al 
mes de mayo durante el cual cayó la Comuna», Seria 
un estudio curioso el que se hiciese estableciendo com- 
paraciones estadísticas semejantes para la República 
Oriental. Estamos seguras de que si hacerse pudieran, 



[86] 



Ul LEGISLACION CflCOLAM 



darían lesultadot «emejante» a lo» constatadoi en 

París, 

Las emigraciones que tienen lugar en los momentos 

de grande agitación política, son también causa de un 
exceso de consumos que generalmente no se tiene en 
cuenta. El que emigra, no sólo deja de producir en 
el país, lo que trae una disminución proporcional en los 
productos, sino que» en los primeros tiempos de 
la emigración a lo menos, consume más de lo que 
hubiera consumido permaneciendo en el país. Hay 
que agregar a esto que, cuando el consumidor perma- 
nace en el país, toda la parte de riqueza que no des* 
truye al satisfacer sus necesidades queda incorporada 
al total de la fortuna pública, mientras que en la emi* 
gración esa riqueza se incorpora al total de la fortuna 
pública del país a donde emigró, produciéndose de ese 
modo una verdadera exportación de capitales. Según 
datos publicados, había en la República Argentina, 
durante la revolución de Aparicio, 15.206 orientales; 
de éstos puede asegurarse que la gran mayoría eran 
emigrados por causas políticas. No son, pues, insigni- 
ficantes los excesos de consumo producidos por las 
emigraciones. 

Tenemos así que el estado de guerra aumenta extra- 
ordinariamente los consumos por el estímulo ilegíti- 
mo del soldado que destruye capital ajeno para satis- 
facer sus necesidades, reales y ficticias, y en no pocos 
casos sus pasiones extraviadas: por las vidas que cues- 
ta y por las emigraciones, produciéndose a la vez una 
disminución correlativa en la producción. Y las gue- 
rras, vuelvo a repetirlo, han sido bastante frecuentes 
entre nosotros para que sea imprescindiblemente ne- 
cesario tomarlas en cuenta al apreciar nuestros consu- 
mos pasadog. 

[W3 



JOSE PEDRO VARELA 



Además del paisano, que consume más de lo que 
produce, están todos aquellos que viven del Estado, 
con excepción de los empleados en Id Instrucción Pú- 
blica. 

La organización social no se concibe sin que exista 
una administración pública, ni ésta se concibe tampoco 
&in que sean retribuidos los servicios de los que en ella 
se emplean; esto no obsta, sin embargo, a que todo 
el personal de la administración consuma sin produ- 
cir. Permítasenos explicarlo. 

Para la conservación del orden social necesitamos 
que exista un poder público, encargado de garantirnos 
el pleno goce de nuestros derechos, y especialmente 
de reprimir los abu&os de la fuerza, del mal y de la 
ignorancia: necesitamos un ruerpo legislativo que dicte 
las leves que han de regirnos: un poder ejecutivo que 
las haga cumplir y un poder judicial que decida en 
los casos contenciosos. Sin la existencia de un poder 
público estaríamos a cada paso expuestos a vemos 
privados del fruto ¿e nuestro trabajo, coartados en 
nuestra libertad, o agredidos en nuestra vida, teniendo 
que emplear constantes esfuerzos para defendernos y 
garantirnos, sin que llegásemos nunca a conseguirlo 
con tanto éxito como el poder público, cuando éste 
se conserva dentro de sus límites naturales. El tiempo 
que emplearíamos en garantirnos y defendemos, no 
podríamos desíiriailo a los trabajos en que ahora nos 
ocupamos, y en consecuencia, produciríamos menos de 
lo que producimos cuando hay otros que se encargan 
de hacer esos servicios: pero los que a ese trabajo se 
dedican dejan por el hecho de producir, puesto que 
sólo se ocupan de garantir la producción de los de- 
más: sus servicios son tan útiles para la sociedad como 
loi del productor, y tan acreedores a recompensa co* 



[88] 



LA LEGISLACION ESCOLAR 



mo los de éste, pero por eso dejan de revestir un ca« 
rácter especial con respecto a la producción y al con- 
sumo. En realidad ejercen una acción preventiva: no 
producen, ao facilitan tampoco la producción^ pero 
impiden que se destruya la riqueza creada, en cual< 
quier forma ilegítima, o que se pongan trabas a la 
creación de nueva riqueza. La administración pública 
hace para toda la sociedad lo que las compañías de 
seguros para los capitales particulares: los asegura 
cobrando una prima por el riesgo. Así el poder públi- 
co asegura su existencia a la sociedad cobrando una 
prima por el nesgo, prima que invierte en la retri- 
bución de los servicios de aquellos que se ocupan de 
velar por la conservación del orden social: esos servi- 
cios no dan por resultado producto alguno, pero hacen 
posible la producción de los demás; no aumentan 
capital, pero aseguran el capital social, la fortuna pú- 
blica. La administración pública, cuando se conserva 
dentro de sus limites naturales es, pues, no sólo nece- 
saria, sino conveniente: pero desde el punto de vista 
de la producción y del consumo los que en ella se 
ocupan consumen sin producir. 

Hemos hecho una excepción entre todos los ramos 
de la Administración en favor de la Instrucción Pú- 
blica, porque con respecto a ella el capital que se 
emplea no se consume, sino que se incorpora al capital 
representado por el que recibe esa instrucción. Los 
servicios del maestro y la retribución que por ellos 
se le acuerda tienen un carácter especial que es fur« 
zoso no olvidar: comparémolos para mayor claridad 
con los de la policía o la justicia, por ejemplo. La 
policía se ocupa de la seguridad de las personas: está 
cumplido su servicio, llenada su misión, cuando las 
personas están seguras, pero ni usted ni yo, ni el ve- 



[89] 



JOSS PIDRO VABKIiA 



ciño de enfrente^ ni nadie ha alterado el capital qm 

cada uno representa, cuando esa seguridad de las perso- 
nas se ha hecho efectiva. Si la seguridad de las per- 
sonas desaparece, el capital que se emplea en la poli- 
cía se malgasta; si esa seguridad se conserva, ese ca- 
pilal se emplea bien, pero ni el valor que representa 
la persona, ni sus condiciones se alteran sustancial- 
mente. Sucede lo mismo con la administración de jus- 
ticia: si ésta permite que se me despoje de mi pro- 
piedad, el capital que se emplea en sostenerla se mal- 
gasta; si por el contrario, me conserva el pleno goce 
de lo que es mío, se emplea convenientemente el ca- 
pital que se gasta en sostenerla, pero en ambos casos 
el capital acumulado que representa mi propiedad no 
se altera sustancialmente. Si se observa cualquiera de 
los otros ramos de la administración pública, propia- 
mente dicha, se encontrará que sucede lo mismo. La 
excepción única es la instrucción. El capital que se 
emplea en pagar al maestro se ha invertido bien cuan- 
do éste ha instruido a sus alumnos, en tanto que se 
malgasta cuando no los ha instruido. En este último 
caso el alumno ha permanecido sin alteración y por 
eso se ha malgastada el capital que se invierte en el 
maestro: en el primero el alumno ha incorporado al 
capital que antes representaba, el que representa la 
instrucción recibida: ha habido, pues, incorporación 
de capital, y por eso se ha empleado bien lo que se 
invierte en el maestro. La instrucción es, pues, el úni- 
co de los servicios cometidos a la administración pú- 
blica que no consume el capital invertido en él, sino 
que lo incorpora, bajo una nueva forma, al capital 
que representan los individuos a quienes instruye. He 
aquí la demostración numérica para mayor claridad. 
Supongamos que ei capital social, la fortuna pública» 



[M] 



U LEGISLACION ESCOLAS 



representa 100: y supongamos que para la conserva" 
ción del orden social y en consecuencia de ese capital, 
emipleamos 2 en la Policía, la Justicia, el Ejército, etc., 
nos quedará en realidad un capital de 98. De manera 
que podemos decir que un capital social de 100 repre- 
senta asegurado por el poder publico un capital líqui- 
do de 98. La diferencia se ha empleado en retribuir 
los servicios de aquellos que están encargados por 
nosotros mismos de garantirnos contra las destruccio- 
nes de la fuerza, del mal y de la ignorancia. Supon» 
gamos ahora que el capital social que tenemos es tam- 
bién de 98, y que empleamos en instrucción pública 1 ; 
nos quedarían 97 si el capital primitivo hubiese per- 
manecido estacionario como en el caso de la Policía, 
la Justicia, etc. Pero no es aaí; ahora al capital social 
que queda reducido a 97, tenemos que agregar el ca- 
pital que representa la mayor instrucción difundida 
al pueblo. Ese capital será uno, si las sumas emplea- 
das en el maestro se han proporcionado estrictamente 
a los servicios, y en consecuencia no habrá habido 
disminución alguna en el total del capital social: habrá 
habido una simple modificación. 

Consumen, pues, sin producir todos los empleados 
en la administración, con excepción de los empleados 
en la Instrucción Pública, y, con más latitud, todos 
los que viven del Estado. El número de éstos es exce- 
sivo entre nosotros, lo que hace excesivo también el 
número de los que consumen sin producir. 

Tenemos así para formar nuestro balance general, 
que producen más de lo que consumen, el jornalero, 
el comerciante, el estanciero, el agricultor, las profe- 
siones liberales y, en una palabra, todas las clases 
laboriosas de la sociedad; y que consume más de lo 
que produce el paisano, consumiendo sin producir to- 

tfllJ 

7 



JOSE PEDHO VARELA 



dos los que viven del Estado. Si esto es exacto, para 
saber, como resultado final, si consumimos más de lo 
que producimos, o viceversa, la cuestión está en ave- 
riguar si el capital que acumulan los primeros es 
mayor o menor que el que consumen los segundos. 

Resolviendo esa cuestión, suele decirse: 

Si fuera cierto, como hace años viene repitiéndose, 
que consumimos máa de lo que producimos, estaría- 
mos todos arruinados, lo que no ei verdad en la ge- 
neralidad de los casos. 

Hay en esto un grave error. Si es cierto que en la 
generalidad de los casos los individuos no están arrui- 
nados, no es menos cierto que la Nación, el Estado, 
está arruinado por todos ellos. Y es precisamente por- 
que el exceso de consumos se salda con las deudas de 
la Nación, que se presenta esa apariencia engañosa, 
observada con satisfacción. «Las clases laboriosas acu- 
mulan, se dice; luego la producción es mayor que el 
consumo». No: las clases laboriosas pueden acumular 
porque no pagan sino una parte de los consumos de 
las clases parásitas: el saldo de esos consumos se ob- 
tiene del extranjero, descontando el porvenir. 

En los cálculos de los costos de producción hace 
entrar el productor en nuestro país, como en todas 
partes, lo que tendrá que pagar al Estado por impues- 
tos y aun la parte que pueda corresponderle en las 
destrucciones eventuales a causa de las luchas arma- 
das. Si, pues, esa parte que el productor destina al 
sostén de la administración pública representase todo 
lo que en ella se invierte, seria exacto que los produc- 
tos son mayores que los consumos, porque cualquiera 
que fuere el monto total de lo invertido en el sostén 
de la Administración, no se aumentarían los consumos, 
puesto que ya ae habría hecho figurar como parte de 



[92] 



IiA LEGISLACION ESCOLAR 



los costos de producción. Pero no es así: la produc- 
ción actuiil concurre sólo con una parte al sostén de 
la administración piiblica; el resto se salda, por medio 
de préstamos, descontando la producción del porvenir. 
Nuestros presupuestos se forman siempre con déficit, 
y con un déficit que a menudo es enorme: la parte de 
consumos que representa el déficit, no la hace entrar 
el productor en sus cálculos, como costo de produc- 
ción, porque en realidad no la entrega ahora, sino que 
tendrá que ir entregándola sucesivamente en una serie 
de años, gravando de esa manera anticipadamente lo 
que se producirá en el porvenir. 

Ahora bien: para que en el balance general de la 
Nación resultare que producimos más de lo que con- 
sumimos, habría que hacer entrar en cuenta, junto 
con los consumos regulares que todos presupuestan, 
lo que representan todas nuestras deudas públicas. 
Veamos cuál es ese total de nuestras deudas públicas. 

Tenemos en primer lugar I05 46 ó 48 millonea que 
representan en total uuebtra«« deudas consolidadas; en 
éstas todos piensan y todos las toman en cuenta como 
deudas de la Nación. Tenemos, además, unos diez o 
quince millones de pesos de deuda flotante, que tar- 
dará más o menos en consolidarse, pero que no por 
eso deja de ser capital que hemos consumido, y que 
tendremos que pagar, sacándolo de la producción del 
porvenir, ya que no lo hemos sacado de la del pasado: 
esa deuda es también tomada en cuenta por la gene- 
ralidad al apreciar nuestro estado económico-finan- 
ciero. Pero hay otra deuda, mayor tal vez que esas 
otias, de la que pocos se acueidan: es la que repre- 
sentan los sueldos de los militares, viudas, menores, 
pensionistas y jubilados. Estos se confunden a menudo 
con los empleados de la Naciún^ pero tienen una dife- 



[93] 



JOSE PBX>BO VAHELA 



rencia esencial. El empleado público recibe una com- 
pensación por el servicio que actualmente presta; si el 
servicio desaparece, desaparece también, como conse- 
cuencia, la compensación; para la producción repre- 
senta, pues, la parte que se invierte en los empleados 
públicos lo que, según hemos dicho, se destina a la 
conservación del orden social. No sucede lo mismo 
con los militares, viudas, menores, pensionistas y jubi- 
lados. Por nuestras leyes el grado militar y la viude- 
dad, la jubilación y hasta cierto punto la gracia espe- 
cial concedida al pensionista, son una propiedad. Cesa- 
ría la guerra, serían completamente inútiles los mili- 
tares, no se emplearían sus servicios, y, sin embargo, 
se le pagaría siempre el sueldo que por ley les corres- 
pondiese. Con mayor razón sucede lo mismo con las 
viudas, menores, jubilados y pensionistas: para éstos 
no hay que esperar a que cese la guerra, reciben su 
compensación sin prestar actualmente servicio alguno. 
£s, puea, una deuda que pesa sobre la Nación sin re- 
lacionarse con servicios correspondientes que deban 
prestársele en adelante, y que tendremos que pagar 
sacando su monto de la fortuna j)ública, como tendre- 
mos que pagar las otras deudas. Ahora bien: ¿cuánto 
representa esa deuda? No os fácil decirlo, porque no 
es fácil averiguar por cuántos años tendremos que pa- 
gar sus sueldos a los militares y sus descendientes, a 
las viudas y los jubilados: el servicio anual, sin em- 
bargo, se eleva a cerca de dos millones de pesos, y no 
habría exageración en calcular que, en término medio, 
ese ser\'icio se prolongará por una serie de 20 ó 25 
años. Tenemos, pues, que además de lo que se invierte 
en la administración pública, propiamente dicha, ten- 
dremos que emplear el capital que representan las 
Deudas consolidadas, las Deudas fluctuantes y lai 



LA LSXSI3LACION ESCOLAR 



Deudas por sueldos Ae militares, viudas, menores, pen- 
sionistas y jubilados. 

Nuestros presupuestos se forman siempre con enor- 
mes déficits y se saldan por medio de empréstitos. Si 
en vez de eso se saldaran con aumento de impuestos, 
es indudable que el capital que acumula el productor 
disminuiría, puesto que tendría que deducir de él la 
parte que le correspondiese en los impuestos extraor- 
dinarios para saldo del presupuesto. Pero además, en 
nuestros presupuestos lo que se paga de las Deudas 
fundadas son sólo los intereses y una pequeña parte 
de amortización: de las Deudas fluctuantes no se paga 
nada, se renuevan, y de las Deudas por sueldos de 
militares, etc., sólo se paga una cantidad que corres- 
ponde a intereses y amortización, puesto que con cada 
pago no se extingue la deuda pero se aproxima la 
época de su extinción. Para ver, jmes, con exactitud lo 
que consumimos y hemos consumido en realidad, ten- 
dríamos que formar nuestro balance estableciendo lo 
que tenemos, después de pagadas nuestras deudas y 
de haber deducido los capitales que se han importado 
al país. Y entonces llegamos a esta conclusión. Las 
clases laboriosas de la sociedad <! habrían podido acu- 
mular capital, si además de lo que, como costo de la 
producción, han destinado al sostén de la administra- 
ción, hubiesen tenido que destinar también los capi- 
tales necesarios para saldar todas nuestras deudas? 
¿El capital originario del país sería hoy mayor de lo 
que era hace 15 ó 20 años, si del capital existente hoy 
se dedujese el total de nuestras deudas públicas, y el 
total de capitales extranjeros importados al país, en 
todas las formas en que el capital puede importarse? 
Cuando se observa así, con detención, no es dudoso 
que nuestros consumos han sido y son mayores que 

[95] 



JOSE PEDRO VAAELA 



nuestros productos, y si esta observación no se pre- 
senta con entera claridad al espúitu de todos, si en 
el primer momento puede creerse lo contrario, es por- 
que la importación de capitales ex^tranjeros es bastante 
para que no sólo compense los excchos de consumo, 
sino que deje un saldo crecido para aumentar el ca- 
pital existente. 

En una forma numérica es así como se presenta el 
error que nos engaña: 

Supongamos que el capital de la Nación es .... 100 

Que la producción anual es 15 

Que el capital que se importa anualmente, en la 
forma de artículos de construcción, mercade- 
rías, metálico, etc., y hombres, inmigrantes, 
sea igual a la producción o 15 

Tendremos un total bruto de 130 

Ahora supongamos que los consumos se divi- 
den de este modo: 

Consumos propios de las clases laboriosas .... 10 
Consumo de las clases parásita«i, deducido ya 

en el cálculo de la producción anual, como par- 
te del costo, o lo que es lo mismo, parte paga- 
da en impuestos y contiibuciones 3 

Saldo del consumo de las cldses parásitas, o en 
otras palabras, déficits de los presupuestos.^ 7 

Tendremos un consumo total de 20 

1. A primera vista puede creerse absurdo establecer que, 
en los presupuestos, el déficit es mj& que el doble de los 
recursos, pero no es dsi, st se tiene en cuenta que en los 
presupuestos no figuran más que los mtereáes y amortización 
de las deudas y empréstitos, mientras que nosotrob calculá- 
mos lo que a cada año corresponde como si iAS deuddS S9 
pagaran en totalidad. 



[96] 



LA LEGISLACION ESCOLAR 



El capjtal existente habrá aumentado en diez, y, sin 
embargo, los consumos habián excedido a los pro- 
ductos en cinco. 

El otro engaño se produce del siguiente modo. Los 
de las clases laboriosas y los que se pagan como costo 
de producción se cuentan como consumos verdaderos, 
pero no se cuenta como tal el saldo, porque no se 
paga actualmente, sino que se da por él un titulo de 
Deuda, pagadera en el porvenir. 

Ahora bien: un año tras otro venimos haciendo 
siempre lo mismo, y al formar nuestro balance lo ha* 



cemos del modo siguiente: 

Capital en otras formas 110 

» > Deudas públicas 7 

» importado 20 

Producto en el año 16 

Monto total bruto 153 

CONSUMOS 

De las clases laboriosas 11 

» » » parásitas, por impuestos ... 4 15 

Capital total que resta 138 



Se ha hecho figurar como capital existente el valor 
de las Deudas públicas, que representan capital con- 
sumido ya, y no se ha hecho figurar para nada un 
consumo de ocho tal vez, que se ha hecho efectivo por 
medio del préstamo. 



JOSE PEDRO VARELA 



£1 balance verdadero sería este: 

Capital primitivo 110 

> importado 20 

Producción en el año 16 

Monto bruto 146 

CONSUMOS 

De las clases laboriosas 11 

» » » parásitas, por impuestos ... 4 

» » » » » préstamo .... 8 23 

Capital que resta , . . 123 



Deduciendo de esto lo que corresponde al capital 
importado en el l'' y 2° años, es decir, 15 y 20, ten- 
dríamos que en realidad habríamos consumido doce del 
capital primitivo y que éste se hallaba reducido a 88. 

En definitiva, y descarnándola, la cuestión se redu- 
ce a esto: Hay una gran masa de nuestra población 
que, patrocinada por el Estado, vive, sin prestar ser- 
vicio alguno, a expensas de las clases laboriosas, que 
pagan actualmente una parte de sus consumos, y que 
garanten el pago en el porvenir al capital extranjero 
que se recibe en préstamo para pagar el saldo. 

Así, la imitación de los gustos, los placeres y las cos- 
tumbres de las sociedades más adelantadas y más ricas, 
sin imitar a la vez su potencia productora y sus hábi- 
tos de trabajo y de industria, ha producido entre no- 
sotros una desproporción constante entre las aspira- 
ciones y los medios. De ahí ha resultado, como natu- 
ral e ineludible consecuencia, xm exceso de consumos 

[»1 



LA LEGISLACION ESCOLAR 



que nos conserva en estado de crisis permanente, cada 

vez más grave. Seguimos a pasos rápidos el camino 
del Hijo Pródigo: en la vida individual, al menos, 
todos sabemos a dónde conduce ese camino, y es ne- 
cesario que empecemos a convencernos de que las na- 
ciones se arruinan o se enriquecen por los mismos 
medios de que se valen los individuos de que son for- 
madas. 

Si esto es exacto, la solución radical del problema 
de la actualidad económica de la República se reduce 
a esto: producir más o consumir menos; o hacer lo>^ 
dos cosas a la vez, es decir, producir más y consumir 
menos. Todo lo que no vaya a parar a ese resaltado 
podrá velar temporalmente la realidad, halagar en el 
primer momento y satisfacer a los impacientes; pero 
dejará subsistentes las causas generadoras del mal, y 
éste continuará su obra de desesperación y de ruina. 

CAPITULO IV 
Causas de la crisis política 

Ninguna cuestión ha sido más debatida entre nO" 
sotros que la cuestión política, pero en ninguna se 
han extraviado más las opiniones y se ha usado de 
menos imparcialidad. Cuando uno realiza un grande 
esfuerzo sobre sí mismo para desligarse de las in- 
fluencias que lo dominan habitualmente y extravían 
su criterio, compréndese sin dificultad que no hay 
por qué sorprenderse de esa falta de imparcialidad y 
de ese error en las opiniones. 

Por la misma rayón de que se complican a lo infi- 
nito y de que nos interesan siempre más o menos di- 



[09] 



JOSE FEIXRO VABELA 



rectamente, las cnestiones políticas provocan la acción 
de las pasiones, de manera que en todos nuestros jui- 
cios políticos interviene en grande escala el sentimien* 
to, aun en los que menos infinenciados por él nos 
creemos. Por otra parte, entre nosotros es sólo la 
prensa diaria la que dilucida las cuestiones políticas, 
y por causas fáciles de comprender, que se agravan 
por nuestro estado social, las considera siempre desde 
un punto de vista relativamente estrecho, puesto que 
no sólo toma en cuenta lo que eUa conceptúa la ver- 
dad, sino también la manera con que esa verdad se 
armoniza con los intereses de partido. Todos, aun los 
que más egoístas son considerados, tienen entre noso* 
tros algo de políticos, es decir están afiliados en éste o 
aquél de los partidos, y su espíritu influencia sus opi- 
niones. En las grandes sociedades donde el fecundo 
principio de la división del trabajo se aplica a todo, 
aun al estudio de las cuestiones que más interesan a 
la organización social, déjanse oír por intervalos vo- 
ces imparcidles que juzgan las cuestiones políticas des- 
de un punto de vista bastante elevado para que no 
lleguen hasta él las influencias de partido. Dedicados 
constantemente al estudio, los sabios en Europa y aun 
en Estados Unidos conservan bastante tranquilidad de 
espíritu e independencia de acción, para que no turbe 
sus juicios el sentimiento individual o la pasión de 
partido. No sucede lo mismo entre nosotros; la pasión 
o el sentimiento de partido alcanza a todos por la 
misma razón de que la sociedad es reducida y de que 
las luchas políticas son ardientes; así vemos a menu- 
do los juicios más erróneos formulados por hombres 
ilustrados y de elevado espíritu, y rechazadas y con- 
denadas por todos las verdades más evidentes para los 
espíritus imparciales. 



[1001 



LA LEGISLACION' ESCOLAR 



Vamog a tratar, sin embargo, de liacer un gran es- 
fuerzo para libertar nuestro espíritu de toda influencia 
del momento, elevándonos a bastante altura para que 
no turben la serenidad de nuestras observaciones los 
acontecimientos^ ni las pasiones, ni las dificultades de 
actualidad. 

La crisis política como la crisis económica, ha lle- 
gado a un grado de extraordinaria intensidad en los 
momentos actuales, por causas transitorias que han 
contribuido y contribuyen a agravarla, pero cuya des- 
aparición no haría desaparecer la crisis misma. El es- 
tudio de las causas anormales y pasajeras, y los me- 
dios de combatirlas, lo dejamos a otros: nosotros va- 
raos a concretamos al estudio de las causas permanen- 
tes, de aquellas que están obrando constantemente des- 
de hace largo tiempo y que continuarán obrando 
mientras no se las destiuya, cualesquiera que sea los 
cambios superficiales que puedan produciré. 

Iras formas de gobierno van haciéndose más compli- 
cadas en su mecanismo a medida que se perfeccionan, 
exigiendo a la vez más conocimientos y mayor des- 
arrollo en todos los miembros de la comunidad. 

Por una parte la esfera de acción legítima del indi- 
viduo se extiende cada vez más b'mitándose la acción 
de la sociedad: por la otra la representación del poder 
público se divide mis y más, y más y más va hacién- 
dose responsable al funcionario; lo que quiere decir 
que se les trazan menos estrictamente sus deberes, y se 
dejan más eventualidades libiadas a su criterio res- 
ponsable. En la sociedad primitiva la fuerza bruta es 
la única que regula la conducta de los hombres: el jefe 
dispone a su antojo de la vida y la propiedad de sus 
subditos, al menos hasta donde alcanza su poder. A 
medida que la sociedad ¡progresa y se transforma, esas 



[101 3 



JOSE n¡DRO VARELA 



facultades absolutas del jefe supremo van limitándose; 
al llegar a cierto grado empieza a aplicarse al gobier- 
no de la sociedad el principio de la división del traba- 
jo; el que legisla no es, como antes, el mismo que 
hace cumplir las leyes, ni tampoco el que decide en 
los casos dudosos De esa manera la autoridad, que 
primitivamente hallábase concentrada en un individuo 
y que sucesivamente ha ido extendiéndose a una fami- 
lia, después a unos pocos y por último a todos, la au- 
toridad se complica en su ejercicio, en sus atribucio- 
nes, y en sus formas: conocerla es difícil: ejercerla es 
más difícil aún. Cuando estalló el año 38 la revolución 
que hizo el general Rivera al Presidente Oribe, pre- 
guntaba una persona que se hallaba en una estancia 
en el Río Negro a un paisano que acababa de llegar: 
«¿Qué se dice de la guerra? No sé, señor, contestó; 
pero he oído que el Presidente Oribe se ha sublevao 
contra el general Rivera». Así, para él, el jefe nato de 
la República era el general Rivera, de manera que en 
el caso de lucha el sublevao debía ser otro, aunque 
ese otro fuera el Presidente de la República. Este hecho 
ilustra bien la necesidad de tener cieitoa conocimien- 
tos, aun para saber dónde reside la autoridad. ¡ Cuánto 
más necesarios no serán esos conociniienlog para usar 
de la parte que llega a cada uno en esa autoridad que 
se delega! 

Ahoia bien: cuanto más complicada es una máqui- 
na cualquiera, tanto más difícil es que consiga mane- 
jarla bien el obrero ignorante: el más pequeño error 
puede entorpecer la marcha regular; el colocar una 
pequeña pieza fuera de su lugar puede ser causa de 
que todo el maqumismo deje de funcionar o funcione 
mal Con mayor razón sucederá lo mismo tratándose 
del maquinismo social, tanto más complicado cuanto 



[102] 



LA. LEGISLACION ESCOLAS 



que no sólo son muchas y muy variadas las piezas que 
lo componen, &ino que esas piezas tienen la propiedad 
de modificarse y transformarse casi al infinito. 

Tomemos, por ejemplo, para ilustrar esta verdad, la 
elección de Representantes que cada tres años se re- 
produce entre nosotros, y veamos la suma de conoci- 
mientos que demanda ese solo acto de organización 
política, y la manera cómo puede viciarse fácilmente 
con sólo alterar algún detalle en la apariencia insigni- 
ficante. Observemos primero al ciudadano: éste nece- 
sita conocer su derecho (el derecho que le reconocen 
las leyes del país) y la manera de defenderlo para im- 
pedir que se le prive de él: necesita saber que el dere- 
cho de los demás ciudadanos, es igual al suyo, para 
comprender que comete un abuso siempre que realiza 
un acto que si fuera realizado por otro atacaría su de- 
recho. Supongamos que lo conoce y que la inscripción 
en el Registro Cívico se realiza legalmente: necesita 
en seguida tener criterio bastante para elegir primero 
al Teniente Alcalde, lomando en cuenta la doble fun- 
ción que va a ser desempeñada por éste, como autori- 
dad judicial inferior y como elector de Juez de Paz: 
si elige mal, es probable que sea mala la elección del 
Juez de Paz, que éste patrocine o tolere los fraudes 
en el Registro y que, en consecuencia, se falsee por 
completo la voluntad de los electores legítimos. Su- 
pongamos, sin embargo, que elige bien y que el Juez 
de Paz, que es elegido por los Tenientes Alcaldes de 
la sección, cumple con su deber. Llega la elección de 
Alcalde Ordinario, y el ciudadano necesita tener ideas 
de lo que es la importancia relativa de las funciones 
que ha de desempeñar, para elegir a un ciudadano que 
reúna rectitud y capacidad bastante para ser Juez in- 
ferior, y a la vez rectitud política para cumplir fiel- 



[103] 



JOSE PEDRO VARELA 



mente con los deberes políticos de su cargo. Si el Al- 
calde Ordinario, no es recto, podrá privar a muchos 
dp su propiedad, amparando el abuso y el mal; si no 

es ilustrado, tendrá que fallar sin criterio por ignoran- 
cid, o que seguir inspiraciones ajenas, gravando al li- 
tigante y estando a cada paso expue&to a ser inducido 
en error por falta de saber; por último, si le falta 
rectitud política podrá contribuir a que se falsee el 
resultado de las elecciones populdres en favor de los 
candidatos sostenidos por su partido. Supongamos, 
sin embargo, que el Alcalde Ordinario cumple fielmen- 
te con sus deberes; el ciudadano necesita tener criterio 
bastante para elegir entre &us conciudadanos aquellos 
que puedan representar y soistener con más fidelidad 
las ideas y las doctrinas que él mismo profesa, a lo 
menos sobre las cuestiones primordiales que puedan 
afectar al país, es decir, que necesita antes de elegir 
quien lo represente, darse cuenta de lo que él mismo 
haría, si le fuese dado resolver por sí. Si no lo liace, 
si el ciudadano elige quien lo represente sin tener él 
mismo opiniones formadas, las instituciones democrá- 
ticas se desnaturalizan, por su base, suplantando el go- 
bierno de todos (que se cree sea el gobierno del buen 
sentido) por el gobici-no de unos pocos, hábiles, auda- 
ces -O cínicos, apo) ados en millares de voluntades in- 
conscientes. ¿Qué debe esperarse que resulte en reali- 
dad, cuando el ciudadano elige al acaso, dejándose 
guiar, no por &us opiniones, sobre las cuestiones prin- 
cipales que afectan al país, sino por las simpatías que 
le inspiran ésta^ o aquellas personalidades: simpatías 
que reconozcan su origen, no en comunidad de ideas y 
de aspiraciones, sino en esas afinidades del sentimien- 
to difíciles de explicar en todos los casos, y más aún 
en las cuestiones políticas, pero no por eso menos cie- 



E104J 



LA LSGISLACION ESCOLAR 



gas? La composición de los cuerpos legisladores se 
altera de ese modo, no sólo con todos aquellos que 
van persiguiendo propósitos personales o deshonestos, 
sino aun con todos aquellos que habiendo sido electos 
sin contraer compromiso, tácito ni expreso, alguno, 
créense libres de hacer predominar sus opiniones, si 
les es posible, en el seno de las Asambleas, aun cuando 
esas opiniones sean contrarias a las ideas y a los sen- 
timientos generales del país. De esto último es que re- 
sulta el divorcio que se observa a menudo entre noso- 
tros, entre la legislación positiva y las costumbres pú- 
blicas, lo que hace la legislación tiránica o aparente — 
tiránica cuando se cumple contrariando las costum- 
bres y las tendencias sociales — aparente cuando no se 
cumple, a pesar de estar en vigencia, por ser inaplica- 
ble. 

Si nos detuviéramos a observar ahora la educación 
que demanda el desempeño de las funciones públicas, 
aun de las más inferiores, a medida que por más per- 
fecta es más complicada la organización política, ve- 
ríamos que es racionalmente un absurdo esperar que 
el gobierno democrático pueda funcionar regularmen- 
te con una población ignorante. No creemos necesario 
formular una demostración semejante porque la con- 
ceptuamos de una evidencia que se impone por si sola. 
¿Podrá tener la misión de velar por la seguridad de 
todos, quien no sepa en qué consiste esa seguridad? 
¿Podrá garantir a todos el goce de su derecho, quien 
no conozca cuál es el derecho de cada uno? ¿Podrá 
impedir que se me despoje de mi propiedad, quien 
ignora en qué consiste la propiedad y cómo se reco- 
noce? 

Sin temor de equivocarse se puede establecer, pues, 
esta proposición: Un pueblo ignorante no puede tener 



[105] 



JOSE P£DEtO VARELA. 



sino gobiernos que estén en relación con su ignoran- 
cia, cualquiera que sea la forma política que haya 
adoptado; y las dificultades se harán cada vez mayores 
a medida que se aumente la distancia que separe la 
perfección de la forma política, del estado de ignoran- 
cia general del país. Un hombre ignorante encontrará 
grandes dificultades si se le pone a manejar una máqui- 
na de segar: pero indudablemente, si se le pone a diri- 
gir la máquina de un vapor es probable que la haga sal- 
tar antes de haberla puesto en movimiento: y la razón 
es sencilla, puesto que a medida que la máquina se com- 
plica, su comprensión y la habilidad de manejarla 
exige mayor suma de conocimientos. Sucede lo mismo 
con la organización política. La ignorancia popular 
ofrece graves inconvenientes bajo una forma de go- 
bierno autocrática; pero esos inconvenientes se au- 
mentan en proporción enorme cuando es la forma de- 
mocrático-republicana la que se adopta. En cualquier 
esfera toda causa es seguida de un efecto correspon- 
diente, y la organización política no escapa a esa ley 
general e invariable. Si la ignorancia es causa de una 
organización política defectuosa, y si toda organiza- 
ción política perfeccionada demanda para funcionar 
regularmente un grado de ilustración correspondiente 
en la sociedad, podemos concluir que es exacta la ob- 
servación que hemos formulado, y que todo pueblo 
ignorante está sujeto a ser mal gobernado. 

Ahora bien: como lo dejamos demostrado en el ca- 
pítulo XII de este libro, no se educan actualmente en 
la República más que 18 a 20.000 niños, permanecien- 
do en una completa ignorancia 60 a 80.000 más. Los 
progresos en la instrucción, así pública como privada, 
se han realizado principalmente en los últimos quince 
años. En 1851 educábanse en Montevideo nada más 



C106] 



LA LEGISLACION ESCOLAR 



que 1.600 niños, y. según los datos suministrados por 
las Juntas Económico Administrativas poco después, 
era menor aún el de aquéllos que se educaban en la 
campaña. Exageramos, pues, si fijamos en 3.000 el 
número de niños que recibieron educación en 1851-52: 
la población era aproximadamente de 150.000 habi- 
tantes, es decir, que se educaba entonces un niño por 
cada 50 habitantes, mientras que se educa hoy uno 
por cada 26. Además, dice Jules Simón hablando de 
la Francia, y podría deciise lo mismo entre nosotros: 
.«Notemos que la estadística de las escuelas no da más 
que un cuarto de iletrados, menos de un millón en los 
cuatro millones de niños, y que la estadística del re- 
clutamiento militar da una tercera parte; teníamos, 
pues, razón para decir que un gran número de niños 
no aprende nada en la escuela, y que muchos otros 
olvidan lo que han aprendido». ^ 

El progreso que se realiza en la República para lle- 
gar de 1 niño en 50 (fue se educaba en 1851, a 1 en 26 
que se educa ahora, no se hace sentir activamente 
sino en los últimos diez años: teniendo esto en cuenta, 
y además, las observaciones de Mr. Simón que acaba- 
mos de citar, no creemos exagerar en lo más mínimo 
si calculamos que de las generaciones que se educa- 
ron hace 15 y 20 años, y que en consecuencia ocupan 
ahora la escena política y social, sólo han recibido 
educación 1 en cada 40 ó 1 en cada 50. ^ 



1 De l'instniction et des hibltothéQttes populaires, por Ju< 
Ies Simón. 

2 Son éstas, cifras que pueden parecer exageradas y que 
estamos seguros han de sorprender a más de uno; pero cual- 
quiera puede verificarlas en las fuentes en que las hemos 
bebido, buscando en la colección del Comeicto del Plata de 
los años SO a 54 los informes presentados a la sala de Doc- 
toies por el Rector de la Universidad doctor don Manuel 
Herrera y ObM, el Informa presentado al Instituto de Ins- 

[1071 



8 



JOSB PSDBO VAHBLA 



Pero no sólo la escuela instruye y educa, educa 
e instruye también el ejemplo que se presenta a nues- 
tra vista; y esa enseñanza del ejemplo obra con tanta 
más intensidad cuanto es mayor la ignorancia del 
que la sigue. Así los niños en la primera edad es prin- 
cipalmente por medio del aspecto que adquieren las 
primeras nociones de las cosas. 

Conocemos el estado de nuestro país con respecto a 
la cultura que en la escuela se aprende, y con la simple 
exposición de las revoluciones sucesivas que lia habido 
desde que nos hicimos independientes, y que hemos 
enunciado en el capítulo II, sabemos también cuáles 
son los ejemplos políticos que han ido sirviendo de 
escuela a las generaciones quo ocupan actualmente el 
escenario, a medida que llegaban a él. Nuestra orga- 
nización política, sin embargo, con su complicado me* 
canismo, con su multiplicidad de funciones y de fun- 
cionarios, supone una población ilustrada, y educada 
en la práctica de laa instituciones democráticas, de 
manera que de aquella realidad y de esta suposición 
resulta que vivimos en un engaño y una mentira per- 
manente. Una cosa dicen las leyes y otra los hechos: 
a menudo las palabras son bellas y los actos malos, 
y a menudo también la mentira oficial no es ni más 
audaz .ni más evidente que la mentira de los partidos 
que se hallan fuera del poder. 

Es, pues, el desacuerdo que existe entre la ignoran- 
cia de la masa popular, y las instituciones políticas que 
aparentemente nos rigen^ la causa eficiente de la cons- 



trucción Pública por el doctor don José G. Falomeque, des- 
pués de un viaje a los depai tamentos con el objeto de visitar 
Jas escuelas, y las actas de las sesiones de las Juntas Econó- 
mico-Administrativas durante el viaje por los Departamentos, 
del Presidente de la República don Juan Francisco Giró. 



[108] 



LA LEGISLACION ESCOLAR 



tante crisis política en que vivimos ; cómo se perpetua 
esa ignorancia y por qué son relativamente insignifi- 
cantes los progresos, que con respecto a la cultura 
general se han operado, se explica por las tendencias 
políticas que dirigen nuestra sociedad^ por las influen- 
cias que la gobiernan y aun por las fuentes donde los 
elementos ilustrados del país van a beber sus inspira- 
ciones. De tiempo atrás nuestros males hanse atribuido 
por unos a lo que se ha dado en llamar el caudillaje 
de la República, mientras que se atribuían por otros 
a lo que se ha dado en llamar también los Doctores. 
Para los que participan de la primera opinión, todo 
el mal está en los caudillos: no ven o no quieren ver 
que los caudillos son efecto, pero no causa de un estado 
social. Para los que sostienen la segunda de esas ideas, 
el mal está en los principios y las doctrinas, y como 
hacen sinónimo de doctor y hombre de principios, el 
mal está en los doctores ; no ven o no pueden ver que 
sin principios y doctiinas no es posible gobernar a 
una sociedad cualquiera, pero sin que de ahí resulte 
que todos los principios que se pioclamen sean exac- 
tos, ni que todas las doctrinas sean verdaderas. 

Sin embargo, si observamos estas dos opiniones, al 
parecer encontradas, veremos que tienen muchos pun- 
tos de contacto y que surgen de tendencias y de ideas 
que son, sustancialmente, las mismas. 

El caudillaje es en realidad la forma de gobierno 
primitivo que se adapta al estado social de nuestra 
campaña. Después de dormir tres siglos bajo la mano 
de hierro de la monarquía española, nuestras desgra- 
ciadas poblaciones sudamericanas, se despiertan un 
día al sonido del clarín que las convoca a la guerra. 
¿Por qué? Por la independencia: [seal la indepen- 
dencia es algo que todos, aun los más ignorantes. 



[109] 



JOSE PEDHO VARIELA 



pueden comprender, puesto que todo se reduce a echar 
fuera del país a los españoles. Más tai de. la lucha 
vuelve a reproducirse en la República Oriental para 
echar fuera, no ya a los españoles, &ino a los portu- 
gueses que se habían apoderado del paí?, y esa lucha 
da por resultado la independencia absoluta de la Re- 
pública, y su constitución adoptando la forma demo- 
crático-republícana. Una de las primeras ilustraciones 
de aquella época, el miembro informante de la Comi- 
sión nombrada para formular la Constitución, decía, 
al presentarla para su sanción a la Asamblea Constitu- 
yente, que <no les había sido posible realizar un tra- 
bajo tan acabado como desearan por falta de libros y 
aun de un periódico en el que se discutieran pública- 
mente las principales cuestiones que con la organiza- 
ción constitucional se rozan». Si esto sucedía a los 
miembros más ilustrados de la Asamblea Constituyente, 
¿qué sucedería al pueblo de la República? ¿Dónde 
habría aprendido a conocer y apreciar las institucio- 
nes democráticas? ¿Bajo el gobierno español? La mo- 
narquía absoluta pesaba sobre la España y su peso 
se agravaba en sus colonias de América, haciendo del 
régimen político que en ellas regía la peor escuela que 
imagmarse pudiera para las futuras repúblicas. ¿Sería 
durante la guerra de la independencia? En ninguna 
parte son los campamentos lugar de aprendizaje para 
conocer las instituciones democráticas. Así, el pueblo 
Oriental (se puede decir sin miedo de padecer error) 
juró su constitución el año 30, no ya sin saber lo que 
juraba, pero aún sin saber lo qué era una constitu- 
ción política. Hay que aceptar esta verdad a menos 
de suponer que intuitivamente lo había adivinado. No 
es, pues, raro que el año 32, dos años más taide, el 
g^eral Lavalleja, el jefe de la lucha contra los ¿ra- 



[110] 



LA I^EGISLACIOH ESCOLAR 



sileños, se sublevara contra el Presidente de la Repú- 
blica, contra el jefe más prestigioso del país que ha- 
bía sido elevado a la primera magistratura. Pese a la 
constitución jurada, el pueblo Oriental, la colonia de 
ayer, después de echar a los reyes españoles, buscaba 
cómo suplantarlos con los caudillos orientales. No 
porque se le haga jurar una constitución se hace un 
pueblo democrático, ni adquiere hábitos de gobierno 
propio. 

Hemos visto que más tarde, durante la vida indepen- 
diente, no ha tenido la gran masa de nuestra pobla- 
ción dónde ilustrarse con respecto a la organización 
complicada que nuestra constitución establece, ni dón- 
de adquirir hábitos republicanos. Por eso, la colonia, 
o más bien el espíritu de gobierno autocrático que 
dominaba a nuestras poblaciones antes de la indepen- 
dencia, se ha ido conservando y se conserva vivo aún, 
a pesar de nuestro desarrollo y de nuestros progresos. 
En él encuentran su fuerza nuestros caudillos; el pai- 
sano cuando quiere obtener algo o cuando necesita 
que lo protejan, no recuerda la constitución, ni las 
leyes, ni las autoridades, sino al caudillo a quien sigue 
en las épocas de guerra: y éste, si se halla en el poder, 
sigue sus inspiraciones personales, sin preocuparse de 
averiguar lo qué dicen todos esos montones de libros 
en los que se exponen y se aclaran las doctrinas de 
gobierno. 

A pesar de esto, la influencia del contacto con los 
centros de civilización más adelantados, se ha hecho 
sentir también, como en la vida económica, en la vida 
política: y el caudillo ha ido dorando y encubriendo 
cada vez más la rudeza de sus procederes en el go- 
bierno. Es al llegar a este punto que se engrana en el 
rodaje de los caudillos lo que se llama entre nosotros 



Ellll 



JOSE PEDRO VARELA 



los Doctores. Es decir, que una instrucción, extraviada 
por falsos principios, se une a la ignorancia secular 
de nuestras campañas paia continuar la obra de núes- 
tras interminables desgracias; tanto más sensibles, 
cuanto que ni los caudillos, ni los doctores, como cla- 
ses, obran con el propósito de mal proceder, sino, al 
contrario, respondiendo a sentimientos patrióticos, pe- 
ro extraviados. Un doble esfuerzo es necesario reali- 
zar, pues, para destruir las caucas fundamentales de 
nuestra crisis política; el uno para destruir la ignoran- 
cia de las campañas y de las capas inferiores de la so- 
ciedad; el otro para destruir el error que Halla su cuna 
en la Universidad y que arrastra en pos de sí a las cía- 
ses ilustradas, que intervienen directamente en la cosa 
pública. 

Es el espíritu de la Universidad, predominante en 
una gran parte de las clases ilustradas de la sociedad, 
el que ha compartido con las influencias que recono- 
cen su origen en la ignorancia de nuestras campañas, 
la dirección de los negocios públicos en el país. Aun- 
que muy escasos en número, relativamente al total de 
la población, los que han hecho estudios y adquirido 
títulos universitarios, han obtenido una grande in< 
fluencia en la dirección general de la sociedad, así 
como por los privilegios de que gozan, como por ser 
la Universidad el único centro de cultura intelectual 
supeiior que hay en la República. Las leyes que nos 
rigen han sido dictadas por los que ae sentían anima- 
dos por el espíritu de la Universidad: toda nuestra 
organización política se ha vaciado en moldes prepa- 
rados por ellos; se han reservado para sí el campo de 
las ideas, y los triunfos efímeros de amor propio, es- 
tableciendo un divorcio inadmisible entre la teoría y 
la práctica, y dejando a los elementos que representan 



[112] 



LA LEGISLACION ESCOLAR 



las influencias de campaña, la dirección real y el go* 
biemo de los hechos reales. Si recorremos las páginas 
de nuestra corta historia, y recordamos lo que perso- 
nalmente hemos podido obsen'ar, veremos que es el 
espíritu de la Universidad el que, desde nuestra eman- 
cip ación j ha llevado la voz y tenido la dirección, apa- 
rente al menos, en la prensa, en las asambleas, en los 
consejos de gobierno, en todas partes. Los pomposos 
programas revolucionarios de los caudillos, los decre- 
tos firmados por esos mismos caudillos, las leyes pues- 
tas en vigencia por dictaduras militares más o menos 
disfrazadas, y toda la decoración civilizada con que 
se cubren entre nosotros aun los actos oficiales que 
menos civilización revelan, han sido y son aún obra 
de los que recibieron su espíritu y su ilustración en 
las bancas universitarias. Hace veinte años, con moti- 
vo de no recordamos qué discusión que se había pro- 
vocado en las Cámaras, en la que algunos graduados 
habían hecho gala de dotes oratorias, decía un repre- 
sentante apaisanado, que estaba en contra de ellos, a 
otro de sus colegas: «Déjelos hablar, amigo, si a sen- 
tadas los hemos de correr». ^ Es eso lo que está suce- 
diendo a las clases ilustradas de la sociedad desde que 
nos hicimos independientes: ellas son las que hablan, 
las que formulan las leyes, las que cubren de dorados 
la realidad, las que ocupan la administración de justi- 
cia: pero son las influencias de campaña las que go- 
biernan. ¿Cómo podría explicarse ese fenómeno si no 
fuera porque el espíritu universitario encuentra acep- 
table ese orden de cosas, en el que reservándose gran- 
des privilegios y proporcionándose triunfos de amor 



1 En las Cámaras orientales se vota poniéndose de pie los 
que están por la afirmativa y permaneciendo sentados los que 
están por la negativa. 



[113] 



JOSE PEDRO VAHELA 



propio, que conceptúa grandes victorias, deja entre- 
gado el resto de la sociedad al gobierno arbitrario de 

influencias retrógradas? 

Por más evidente que pueda parecer esta verdad 
para aquellos que tienen su espíritu libre de las in- 
fluencias universitarias, necesario es, sin embargo, apo- 
yarla en sólidos argumentos para tratar de combatir 
los errores preilominantes en el espíritu de las clases 
ilustradas. La Universidad, con sus piivilegios, es la 
única institución de cultura superior que hemos teni- 
do, y tenemos; no hay por qué sorprenderse, pues, de 
que las ideas dominantes en ella se hayan esparcido 
en la sociedad entera, y de que aean necesarios gran- 
des esfuerzos para demostrar su íalsedad. 

El error no es peculiar de la Universidad de la Re- 
pública, sino de todas las Universidades privilegiadas. 
Veanups lo que dice a ese respecto Courcelle Scneuil, 
hablando de la enseñanza profesional en Francia, que 
es la nación que nos ha serv^ido de tipo para la orga- 
ni?acióa de nuestra Universidad, y en la que esta ha 
bebido sus ideas filosóficas y políticas. 

«Nuestro sistema actual de enseñanza secundaria, 
dice, ^ fundado en las tradiciones de la Edad Media, 
está en contradicción absoluta con los principios de la 
sociedad moderna en su conjunto y en sus detalles. Es 
injusto que los contribuyentes paguen los gastos de esa 
inptiucción, injusto que sea dada en condiciones des- 
iguales, injusto que se conceda un privilegio a loa que 
la han recibido, admitiéndolos con exclusión de todos 
los demás en un gran número de funciones. En fin, lo 
que es peor aún, el curso de estudios de esa enseñanza 



1. L'Béritagc de ta Révolutton, por J. C Courcelle Seneull, 
París, 1B74. 



[114] 



LA LEGISLACION ESCOLAR 



es malo y ejerce en el espíritu de los jóvenes una de- 
plorable influencia. 

«Cada uno de nuestros establecimientos de instruc- 
ción secundaria es un conservatorio de las ideas y del 
espíritu de la antigüedad clásica, por medio de las 
cuales se han destruido las instituciones de la Edad 
Media, pero que no son, sin embargo, menos contrarias 
a las de la sociedad moderna, que las mismas de la 
Edad Media. Los que enseñan, enceguecidos por la 
riitinaj no sospechan esta verdad evidente para todo 
el que ha vivido y reflexionado un poco: se creen muy 
avanzados en la vía del progreso, porque reprueban 
las ideas y los sentimientc» de la sociedad feudal: nos 
persuaden de que toda iniciativa parte y debe partir 
del gobierno: que la libertad política consiste, cuando 
más, en elegir los magistrados y en discurrir sobre sus 
actos por inspiración: que un legislador puede modelar 
y transformar la sociedad con un decreto, que, una 
vez aceptado, hace la desgracia o la felicidad de loa 
ciudadanos: que la política no es una ciencia de ob- 
servación larga y penosa para estudiar, sino una cues- 
tión de sentimiento : que las cuestiones más altas y com- 
plicadas que ella subleva pueden ser comprendidas, dis- 
cutidas y resueltas, muy pertinentemente por los pro- 
fesores y los escolares, que toman de ellas sus temas 
para ejercicios literarios, y juzgan de todo sin trabajo, 
con facilidad, jugando; en fin, que hay dos clases en 
la sociedad, la de los hombres favorecidos por una 
educación liberal, destinados a mandar, y la de los 
hombres que no la han recibido, destinados a obe- 
decer. 

«Si se resume esta enseñanza, ai se la juzga por sus 
resultados, se ve que se reduce a la presunción, a la 
sofistería, al vano palabreo, al disgusto de las letras 



[115] 



JOSE PXDRO VABBLA 



y de las ciencias; que inspira pretensiones muy eleva* 
das sin dar ningún medio de desempeñar conveniente* 
mente ningún empleo útil. 

«Considerad los hombres de las profesiones libera- 
les, aquellos que clasifica la posesión de un diploma 
de bachiller en letras, profesores, jueces, abogados, li- 
teratos de toda clase, a los que pueden unirse los sa- 
cerdotes; ¿no son, tomados en masa, los más extraños 
y aun los más hostiles a las ideas modernas de digni- 
dad del trabajo, de libertad personal, y de igualdad 
moral de todas las funciones? ¿No es por ellos que 
vive la deplorable distinción de las profesiones libe- 
rales y de las profesiones que no lo son? Y esa dis- 
tinción, ¿ no es uno de los más grandes obstáculos que 
encuentra el progreso? Sí: sin duda. Aquellos de entre 
ellos que se creen más avanzados, ven en las sociedades 
actuales, las luchas antiguas de patricios y plebeyos, 
lunhas que por otra parte conocen poco en sus causas 
y su carácter; para ellos, como para los antiguos, la 
vida de las sociedades no es más que un juego del azar 
o de la fortuna, la guerra una necesidad imprescindi- 
ble, los excesos del poder un accidente inevitable: ro- 
manizan sin cesar, y resisten obstinadamente a los pro- 
gresos de la civilización. 

«Es necesario, para darse cuenta exacta del mal pro- 
ducido por la educación clásica, ver hasta qué punto 
las ideas que ella inspira, perjudican al que la ha reci- 
bido, cuando aborda las profesiones libres de la agri* 
cultura, del comercio, o la industria y quiere mezclarse 
a la vida general. Lo mejoi que puede hacer es olvi- 
dar pronto todo lo que ha aprendido en el colegio, 
para aprender otra cosa, y reconocer que el mundo 
real es bien diferente del que había imaginado. Ha 
perdido tiampo en aprender y lo pierde en olvidar y 



[116 3 



LA UÍ6I9LACI01T ESCOLAB 



borrar; comprende más difícilmente todo lo que tiene 
necesidad de saber sobre las relaciones libres del cam- 
bio, porque las ideas y los sentimientos de colegio le 
resisten y le oponen obstáculo. Aunque la experiencia 
las refute y la razón las repruebe, hay algunas que no 
se borran jamás, aun en aquellos que más ban traba- 
jado para deshacerse de ellas y que más han vivido de 
la vida moderna. 

«Como la teoría de la sociedad nueva no nos es en» 
señada en ninguna parte, nos vemos obligados a apren- 
derla en un empirismo fatigoso y poco ilustrado: así, 
la aprendemos Ids más de las veces muy mal y de una 
manera muy impeifecla. Es necesario mucho estudio, 
mur-ho trabajo, y en consecuencia mucho descanso, pa» 
ra coordinar nociones sacadas de la práctica corriente y 
hacer de ellas un cuerpo de doctrina. La mayor parte 
de los hombres no tienen ni tiempo, ni gusto paia de> 
dicarse a ese e!»tudio. Se contentan con nociones in- 
completas y erróneas y se dejan ir con la corriente, 
profesando siempre sobre las relaciones sociales lo que 
han aprendido en el colegio, sin que crean una pala- 
bra de ello. De ahí, lo que se llama la hipocresía de 
nuestras ideas y de nuestras costumbres, es simplemente 
inconsecuencia. 

«El deplorable curso de estudios de nuestros colegios 
podría haber sido mejorado y reformado si no hubie- 
ra sido mantenido por la influencia reglamentaria y 
todopoderosa del Estado, y sobre todo, por un siste- 
ma de privilegios que excluye de funciones reputadas 
superiores y de la casta letrada a todos los que se ven 
privados de sus diplomas. El espíritu de casta creado 
y mantenido por nuestros e&tudios clásicos, prepara el 
establecimiento de una multitud de pequeñas corpora- 



[117] 



JOSE PEDRO VARSLA 



ciones O círculos, ávidos de privilegios y hostiles al 
derecho común. 

«En fin, a esas enormidades que sólo la rutina puede 
hacer soportar, viene a unirse una más considerable 
que las otras, la distribución de becas en los liceoa. 

«Las becas establecidas en los colegios y Universi- 
dades no eran injustas. I^s fondor eran donados por 
particulares, fundadores o bienhechores, de los esta- 
blecimientos en que estaban instituidas: podían ser, 
según los casos, inútiles o nociva;?: las nuestras son 
inútiles, nocivas y además injustas. Porque ¿con qué 
derecho y a qué titulo los niños de ciertas familias 
recibirían a costa de todos los contribuyentes y con 
exclusión de todos los otros niños la enseñanza clási- 
ca? ¿Cómo justificar ese atentado manifiesto contra 
la igualdad? 

«Se habla de familiar dignas de interés que han te- 
nido desgracias, de niños educados en una condición 
de la que les será necesario descender, de servidores 
del Estado, etc. Pero ¿qué pueden interesar a los con- 
tribuyentes esas consideraciones tomadas de las ideas 
de casta del antiguo régimen? Si todas las funciones 
están en concurrencia entre todos, las condiciones de 
igualdad son falseadas por ese privilegio establecido en 
favor de algunas familias, imprevisoras o desgraciadas. 
£1 Estado no se ocupa de las desgracias o de los con* 
tratiempos de fortuna que sufren las familias consa- 
gradas a las funciones industriales; ¿por qué «e ocu- 
paría de las desgracias y los contratiempos que alcan- 
zan a las o ti as? ¿Acaso el que se ocupa de comercio, 
de agricultura o de industria, no trabaja por la pros- 
peridad del Estado tanto como el empleado de oficina 
o el militar? ¿Acaso no desempeña él también una 
función pública? La decadencia de que se quejan las 



E118J 



LA LEGISLACION ESCOLAR 



familias que solicitan las becas, es la consecuencia di- 
recta y legitima de la libertad: no tienen derecho, en 
consecuencia, a ningún favor excepcional. 

«¿Por qué los que se Uaman servidores del Estado 
merecen de la sociedad más que los servidores de las 
funciones libres? He ahí lo que no podemos compren- 
der; sólo lo comprenden aquellos que consideran al 
funcionario público como un privilegiado, colocado 
fuera y más arriba del derecho común, que tiene dere- 
cho en todas las circunstancias a un sueldo excepcio- 
nal. 

«Cada uno sabe, por otra parte, que en la práctica 
. las consideraciones invocadas en apoyo del sistema de 
becas no son respetadas: las becas son un favor acor- 
dado a las familias acomodadas o ricas, cuando han 
obtenido de un modo u otro la buena voluntad de los 
que de ellas disponen. ^ 

«¿Hay al menos motivos para que los contribuyen- 
tes sostengan colegios en los que se dé, mediante una 
retribución, la instrucción literaria? No vemos ningún 
otro más que la rutina. Se preparan bachilleres porque 
se han preparado en los siglos pasados sin saber pre- 
cisamente para qué puedan ser útiles. 
" «¿Por qué el gobierno prepararía abogados, jueces, 
médicos, etc., cuando no prepara ni carpinteros, ni fun- 
. didores, ni labradores, ni sastres, ni cocineros? Sería 
difícil decirlo, a menos de convenir en que hay fun' 



1. Hemos conservado la parte que a la distribución de be- 
cas se refiere, porque, aun cuando el sistema de becas no c&té 
en práctica en la República a pesar de haberlo establecido 
leyes que están aún en vigencia, tenemos, sm embargo, el 
sistema de los educandos en el extranjero por cuenta de la 
Nación Y éstos son dignos de tomarse en cuenta, ya que se 
emplea al año en educar 15 ó 20 jóvenes en el extranjero más 
de lo que se destina a toda la educación pública «n vanos 
Departamentos. 



JOSE PJGDBO VABELA 



cíonea reservadas a una clase privilegiada, lo que es 
contrario a la igualdad. 

«Se ha reclamado la igualdad pidiendo que los Po- 
deres públicos dirijan y distribuyan una parte mayoi 
de enseñanza profesional. Sería simplemente extender 
el privilegio y hacerlo más opresivo para todos los 
que fueran excluid oa de él. Preferimos la igualdad por 
la supresión de toda enseñanza profesional a cargo de 
los contribuyentes, empezando por los liceos, las Fa- 
cultades de Derecho y de Medicina, las escuelas de 
artes y oficios, politécnicas^ etc. . . . 



«La enseñanza profesional, cualquiera que sea, 
cuando se da a cargo de los contribuyentes, constituye 
un privilegio en favor de los que la reciben, y ese pri- 
vilegio conduce a otros, incompatibles con la igualdad 
de deiechos. La injusticia es más grande cuando ciertas 
profesiones son reservadas a loá que han seguido los 
cursos de tal o cual escuela. 

«Sin duda hay concursos de entrada y de salida, 
pero esos concursos no constituyen una garantía bien 
&eria de capacidad y no dan absolutamente ninguna 
garantía en cuanto al caiávíer y al juicio de los que 
son admitidos a ellos. Ahora bien: en todas las profe- 
siones, es el juicio y el carácter lo que constituye el 
valor de los individuos. En el concurso abierto por el 
esfuerzo del ti abajo industrial, las pruebas son conti- 
nuas: se hacen sentir a cada instante y duran toda 
la vida; ¿por qué sustraer ciertas profesiones, la de 
ingeniero, por ejemplo, a esa clase de concursos? 

«Los privilegios encolares tales como los concedidos 
por las grandes universidades, por los exámenes de las 
escuelas militar, de marina, poHtícnica, etc., extinguen 



[120] 



LA LXGISZACION ESCOLAR 



Ift curiosidad científica y todo género de emulación. 
¿Para qué estudiaría el que ya posee esos privilegios? 
¿Obtendría con estudios activos un adelanto más rá' 
pido en su carrera? Absolutamente. Aun es posible 
que sus adelantos lo perjudicaran suscitando la envi- 
dia de jefes ignorantes. En el ejército francés de 1870 
era muy mala nota para un oficial el amor de la lectu- 
ra y del estudio. Asi el mayor número no se exponía a 
ella y se dejaba ir al entorpecimiento cuyo resultado 
ha sido tan fatal a la Francia. 



«La escuela privilegiada inspira y fomenta en el al- 
ma de sus alumnos la pereza y la presunción: es decir, 
la ignorancia obstinada y suficiente. En efecto, gracias 
al privilegio y al espíritu de cuerpo que lo robustece, 
todo concurrente es separado. Una vez admitido en 
la escuela, el alumno tiene asegurada una carrera al 
precio de un trabajo mediocre: trabajar más y hacerse 
un hombre distinguido en la profesión no es un título 
asegurado para adelantar, y la ausencia completa de 
trabajo no perjudica en nada: la antigüedad, la cama- 
radería, las influencias de familia y la intriga, he ahí 
lo importante. No puede unaginarse un régimen más 
a propósito para desanimar la capacidad y animar lo 
contrario. Como ningún concurrente se presenta en 
una carrera cerrada, loa privilegiados se figuran sin 
dificultad que tienen la ciencia infusa. Separados des- 
de la adolescencia, por su entrada a la escuela, del 
resto de sus conciudadanos y aislados de la vida gene- 
ral, se impregnan profundamente con las preocupacio- 
nes profesionales y las conservan toda la vida. Es asi 
como se forma el espíritu mandarín, una de las enfer- 
medades sociales más peligrosas de todas las que exis- 



[121] 



JOSE PEDRO VARELA 



ten: es él quien mantiene a la China en la Larliarí* 
y opone en Francia los más serios obstáculos al pro- 
greso de la civilización. Puede uno convencerse de ello 
estudiando con alguna detención el carácter general 
de los alumnos de las escuelas privilegiadas, el espíritu 
de círculo estrecho y celoso que los anima, su suficien- 
cia ignorante, su desdén por el estudio, y su resistencia 
instintiva a todas las ideas, a todos los sentimientos de 
la sociedad moderna». 

«Es gracias a las escuelas privilegiadas <|ue han he- 
cho de él una corporación que el ejército francés no 
ha enrontrado contra la invasión del territorio nacio- 
nal ningún espíritu de recursos, que no ha naostrado 
ningún deseo serio de defenderse y que no ha sabido 
más que capitular. Y ha sido bien notable en esa guerra 
desastrosa que los servicios más insuficientea y los más 
abandonados han sido los que estaban en manos de los 
alumnos de la escuela politécnica, la intendencia mili- 
tar, la artillería, le génie, bin hablar del Estado Ma)'or 
en el que se encontraban muchos de los alumnos de 
esa escuela. Jamás el espíritu de rutina y el abandono 
que caracterizan al mandarinato han brillado con un 
reflejo más siniestro y más visible». 

Hemos citado in extenso las palabras de Courcelle 
Seneuil no sólo porque ellas expresan ideas, en su ma- 
yor parte igualmente aplicables a nuestro país que a 
la Francia, sino porque son emitidas por un escritor 
que es conocido y apreciado entre nosotros, aun entre 
los mismos miembros de la Universidad. Es, pues, una 
voz amiga para ellos la que llamamos en auxilio nues- 
tro. 

Veamos, sin embargo, cómo se manifiesta entre no- 
sotros ese espíritu extraviado de las universidades pri- 
vilegiadas, y laa causas inmediatas que lo engendran. 



[122] 



LA LEGISLACION SSCOLAR 



Necesario es reconocer que la instrucción que se recibe 
en los primeros años ejerce una influencia poderosa, 
ya que no absoluta, en la formación de las ideas que 
tenemos, y que sirven para determinar nuestra con- 
ducta. Si esta verdad no se reconoce, si se pretende 
que el seguir en las clases doctrinas erróneas y el 
aprender mal nada influye para la formación de nues- 
tras ideas, en ese caso, se considerarán desprovistas de 
fundamento nuestras observaciones; pero será nece- 
sario reconocer a la vez que la instrucción es comple- 
tamente inútil y que el estudio de nada sirve. No cree- 
mos, sin embargo, que tal opinión pueda sostenerse 
racionalmente, sobre todo por aquellos que se creen 
superiores a los demás, precisamente porque han reci- 
bido la instrucción que se comunica en las universi- 
dades. Partimos, pues, de la base de que, si no todos, 
al menos la gran mayoría de loa que siguen los cursos 
universitarios se sentirán dominados, por todo el resto 
de su vida, por lo que hemos llamado el espíritu de la 
Universidad. Habrá naturalmente excepciones a esa 
regla, pero serán tanto más escasas cuanto que es ne- 
cesario un carácter muy decidido y aun el auxilio de 
medios externos que rara vez se encuentran reunidos, 
para que el hombre, después de terminados sus estu- 
dios profesionales, consiga libertar su espíritu de toda 
influencia de escuela y formarse un criterio indepen- 
diente. 

Los inconvenientes señalados por Courcelle Seneuil 
con respecto a las instituciones de educación superior 
francesas, agrávanse entre nosotros y se hallan más 
concentrados por la misma razón de que no hay esta- 
blecida más que la Facultad de Derecho. Así, la sufi- 
ciencia, el orgullo de casta, el apego soberbio a los pri- 
vilegios abusivos, que se extienden allí a los médicos, 

[1231 

B 



JOSE ps:dro VAR£LA 



ingenieros, abogados, literatos» etc., hállase concentra- 
do exclusivamente, entre nosotros, en los abogados. 
Los graduados universitarios, como casta, y hechas las 
excepciones que deben hacerse, creen representar entre 
nosotros la ciencia enciclopédica, la suma del saber 
humano. En el gobierno, en las asambleas, aun en la 
vida diaria lodos liemos podido verlos resolviendo con 
el mayor desparpajo y la más acabada suficiencia las 
cuestiones más extrañas a la abogacía, y aquellas en 
que racionalmente debe suponerse que menos conoci- 
mientos tengan. No hay por qué sorprenderse de esto 
cuando se sabe que es precepto corriente entre la masa 
de los graduados universitarios que el abogado debe 
entender de todo: y que el buen abogado es algo como 
una enciclopedia viva. Ksta pretensión, tan absurda 
como desprovista de base, se explica, sin embaxgo, 
entre nosotros, por la falta de otras instituciones de 
educación superior, fuera de la Universidad, y por la 
ignorancia que domina en la generalidad de la masa 
social. Los graduados universitarios, se dice por aque- 
llos que quieren explicar esa pretensión de casta, han 
hecho al menos estudios superiores, y en consecuencia, 
son más aptos para juzgar aun en cuestiones extrañas 
a la abogacía, que aquellos que no han recibido una 
instrucción superior. De ahí que hayamos visto a los 
graduados universitarios tratando con desenfado y su- 
ficiencía cuestiones de comercio, de agricultura o de 
industria, resolviéndolas a su antojo, y lo que es más, 
mirando con profundo desdén las opiniones de aque- 
llos que han dedicado su vida toda al comercio, a la 
agricultura o a la industria. Hanse consignado en nues- 
tras leyes comerciales disposiciones de detalle, cuya 
evidente impracticabilidad podría demostrar un sim- 



tl24] 



LA LEGISLACION ESCOLAR 



pie dependiente de Aduana: lo que no es de extrañar 

ya que se sabe que es la falta de sentido práctico lo 
que caracteriza a los graduado? universitarios. No es 
difícil demostrar la causa de aquella suíiciencia y de 
este empirismo. 

El programa universitario divide el plan completo 
de estudios en dos cursos, que se termina cada uno 
con un examen general, dando opción, si es satisfacto- 
rio, a la adquisición de un grado — el curso de Estu- 
dios Preparatorios con el que se adquiere el grado de 
bachiller, que está por averiguarse todavía para qué 
sirve y qué objeto tiene, y el curso de Derecho con el 
que se adquiere el título de Doctor. 

Los Estudios Pieparatorios comprenden las siguien- 
tes materias: 

Latín 19 y 29 año 

Matemáticas 19 » 29 » 

Filosofía 19 » 29 » 

Historia 19, 2? y 3« ano 

Geografía 1° y 29 año 

Física 19 . 29 > 

Química ^ 2^ » 

Botánica 1° * 29 . 

Zoología 1® > 29 » 

El curso de Esludios Preparatorios dura cuatro años, 

en los que deben estudiarse todas las materias enume- 
radas antes, pero sin que puedan estudiarse a la vez 
las'Malemábcas y la Filosofía. 

El grado de bachiller es obligatorio para poder em- 
pezar el curso de Derecho, que dura también cuatro 
años y comprende: 



[125] 



JOSE PEDRO VARELA 



Derecho Civil I"?, 2^ y 3^^ año. 

» Constitucional , 19 y 2^ año. 

» de Gentes 19 » 2' » 

» Penal 1° » 29 » 

Economía Política 19 » 2° » 

Por último, para tener el derecho de abogar y el 
título de abogado, hay que seguir un curso de Pro- 
cedimientos Judiciales que dura dos años, durante los 
cuales debe practicarse también en el estudio de un 
abogado de la matricula. 

Veamos ahora cómo se siguen esos cursos. Empe- 
cemos por el principio. 

En el año 1853, es decir, cuatro años después de 
estar funcionando la Universidad, el distinguido pro- 
fesor Amadeo Jacques que se hallaba entonces eitre 
nosotros, ofreció al Consejo Universitario y al Go- 
bierno un Gabinete de Física y un Laboratorio Quí- 
mico, que hubieran podido servil a la Universidad que 
carecía absolutamente Ó£ esos auxiliares indispensa- 
bles. Por falta de recursos resolvióse no tomarlos y 
la Física y la Química continuaron enseñándose, como 
base de los estudios superiores, sin más útiles que el 
texto y las explicaciones orales del maestro, hasta hace 
algunos años en que se introdujeron en la Universidad 
algunos aparatos que no serían bastantes para dotar 
ni siquiera a un mal colegio. Fácil es comprender lo 
que de Física y de Química aprenderían nuestros estu- 
diantes con un método que convierte en estudios es- 
peculativos los estudios más esencialmente experimen- 
tales. Lo más sensible es que a pesar de ser prosegui- 
dos de esa manera, los estudiantes al obtener el título 
de bachiller, obtienen implícitamente el certificado de 
que saben Física y Química. Tenemos la prueba de 



[126] 



LA LEGISLACION ISCOLAR 



ello: aunque ligeramente, hicimos obserraciones seme- 
jantes a estas en el capítulo XL de la Educación del 
Pueblo, lo que nos mereció una crítica desdeñosa y 
suficiente de parte de uno de los más inteligentes estu< 
diantes de nuestra Universidad, en un periódico re- 
dactado por graduados universitarios, y sin que a nin- 
guno le ocurriera reconocer la evidencia de la obser- 
vación que habíamos formulado» 

Aun cuando parece que una anomalía semejante no 
pudiera ser sobrepasada por ninguna otra, lo es, sin 
embargo, por la que presenta la Universidad en el or- 
den con que se siguen los estudios. Así en los Estudios 
Preparatorios, como en los de Derecho, todas las ma- 
terias ocupan dos años y algunas tres. No hay, sin 
embargo, más que un profesor en cada materia y éste 
dicta un año el curso de 1^' año, al siguiente el curso 
de 2° año, y en el que sigue el 3'^'' año, cuando se trata 
del Derecho Civil o de la Historia. Ahora bien: los 
estudiantes se matriculan según van presentáüdoae, de 
manera que si, en Filosofía por ejemplo, está dictán- 
dose el 2^ año, el alumno que ingrese recién en la clase 
empieza sus estudios por el 2? año, y al año siguiente 
estudia recién el 1°. Sucede lo mismo en todas las 
-'Otras materias, así es que periódicamente, se presenta 
el caso de estudiantes que ingresan a la clase y estu- 
dian primero el 3*' año de Derecho Civil, después el 
19 y por último el 2°. Es ese un libro de saber que 
empieza a leerse por el índice. No deben ser muy sóli- 
das ni muy verdaderas las ideas que adquieran con 
respecto a la gradación y al método en loa estudios 
aquellos que se forman en una Universidad que de- 
muestra un escepticismo, vecino de la más crasa ig- 
norancia, al empezar indiferentemente los estudios por 
el fin o por el principio; y racionalmente no debe ser 



[127] 



JOSE PEDRO VABELA 



muy respetable una ciencia de la Lógica, que con tan 
poca lógica se enseña, o del derecho que tan torci- 
damente se hace aprender. Cuando se hace notar lo 
absurdo de un proceder semejante, lo explican los de- 
fensoies de la Universidad diciendo que, «como no 
hay más que un profesor para cada materia, tendría 
éste que dictar tres cursos en las asignaturas que du- 
ran tres años, y dos en las demás, si fuera a hacer que 
los estudiantes empezaran siempre por donde se debe: 
por el principio». £1 más insignificante maestro de 
una escuela primaria clasifica, sin embargo, sus dis- 
cípulos, y no le ocurre poner en la misma clase al 
que lee de corrido y al que todavía no conoce siquiera 
las primeras palabras del cartel. No negamos nosotros 
que clasificar los estudiantes y distribuirlos por el gra- 
do de adelanto, aumentaría el trabajo de los profeso- 
res, pero creemos que no hacerlo es sacrificar torpe- 
mente a la comodidad del preceptor, las exigencias 
más obvias del estudio y las necesidades más vitales 
del estudiante. £s eso, sin embargo, lo que desde su 
instalación se ha hecho y lo que se hace aún en nues- 
tra Universidad. ¿Puede haber nada que revele más 
desdén por el método, que es la condición indispensa- 
ble de todo estudio seno, más desprecio por la ver- 
dadera ciencia? Y sin embargo, las generaciones de 
graduados se han seguido unas a otras, y los que han 
empezado por el tercer año como los que han empeza- 
do por el primero, todos han salido satisfechos, y la 
Universidad ha seguido su curso inalterable. 

Además, como hemos visto por el programa, forma 
parte de los Estudios Preparatorios, que generalmente 
se siguen entre nosotros por jóvenes de doce a veinte 
años, el estudio de la Filosofía. No nos proponemos 
apreciar las doctrinas filosóficas que se enseñan en 



[1281 



LA LEGISLACION ESCOLAR 



la ünivereidad, doctrinas que, en cuanto nosotros sa- 
bemos, están mandadas retirar del mundo de la cien- 
cia, por erróneas unas y por insuficientes otras, hace 
ya largo tiempo: no es ttunpoco nuestro objeto ocu- 
parnos del método que se aplica a esa enseñanza. Ha- 
remos notar sólo que, en dos años de estudios, jóvenes 
que están todavía en la adolescencia abordan y re- 
suelven, con ayuda del texto de clase y del catedrático, 
las cuestiones más trascendentales: el problema de la 
vida animal y el de la vida humana: la existencia o la 
no existencia de un mundo ulterior, y de una divini- 
dad soberana: los motivos de las acciones de los hom- 
bres, todo lo que en realidad, está aún en tela de juicio 
para los más grandes sabios y los más profundos pen- 
sadores, se lo aprenden y lo resuelven jóvenes de 16 
años entre nosotros, con una certidumbre tal que con- 
sideran un ignorante o un torpe a todo el que no reco- 
noce la incuestionable verdad de las doctrinas por ellos 
sustentadas. El primer resultado del aprendizaje de 
la filosofía trascendental en esa edad y en esas condi- 
ciones, es acostumbrar el espíritu a sofismar, en vez 
de razonar, creando a la vez una presunción tanto más 
exagerada cuanto que se cree poseedora de la suprema 
sabiduría. £1 espíritu de secta filosófica ]y de qué 
secta! se eleva para los jóvenes estudiantes a la cate- 
goría de ciencia profunda, y poco a poco van pervir- 
tiéndose así los procederes mentales hasta el punto 
de que llega el caso de que sean incapaces de liber- 
tarse de la tiranía de la secta a que pertenecen. ¿Cómo 
podría ser de otro modo? ¿Es posible, acaso, que el 
espíritu no formado aún del adolescente, pueda abar- 
car en su vasto conjunto, o en sus importantes detalles, 
esa ciencia difícil, sutil, a menudo imperfecta, que es- 
tudia las causas de todo, y que exige, no sólo una inte- 



£12» 3 



JOSE FEDBO VARELA 



ligencia madura, sino sólidos y detenidos estudios en 
las otras ciencias que con ella se relacionan? ¡Cuántos 
de nuestros jóvenes filósofos, que demuestran cómo 
tres y dos son cinco, que tenemos un alma y un cuerpo 
distintos en su esencia, etc., etc., están por saber toda- 
vía, cómo respira y cómo se nutre ese mismo cuerpo! 
¡Cuántos de los que resuelven con la mayor sencillez 
la identidad del yo, están por saber todavía que no tie- 
nen hoy en su cuerpo un solo átomo tal vez de todos 
los que tenían hace veinte años! No es por cierto uno 
de los rasgos menos originales de nuestra enseñanza 
universitaria el que la filosofía trascendental se estu- 
dia y se aprende sin estudios previos de fisiología y 
de fisiología comparada. Los estudios de filosofía, pues, 
tales como se siguen entre nosotros, enseñan a ergoti* 
zar sobre lo que no se entiende, ni se sabe, y lo que es 
peor, con la pretensión de que se entiende y se sabe 
tanto, que sólo los ignorantes pueden opinar de otra 
manera. ¿Cómo no resolvería perentoria y sencilla- 
mente, un punto cualquiera, por difícil que sea, sobre 
la organización social, el que, con haber leído a Ge- 
rusez o a Jacques, se cree habilitado para resolver las 
más inabordables cuestiones metafísicas? Sería curioso 
que dudara en presencia de una cuestión de agricul- 
tura o de industria, y sintiese la necesidad de estudiar 
para resolverla, él que está habituado a no dudar, a 
afirmar perentoria e incuestionablemente desde la su- 
puesta existencia de ideas innatas, hasta la supuesta 
concepción de ideas absolutas! 

Agreguemos a esto que la regla general de nuestros 
estudiantes como lo saben todos aquellos que han po- 
dido observarlos, es estudiar sólo en los tres o cuatro 
últimos meses del año, concurriendo el resto del tiem- 
po a las clases lo bastante para no perder el curso. 



[130] 



LA LEGISIJLCION ISCOLAR 



El Club Universitario, compuesto en su gran mayoría 
de jóvenes estudiantes, vese obligado a suspender sus 
sesiones durante los meses de noviembre y diciembre, 
porque los estudiantes en esa época del año no pueden 
distraerse de su preparación para el examen: en ellos 
quieren ganar el tiempo perdido durante el año. Así, 
salvo excepciones que hay entre los estudiantes uni- 
versitarios como en todas las clases, la gran mayoría 
de los estudiantes aprende a prepararse para el exa- 
men, a ganar el curso, pero no a conocer las materias 
de estudio. Aun cuando el curso de latín dura dos años 
y en consecuencia se pasa por dos exámenes en esa 
materia, para recibir el grado de bachiller, son raros 
los abogados que saben el Latín: lo aprendieron mal, 
lo bastante apenas para el examen, no lo practican 
después y lo olvidan. En esto, como se trata de un idio- 
ma, es fácil constatar el hecho ; no sucede lo mismo en 
las otras materias; pero ¿no es racional supon» que 
debe producirse el mismo resultado desde que los ea< 
ludios se prosiguen de la misma manera, y desde que 
el mismo espíritu domina en todo? Así, pues, para 
adquirir un titulo que confiere un privilegio, y que 
en la opinión del que lo recibe es también un honor, 
lo necesario es, no estudiar ni saber, sino salir bien 
en el examen. Y el examen está lejos de ser temible: 
se trata de presentarse ante una mesa compuesta de 
cuatro o seis personas, todas salidas de la Universi* 
dad, de manera que por espíritu de cuerpo, ya que no 
por otra causa, están interesadas en no ser demasiado 
severas, y contestar durante veinte minutos. A veces 
los examinadores son no sólo estudiantes de años ante- 
riores, sino condiscípulos del mismo año. Y veinte mi- 
ñutos para verificar si un joven sabe Filosofía: para 
constatar que sabe o no Economía Política, Derecho Ci- 



[131] 



JOSE PSDHO VABBLA 



vil. Derecho Constitucional, etc., etc. Cualquiera diría 

que el examen se hace irónicamente! Debe ser así, al 
menos si juzgamos por el número de estudiantes que se 
reprueban al año, y si comparamos la aceptación de 
todos los que estudian con lo que cualquiera puede 
oir a los condiscípulos sobre la manera cómo estu- 
dian muchos jóvenes. No diremos que siempre suceda 
lo mismo, pero suelen presentarse casos, como éste, 
que hemos oído referir a un testigo presencial. Exami- 
nábase una de las clases de Derecho: uno de los exa- 
minadores preguntó a un joven estudiante: «¿De qué 
murió Sócrates?» El joven dudó, y uno de sus con- 
discípulos que se hallaba detrás de él, le sopló, como 
se dice en la jerga de escuela, esto: «De la cicuta». 
«De disgusto», repitió en alta voz el examinando, que 
había entendido mal, provocando la hilaridad de los 
presentes. No por eso dejó de ser aprobado y de ocu- 
par más tarde elevados puestos en la magistratura. 
Podrían citarse ejemplos semejantes, y es esto digno 
de notarse, no por lo que esos hechos aislados impor- 
tan, sino por la influencia que deben ejercer. No hay 
estímulo posible, ni se despierta el amor a la ciencia, 
cuando se sabe que para concluir la carrera y obtener 
los grados y privilegios que ella confiere, no se re- 
quiere más que tener la constancia necesaria para no 
perder los cursos: pero sin que haya diferencia, entre 
el que estudia afanosamente y el que no estudia entre 
el que trabaja para saber, y el que sólo se preocupa 
de recibir el grado. Es ese el mejor medio de rebajar 
el nivel de los estudios y de sacrificar la inteligencia 
y el amor al saber a la vulgaridad infatuada e igno- 
rante. 

Así, con un caudal más que escaso de conocimien- 
tos, y con la pretenciosa suficiencia que inspiran loi 



[132] 



LA LEGISLACION ESCOLAB 



estudios filosóficos, si se siguen como entre nosotros, 
llegan los estudiantes al curso superior y empiezan el 
aprendizaje de Derecho. Hasta hace muy pocos años, 
hasta que se sancionaron los actuales códigos, regía 
entre nosotros la legislación española, o más bien di- 
cho, la legislación romana, con sus apéndices de le- 
gislación española y de legislación colonial — estudiá- 
base, pues, el Derecho en sus relaciones con una legis- 
lación dictada para sociedades que no conocían siquie- 
ra las ideas que sirven de base a la sociedad moder- 
na. ^ Después de la promulgación de los códigos, los 
inconvenientes de ese estudio han disminuido en parte, 
pero hólo en parte, puesto que los códigos orientales 
no han hecho más que concentrar la legislación roma- 
na, siguiendo en esto las huellas de los otros pueblos 
latinos. 

Si. pues, la instrucción que se recibe ejerce influen- 
cia poderosa en la formación de nuestras ideas, hay 
que reconocer a priori que en au generalidad, loa gra- 
duados universitarios, después que terminan aus es- 
tudios, deben hallarse empapados en el espíritu de una 
legislación caduca, que no ha tenido ni ha podido 
tener en cuenta las ideas y aspiraciones que alimentan 
a la sociedad moderna. Antes de observar práctica- 
mente los efectos ulteriores de esa enseñanza, hagamos 
notar otro rasgo característico de las universidades, 
que h;i de darnos la clave de muchas opiniones difí- 
ciles de explicar de otra manera en nuestro estado ac- 
tual. Al recibir los grados de bachiller y de doctor, los 
estudiantes se hacen acompañar por un padrino, miem- 
bro también de la Universidad, y es de práctica que en 
ese acto se pronuncien discursea, en los que se trate 

1. Véas* el Capitulo XII de La Educación del Pusble. 
[133] 



JOSE PEDRO VARELA 



de los deberes y de los trabajos del futuro abogado. 
Sin que hayamos encontrado hasta ahora una sola 
excepción, todos esos discursos, que se repiten a cada 
año, se apoyan en esta idea que desarrollan implícita 
o expresamente: «La abogacía es un sacerdocio que 
tiene por misión defender el derecho y la justicia, 
auxiliar al débil y libertar al oprimido». Es casi la tra- 
ducción de los propósitos de la caballería andante: 
desfacer entuertos y desaguisados. La verdad, sin em- 
bargo, es ésta: «La abogacía es un oficio que se ocupa 
de conocer las leyes y de defender pleitos, como medio 
de ganar dinero». Cuando el abogado, por excepción, 
defiende gratuitamente, no hace acto de abogado sino 
de filántropo: da su trabajo, como el almacenero su 
mercadería, cuando, por excepción, en vez de venderle 
el azúcar o la yerba al pobre, se la regala. El abogado, 
como clase, repite, sin embargo, a tuertas y derechas, 
lo que se dice en los discursos de las colaciones de 
grados, y de esa manera, de una carrera privilegiada 
que se sigue, como todas las carreras, como medio 
de crearse un modo de ser independiente en la vida, 
se hace, de palabra, un apostolado lleno de abnega- 
ción y de sacrificios. Se consagra uno a la defensa 
de los oprimidos, sin perjuicio de cobrar loa honora- 
rios: o se sacrifica sirviendo a su país, sin perjuicio 
de recibir los sueldos más elevados de la administra» 
ción. No hay por qué sorprenderse que el abogado, 
sea en su estudio o en un empleo público, exija una 
retribución por su trabajo: es la compensación legí- 
tima de un esfuerzo realizado; pero hay mucho por 
qué sorprenderse de que se pretenda dar condiciones 
excepcionales de abnegación y de sacrificio a una ta- 
rea que se realiza con el mismo propósito que tiene 
el agricultor o el comerciante al realizar la suya; con 



[134] 



LA LEGISLACION ESCOLAK 



la sola diferencia de que los abogados tienen privile- 
gios, de que no gozan log demás, lo que hace que, abu- 
sivamente, tengan mayores beneficios con menos tra- 
bajo que las otras ocupaciones a que los hombres se 
dedican. Como clase, los abogados no son mejores que 
las otras profesiones, ni más morales, ni más justos, 
ni más desprendidos, ni más patriotas; pero son más 
atrasados en sus ideas y más presuntuosos. Es este un 
rasgo genial de todas las casias o de todas las sectas 
privilegiadas. Como .prueba del atraso de ideas está 
ahí la legislación positiva, calcada en las doctrinas de 
sociedades atrasadas, y conservando engastadas, a ca- 
da paso, disposiciones que trascienden desde lejos al 
cesarismo romano, o al feudalismo de la edad media, 
como por ejemplo, entre millares de otras, las que se 
refieren a las venias maritales y al matrimonio. Gomo 
prueba de su presunción están los ejemplos que a cada 
momento se presentan cuando se ve a los abogados 
resolviendo cuestiones de comercio, de agricultura, de 
industria, y de todo, a pesar de ignorarlas o de cono- 
cerlas, como vulgarmente se dice, por el forro. Basta 
recordar lo que es la Administración de Justicia, y 
citar el viejo aforismo: «Vale más un mal arreglo que 
un buen pleito», para reconocer que, como clase, los 
abogados no son mejores, ni más desprendidos, ni 
más justos que las otras profesiones. Por otra parte, 
lodos saben que la legislación positiva y los procedi- 
mientos judiciales favorecen de tal manera la mala fe, 
el sofisma, la chicana, que, aun suponiendo completa 
rectitud en los jueces, cuesta largos años y mucho di- 
nero el hacer triunfar hasta el derecho más evidente. 
¿Quién ignora que, aun teniendo toda la razón de su 
parte, un pleito es una calamidad? Así, el abogado 
en su tarea vive en una atmósfera de chicanas y de 



[135] 



JOSE P£DHO VASELA 



sofisinas que crea a su espíritu modalidades tales que, 
aun en los más ilustrados y los más rectos, se siente 
la influencia de esa atmósfera en que están habitua- 
dos a vivir. A cada momento, en las mismas conver- 
saciones dianas, puede constatarse la verdad de esta 
observación, cuando se trata, entre abogados, de cómo 
se demora un pleito o se introduce una articulación, 
etc., lo que quiere decir, sin medias palabras, cómo se 
hace uso de la chicana. 

Educados de esa manera en sus primeros anos, vi- 
viendo después en esa atmósfera de los pleitos que 
achica el espíritu y lo predispone al sofisma, y con 
todo esto, con la pretensión de suficiencia, y la creen- 
cia de que desempeñan una especie de sacerdocio que 
los coloca más arriba de lo<í demás hombres, ¿cuál es 
la influencia que pueden haber ejercido los abogados 
sobre la vida púbhca de un pueblo ignorante y anar- 
quizado? 

Haremos observar sólo algunos hechos generales. Es 
el más notable la invariable constancia con que, juz- 
gando superficialmente, atribuyen todos los males y 
bienes que se producen a las leyes que se dictan. Para 
las clases que están empapadas en el espíritu de nues- 
tra Universidad, todo consiste en tener lo que ellas 
entienden por una buena legislación. Si en medio siglo 
de vida independiente no hemos tenido hasta ahora 
una sola elección popular que no haya sido desnatu- 
ralizada por fraudes y abusos de todo género, lo nece- 
sario no es, como podria suponerse, combatir el espí- 
ritu que anima a los que cometen esos abusos, sino 
reformar las leyes de elecciones. En los abusos ante- 
riores todos han tenido parte, las autoridades y el 
pueblo, y aun hasta los mismos que dictan la nueva 
ley; pero, sin embargo, se cree que algunas palabras. 



[1S6] 



LA LEGISLACION ESCOLAR 



trazadas en fonna de ley sobre un papel, bastarán 
para quitarme a mi y a usted, y al ciudadano de en- 
frente y a todos, el hábito que tenemos hace cincuenta 
años de falsificar los Registros y las votaciones, y de 
cometer todos los abusos que puedan favorecer el triun- 
fo de nuestros candidatos. Tenemos la prueba en la 
Constitución de la República, el «código sagrado de 
nuestros derechos», como se dice con énfasis. No se 
ha cumplido nunca, ni siquiera se ha tenido el deseo 
verdadero de cumplir con ella: está lejos de ser muy 
avanzada y tiene cosas que no satisfarían los senti- 
mientos patrióticos de ningún pueblo que apreciara 
su independencia; y sin embargo, se ha declamado y 
se declama hasta el fastidio tratándose de ella, y se 
hace gala de respetar sus formas, aun cuando no se 
cumplan sus preceptos ni buenos ni malos. Si eso su- 
cede con ia Constitución, que es la ley de las leyes, 
¿qué sucederá con la legislación ordinaria? 

Haremos notar, aunque de paso, una observación 
que confirma nuestros juicios sobre la influencia que 
ejerce la educación que recibimos para determinar 
nuestra conducta. En la masa general de los gradua- 
dos universitarios, los jóvenes, que conservan frescas 
aún las impresiones del aula de filosofía, hacen gala de 
un liberalismo empírico, pero que no excluye la so- 
berbia del que se conceptúa superior a los demás; 
mientras que, en regla general también, el abogado 
que tiene ya algunos años de práctica y de madurez, 
es esencialmente formalista y apegado a sus privile- 
gios. Basta indicar estos hechos para que cada uno 
pueda observarlos por si mismo y constatar su exacti- 
tud. 

Si del conocimiento de los fenómenos sociales y del 
criterio legal pasamos a la habilidad práctica, encon- 



[1371 



JOSE P£DRO VABELA 



trareraos que los abogados, como clase, hacen gala 
de no ser hombres prácticos, y en la confección de las 
leyes y en el gobierno de la sociedad demuestran que 
a ese respecto sus pretensiones son bien fundadas. Ya 
Montaigne, sin embargo, había dicho: «Se filosofa 
metafísic amenté, pero se obra prácticamente». 

Elevándonos a cuestiones de un orden superior, ve- 
mos el espíritu universitario con su empirismo ciego 
y su falta de conocimiento de la sociedad moderna, 
turbando los procederes de las más bellas inteligen- 
cias. Veamos un ejemplo, Al subir al poder el gobier- 
no del doctor Ellauri, creyó necesario ocuparse de la 
reforma de la legislación penal, y al efecto nombró 
una Comisión compuesta de varios ciudadanos para 
que informase sobre la materia: excusado es decir que 
todos eran graduados universitarios, ya que se supone 
que en cuestiones de derecho no pueden entender sino 
los que han seguido las clases de la Universidad. La 
Comisión, después de reunirse varias veces, presentó 
su informe al Gobierno, acompañando un Proyecto de 
Código Criminal. Ambos documentos fueron publica* 
dos, y bastará decir que ocupaban apenas la primera 
página de un diario, para que se comprenda que in- 
troducían una verdadera revolución en la legislación 
criminal. La fastidiosa y a menudo torpe enumera- 
ción de los crímenes y delitos estaba suprimida, y, así 
en el fondo como en la forma, se daba un vuelco com- 
pleto, no sólo a nuestra legislación penal, sino a la 
legislación penal que está en vigencia en todos los pue- 
blos civilizados. Considerado a primera vista, el pen- 
samiento es grande y parece verdadero; desenvuelto 
en una obra sobre la materia, habría hecho honor a 
BUS autores, e, indudablemente, habría abierto nuevos 
y vastos horizontes al estudio de la legislación penal; 



[138] 



LA LEGISLACION ESCOLAR 



pero, presentado como proyecto de ley, que debiera 
sancionarse en breve para ser puesto en aplicación, 
debía caer en medio a nuestra sociedad, en su estado 
actual, como un verdadero aerolito. Puede asegurarse 
que, si en un rapto de locura le ocurriera un día al 
emperador de la China proclamar la Constitución de 
Estados Unidos para su país, ésta no causaría mayor 
asombro entre los hijos del Celeste Imperio, ni sería 
más ineficaz en sus resultados, que el que causaría 
entre nosotros la promulgación, actualmente, del Códi- 
go Penal proyectado por la Comisión de que nog ocu- 
pamos. Efectivamente, para ponerlo en vigencia sería 
necesario rehacer el orden de ideas en que vive nues- 
tra sociedad, elevando el nivel intelectual de las cla- 
ses ignorantes, y transformando completamente el espí- 
ritu de las clases ilustradas. Ahora bien: es más posi- 
ble decretar la victoria, como la Convención Francesa, 
que decretar la República verdadera como han pre- 
tendido hacerlo la Francia y las repúblicas sudameri- 
cana$), o que imponer, con una ley, una transforma- 
ción radical al espíritu de una sociedad cualquiera. 

Esa falta de espíritu práctico que se nota aún entre 
las más bellas inteligencias de los graduados univer- 
sitarios, por una parte, y por la otra la suficiencia 
pretenciosa que caracteriza a todos los privilegiados 
con respecto a la cultura intelectual, y que es causa 
de que no sientan la necesidad de profundizar estu- 
dios siempre que abordan una cuestión, es la que 
explica el carácter aproximado, digámoslo así, de 
nuestra legislación patria. Se dictan las leyes para res- 
ponder a estas o aquellas exigencias que se supone 
deben existir, o más bien dicho, que se afirma exis- 
ten, aunque sin saberlo. Asi, estamos por averiguar 
todavía, puesto que recién hace un ano tenemos una 

tl39] 



JOSE PEDRO VAHELA 



Mesa de Estadística, cuáles son los recursos y los ele- 
mentos de que podemos disponer, cuáles nuestras ne- 
cesidades: calculamos desde nuestra poblarión hasta 
la extensión de nuestro territorio, y todo lo que en 
él se halla, y por cálculos es que procedemo<í. De ahí 
resulta que las leyes se dictan al acaso, por más que 
suelan discutirse mucho, y que se ignora si sus resul- 
tados son benéficos o nocivos, salvo en los casos en 
que por la exageración del mal el error se hace evi- 
dente. De ahí también el poco respeto por la ley que 
hay entre nosotros; se legisla sin criterio y se legisla 
deniaí<iado, de lo que resulta que las leyes no ¡se cum- 
plen: y precisamente porque las leyes no se cumplen 
64 que ha podido producirse una unión estrecha entre 
los elementos que representan la ignorancia de las 
campañas, y aquellos que representan el espíritu uni- 
versitario: unión que es evidente para todo el que 
juzga con imparcialidad, y que se manifiesta en todos 
los casos. Recientemente el Ministro de la Guerra en 
campaña pasaba el parte de que había vencido a la 
revolución de los doctores^ y esa noticia la comuni- 
caba al Gobierno compuesto de cuatro personas, de 
las cuales dos eran doctores, recientemente también 
un diario semioficial, decía poco más o menos: «Los 
doctores han sido vencidos: lo merecen, porque ser- 
virán para defender pleitos, peio no sirven para la 
politicai». 

£1 diario que eso decía hacía gala de sostener a capa 

y espada a uno de los doctores que estaban en el Go- 
bierno. A pesar de lo que se declama por los represen- 
tantes de los elementos de campaña contra los docto- 
res, aquéllos no han sabido conservarse nunca en el 
poder sin el auxilio de éstos: en los cambios de situa- 
ción hay cambios de personas, pero~ no de espíritu. £n 



[140] 



LA LEGISLACION ESCOLAB 



sentido contrario no hay para qué citar ejemplos; to- 
dos pueden recordar las veces que los graduados uni- 
versitarios, después de tanta disertación contra el cau- 
dillaje, han ido a buscar el concurso o a prestar su 
auxilio a los caudillos. En las palabras suele haber, 
pues, antagonismo; pero en la realidad existe la unión 
estrecha de dos en ores y de dos tendencias extravia- 
das: el error de la ignorancia, y el error del saber 
aparente y presuntuoso; la tendencia autocrátlca del 
jefe de campaña, y la tendencia oligárquica de una 
clase que se cree supeiinr. Ambos se auxilian mutua- 
mente: el espíritu universitario presta a las influencias 
de campaña las formas de las sociedades cultas, y las 
influencias de campaña consen-an a la Universidad sus 
privilegios y el gobierno aparente de la sociedad. Que- 
remos ampliar esta ob&ervación para evitar que se in- 
terprete torcidamente. La unión de los elementos de 
campaña y de los elementos universitarios que hace- 
rnos notar, no resulla de convenios expresos, que se 
realicen con propósitos bastados, sino que fluye natu- 
ral y lógicamente del espíritu que anima a los dos 
grupos. Son ambos contrarios, como clase, a la orga- 
nización que nos rige aparentemente, y de ahí que se 
reúnan en sus es-fuerzos, para conservar un poder que 
les arrebataría un régimen de verdadera democracia. 

Es también el doctrinarismo vacío del espíritu uni- 
versitario, que desde hace largo tiempo viene impo- 
niéndose a las clases ilustradas de la sociedad que 
inteivienen en la cosa pública, por una parte, y por 
la otra la anárquica arbitrariedad de las influencias 
de campaña, las que han desautorizado la palabra de 
los espíritus rectos y verdaderamente ilustrados, las 
que han hecho embotarse el sentimiento público y las 
que han hecho posible y explican el advenimiento a la 



[UU 



JOSE PEDRO VARELA 



escena política de comunidades que sólo aparecen co- 
mo tales en las épocas de depravada decadencia. El 
error, el abuso, el mal, se encontrarán siempre y en 
todas partes, ya que parecen ser elementos constitu- 
tivos, en más o menos dosis, de todas las sociedades 
humanas; pero cuando el abuso y el mal se presentan 
organizados en partido político, cuando la violación 
de la ley moral puede constituir un vínculo que sirva 
de lazo de unión a una colectividad llamada a ejercer 
influencia en los destinos políticos de un pueblo, es 
que en ese mismo pueblo, el extravío de las clases ilus- 
tradas, por una parte, y por la otra la ignorancia de 
las capas inferiores, han convertido en un caos la 
conciencia pública, sacando de sus quicios a la so- 
ciedad. 

Sí son exactas las consideraciones que hemos ex- 
puesto, y que bien a nuestro pesar no ampliamos por 
temoi de ultrapasar el limite que hemos fijado a este 
libro, la permanente crisis política en que vivimos 
reconoce dos causas originarias: Ignorancia en los ele- 
mentos de campaña y en las capas inferiores de la so- 
ciedad, e ilustración insuficiente y extraviada en las 
clases educadas. 

CAPITULO V 

Causas de la crisis financiera 

Al enunciar las causas de la crisis económica y po- 
lítica en que vivimos en permanencia, hemos enuncia- 
do también, implícitamente, las causas de la crisis fi- 
nanciera. Somos un Estado pequeño y pobre que, 
además de las exigencias peculiares de la administra- 



[142] 



LA LEGISLACION ESCOLAR 



ción pública, se impone la obligación de satisfacer 
pretensiones exageradas y de alimentar parásitos. El 

resultado de un proceder semejante no es dudoso: 
para los particulares se llama la ruina; para el Estado 
se disfraza con el título de crisis. 

Reagrávase, sin embargo, la intensidad de la sitúa- 
ción financiera normal, por las doctrinas erróneas que 
se aceptan generalmente con respecto a la manera 
cómo, en materia de finanzas, debe proceder el Es- 
tado. 

Desde el primer Presupuesto de gastos y recursos, 
formulado en 1829, hasta el Presupuesto de 1875, los 

gastos de la Nación han ido aumentando constante- 
mente, a pesar de que el déficit se hacía cada vez 
mayor. Es esto resultado del punto de partida que se 
toma: los individuos cuando proceden bien, arreglan 
sus gastos según los recursos de que disponen; la base 
es no lo que necesitarían, sino lo que tienen. 

Esta sencilla regla de conducta, indispensable para 
todo aquel que quiere proceder siempre honestamente, 
no se considera aceptable para regular las finanzas del 
Estado, Este calcula lo que necesita, sin preocuparse 
de averiguar si tiene o no medios de pagarlo, y así se 
produce el hecho constante de que, siempre, sus nece- 
sidades son mayores que sus recursos, de manera que 
el déficit que debiera ser anormal presentándose sólo 
excepcionalmente y por causas eventuales, se encuen- 
tra siempre como parte integrante e indispensable de 
nuestros presupuestos. 

Y el que en la confección de los presupuestos se 
ajusten los gastos a los recursos, y no los recursos a 
los gastos, no es, como pudiera creerse, una simple 
modificación de forma en el punto de partida, que no 
alteraría el resultado final. Muy al contrario, ya que. 



[143] 



J0SE5 PEDRO VARELA 



por ejemplo, ninguna de nuestras Asambleas, al en- 
contrarse en pi esencia de los enormes déficits que iban 
a agobiar a la Nación, ha pensado que podría reducir 
los sueldos de los empleados nacionales. Es que se 
lellexiona de este modo; «Ün empleado de la Nación, 
de tal categoría, se dice, no puede menos de gozar de 
tal sueldo, para conservarse en el rango que le corres- 
ponde». El buen sentido diría más bien: «Los emplea- 
dos de la Nación deben gozar del sueldo que la Na- 
ción pueda pagarles, y si con él no les es posible con- 
servarse en el rango que, según su criterio, les corres- 
ponde, que desciendan de ese rango». Aun sin esto, 
todo el que se ha tomado el trabajo de averiguar los 
sueldos de que gozan los empleados público'' en otras 
naciones, reconocerá que entre nosotros 6e pagan muy 
buenos sueldos; lo que quiere decir que conservamos 
la tradición de los mfanzoneb españoles; somos pobres, 
pero rumbosos, y malos pagadores. El ejemplo de la 
falla de moralidad en el cumplimiento de los compro- 
misos que contrae lo da el Estado, y no porque causas 
eventuales lo coloquen transitoriamente en una situa- 
ción precaria, sino porque, ordinariamente, se con- 
traen compromisos, sabiendo de antemano que no ha- 
brá cómo pagarlos después, o que al menos no habrá 
cómo pagarlos sin demoras y sin embrollas. La falta 
de moralidad en los procederes s(> eleva así a la cate- 
goría de axioma político. 

Agreguemos a esto el error de crear privilegios en 
favoi del empleado público, haciendo del empleo una 
propiedad de la que no puede despojársele sin una 
causa bastante grave para dar mérito a un juicio. De 
esa manera las nulidades y las ineptitudes que sucesi- 
vamente van injertándose en la administración, conti- 
núan siempre en ella, pesando como una grave carga 



ri44] 



LA LEGISLACION ESCOLAR 



sobre la Nación, y debilitando la responsabilidad de 
los funcionarios superiores, que ae escudan, hasla cier- 
to punto, tras de la valla que opone a sus propósitos 
de moralización y de mejora la disposición constitu- 
cional que hace inamovible al empleado público. Fue- 
ra desconocer absolutamente la realidad, atribuir a 
esa causa la falta de moralidad en la administración 
pública, y los males que de ella resultan, pero no por 
eso debe desconocerse que arrastra en pos de sí infi- 
nitos abusos, y que no siendo obstáculo para los peores 
gobierno», lo es para los que, menos malos, quieren 
corregir algo los abusos inveterados de la administra- 

ciÓD. 

Notemos también los graves males que resultan de 
la aplicación de un principio de errónea filantropía 
a la organización de la administración pública. Es, 
efectivamente, respondiendo a un principio de tutelaje 
filantrópico que se ha establecido el descuento de 
Montepio a los empleados y derivádose de ahí las ju- 
bilaciones y las viudedades. El Estado, atribuyéndose 
funciones que no le corresponden, y queriéndose mos- 
trar previsor hasta para aquellos de sus empleados que 
no lo serían, les obliga a ahorrar mensualmente una 
parte de su sueldo, como medio de asegurarles la sub- 
sistencia para su vejez, o en caso de muerte para sus 
familias. En ese caso, el Estado hace las veces de una 
caja de ahorros, obligatoriamente impuesta al emplea- 
do público. El mal de un proceder semejante está en 
que el Estado usurpa atribuciones que no son suyas, 
puesto que se propone ser previsor por cuenta ajena, 
y comete un abuso al obligar a hacer un ahorro de- 
terminado a cada uno de sus empleados. £1 proceder 
natural y regular sería pagar al empleado su sueldo 
íntegro, f que éste procediera a su antojo, como pro- 



[145] 



JOSS ProRO VARSLA 



ceden todos los demás hombres en la vida. Así los 
que hubieran sido previsores y hubieran ahorrado ten- 
drían cómo vivir de rentas en su vejez o dejarían algo 
a sua familias al morir: y loa que no lo hubieran sido 
sufrirían la pena que alcanza en la vida a todos aque- 
llos que no se acuerdan más que del momento pre- 
sente. Hacer lo contrario, establecer el Montepío para 
obligar a ahorrar al empleado público, es suponer que 
el Estado conoce mejor que el individuo empleado lo 
que a éste le conviene: o, lo que es lo mismo, es des- 
conocer la eficacia del criterio mdividual para regu- 
lar la conducta de los hombres. Suponiendo una com- 
pleta regularidad en los procederes, ese sistema sería 
siempre inadmisible, puesto que olvida la diversidad 
de las circunstancias de la vida del hombre, y somete 
a todos a una regla uniforme, que en muchos casos 
será cruel y que en todos será ciega. 

Pero desde el punto de vista de las conveniencias 
financieras, el mal de un sistema semejante está en 
que abre ancha puerta a una infinidad de abusos, que 
vienen a giavar a la Nación. Así, vemos entre nosotros 
hombres en el vigor de la edad y la salud, gozando de 
fuertes jubilaciones; otros que han servido a la Nación 
algunos pocos años y que, sin embargo, han sido ju- 
bilados, contándoseles como años de servicio los que 
habían pasado en el extranjero o en otras ocupaciones, 
so pretexto de que, en alguna época, fueron indebida- 
mente separados de los empleos que desempeñaban. 
Las viudas se reproducen con asombrosa fertilidad, y 
se diría que es regla invariable de todo empleado de 
la Nación el ser casado: los menores se conservan en 
una perpetua infancia: y de esa manera resulta que el 
sistema del Montepío y de las jubilaciones y viudeda- 
des cuesta a la Nación millares de pesos, que sin él 



[146] 



LA LEGISLACION ESCOLAH 



no hubiera gastado — es la puerta de entrada de una 
especie de comunismo disfrazado, cuyos efectos sobre 
la moralidad social son incalculables. 

Son estas, sin embargo, simples causas concurrentes 
de nuestra interminable crisis financiera: las causas 
reales, eficientes, son las mismas que explican las cri- 
sis económica y política. Hay exceso de consumos en 
el Estado, como lo hay en la sociedad: hay error, abu- 
so y mal en las finanzas como los hay en la política. 
Un célebre ministro francés decía: «Dadme buena po- 
lítica y yo os daré buenas finanzas»; y esto, que es 
una verdad para nosotros como para la Francia, ex- 
plica nuestra permanente crisis financiera: en realidad^ 
no es más que una permanente crisis política. 

CAPITULO VI 

Amenazas para el porvenir 

Que son graves los peligros que amenazan nuestro 
porvenir si continuamos como hasta ahora, es una 

observación que todos alcanzan y que se formula muy 
a menudo, aunque se proceda siempre como si no se 
creyera lo que se dice. Las amenazas son, sin embargo, 
reales, y tanto más temibles cuanto se comprenden 
las que pueden interesar a los que sólo se preocupan 
de lo que está cerca, y las que interesan también a 
aquellos que siguen las evoluciones de los pueblos al 
través de los tiempos, y que quisieran que ni mañana 
ni más tarde desapareciera su país de la faz de la 
tierra. 

Los peligros inmediatos, que pesan exclusivamente 
■obre nosotros como pueblo independiente, se refieren 



[147] 



JOSE PEDRO VARELA 



a la nacionalidad: los lejanos, que alcanzan igualmente 
a todos los que hablan nuestro idioma y de los que 

parlicipamos nosotros como miembros de una nume- 
rosa íamiJia. se refieren al idioma, a la religión, a 
las costumbres, a todo, en fin, lo que presta a los pue- 
blos eiipañoles e hispano-americanos una fisonomía 
propia. 

Como lo consigna la misma Constitución política 
que nos rige, la independencia de la República Orien- 
tal fue resultado del acuerdo realizado entre el Brasil 
y la República Argentina al terminar la guerra del 
año 28. Eg porque ambos rivales se reconocieron impo- 
tentes para vencerse el uno al otro que aceptaron, 
como término de conciliación, la fundación de una 
nacionalidad mdependiente, pero débil y pequeña, que 
sirviese, más bien que para resolver, para aplazar la 
solución del conflicto que entre españoles portugue- 
ses primero, y entre argentinos y brasileños después, 
viene prolongándose desde hace siglos. Ambos aspiran 
al dominio de esta margen del Plata: la República 
Argentina como medio de dominar absolutamente el 
Grande Estuario y sus afluentes ; el Brasil como medio 
de compartir con su vecino el dominio del Plata, y de 
asegurarse una entrada libre para sus vastos territorios 
del Alio Uruguay, Era, pues, evidente que la indepen- 
dencia efectiva y constante de la República Oriental 
seria contrariada, más o menos abiertamente, por sus 
limítrofes, y que dependería casi exclusivamente de 
los esfuerzos realizados por los hijos de este país para 
variar las primitivas condiciones. Si hubiésemos per- 
manecido en paz, y hubiéramos desarrollado por la 
educación las fuerzas vivas del país, habríamos conso- 
lidado nuestra nacionalidad, aminorando la distancia 
que nos separa, como poder, de nuestros limítrofes, 



[148] 



LA LEGISLACION ESCOLAR 



rivales entre sí. En vez de eso, mientras que el Brasil 
ha permanecido constantemente en paz, y ha seguido 
una marcha de envidiables progresos, y mientras que 
la República Argentina ha ido tranquilizándose más 
y más, y desarrollando su poder, nosotros hemos vivi- 
do en una anarquía permanente, juguetes hoy de aqué- 
llos y mañana de éstos, debilitándonos, empobrecién- 
donos, aniquilándonos cada vez más. y en consecuencia, 
haciendo cada vez menos viable nuestra nacionalidad. 

En la hora actual, el Brasil, después de continuados 
y pacientes esfuerzos, domina con sus súbditos, que 
son propietarios del suelo, casi todo el Norte de la 
República: en toda esa zona, hasta el idioma nacional 
casi se ha perdido ya, puesto que es el portugués el 
que se habla con má*^ generalidad. De ahí que en 
nuestras luchas civiles hayamos visto a los partidos 
orientales necesitando del concurso de jefes brasileños 
para poner en movimiento a fuertes divisiones del 
Norte de la República, compuestas en realidad, no de 
orientales, sino de brasileños, que, aun cuando hayan 
nacido en nuestro territorio, conservan el idioma, las 
costumbres y el amor a la patria de sus padres, que es 
la suya también, aunque no hayan nacido en ella, ya 
que para conservarles hasta la nacionalidad, han ido 
a bautizarlos en las parroquias brasileñas de la fron- 
tera. £n esas condiciones, que se produzca un confhcto 
armado entre el Brasil y la República Argentina, en 
el que forzosamente tendremos que tomar parte, y el 
Norte de la República será brasileño de hecho, por 
más esfuerzos que hagamos para impedirlo. La con- 
quista pacífica de esa zona de la Repúbhca, realizada 
por medio del capital y del trabajo, ha venido operán- 
dose desde hace tiempo, sin que ni las autoridades ni 
el pueblo oriental hayan sabido impedirla. 



[149] 



JOSE PXDSO VARELA 



Por Otra parte, las nacionalidades débiles y peque- 
ñas tienen que reposar, para la conservación de su 

independencia, en el respeto que inspiren por la re- 
gularidad de sus procederes. En el estado actual de las 
sociedades humanas no hay más que dos medios para 
las naciones, de hacerse respetar: uno, la fuerza; el 
otro, la estimación que sepan conquistarse en el 
mundo por su industria, por su inleligrencia, por su 
moralidad. A nuestro juicio, la tendencia de la época 
moderna es reunir ambas condiciones en cada nación, 
de manera que las pequeñas nacionalidades vayan fun- 
diéndose en grandes confederaciones, capaces de ha- 
cerse respetar por la fuerza, cuando la regularidad 
de los procederes no baste a asegurarles el respeto de 
los demás: pero, cualesquiera que sean las opiniones 
que se tengan a ese respecto, nadie negará que es con- 
trario a la razón pretender que se puede ser débil y 
turbulento y anárquico, y a la vez propiciarse las sim- 
patías de los fuertes, lo bastante para que ellas nos 
sirvan de protección. 

No hay que olvidar tampoco que una tercera parte, 
a lo menos, de nuestra población es extranjera; extra- 
ña en consecuencia a la nacionalidad, y que sólo aspi* 
ra a gozar de tranquilidad y garantías bastantes para 
que su industria y su trabajo puedan ejercitarse libre- 
mente. ¿Hay algún espíritu serio que dude siquiera, 
de que esa tercera parte de nuestra población, lejos 
de contrariarla vería con guato la desaparición de 
nuestra nacionalidad, si ella había de traer consigo la 
desaparición de nuestra interminable anarquía? Y pese 
al desdén con que por muchos de los hijos de este 
país se miran las opiniones del núcleo extranjero, 
son ellas, sin embargo, las que sirven principalmente 
para que las demás naciones formen su juicio con 



[150] 



LA LEGISLACION ESCOLAR 



respecto a nosotros y a nuestra nacionalidad. Hay más 
aún: «La Inglaterra, la Francia y la Italia, dice Mr. 
Daíreaux, autorizando a los Estados sudamericanos a 
mantener en bus territorios agentes de inmigración sin 
vigilancia, no trabando en nada en sus mercados fi- 
nancieros los empréstitos, que son el recurso ordinario 
de sus gobiernos, son, por el hecho, partes contratantes 
de una convención tácita que obliga a esos Estados 
transoceánicos a responder de la seguridad de los in- 
dividuos que en provecho suyo han separado de la 
madre patria, y a no comprometer en empresas locas 
los capitales tomados en préstamo para obras de pro- 
greso. Kse contrato el día en que deje de ser fielmente 
ejecutado, impone a los viejos Estados que han engen- 
drado esas jóvenes repúblicas, el deber de intervenir 
y de impedir nefastos conflictos, por su influencia mo- 
ral y la autoridad que les confiere su grandeza mate- 
nal», ^ Esas ideas que empiezan a germinar en Europa 
y que han de ir acentuándose a medida que sea mayor 
el número de individuos y de capitales extranjeros que 
se hallen comprometidos en la suerte de los pueblos 
sudamericanos, aumentan los peligros que para núes- 
tra nacionalidad entraña el porvenir, si persistimos en 
la funesta vía que hemos seguido desde que nos hici- 
mos independientes. 

Dominan, sin embargo, errores al tratar entre no- 
sotros esta cuestión, que es conveniente poner a dea> 
cubierto. No es raro encontrar personas que recono- 
ciendo la verdad de observaciones semejantes a las 
que acabamos de formular, creen, sin embargo, que 
la desaparición de nuestra nacionalidad es un hecho 
casi imposible, porque el tiempo la ha consagrado ya 



1. Revue lie» Deux Mondet, 19 de octübr« d» 1875. 



[131] 



JOSE PEDRO VARELA 



bastante para hacerla indestructible por una parte, y 
por la otra, porque en relación a la de aquellos que 
pudieran aTrebatámosla, nuestra fuerza es bastante 
para que pudiéramos defenderla con éxito: tanto más 
cuanto que lejos de aumentarla, el porvenir disminuirá 
la diferencia de poder que hay entre nuestros vecinos 
y nosotros. 

La primera observación carece absolutamente de 
fundamento. Cincuenta años de una vida enfermiza, 
en la que a cada paso se han producido hechos, que 
lejos de servir para robustecerlo, han servido para 
relajar el sentimiento patrio, no son bastantes a con- 
sagrar por el tiempo la vida de una nación indepen- 
diente. Sin necesidad de remontarse a tiempos más le- 
janos, en los que se han visto ir desapareciendo suce- 
sivamente todas las pequeñas nacionalidades que cons- 
tituyeron antes lo que son hoy las grandes naciones 
europeas, hemos visto en nuestros días a la Italia re- 
construí endose en una sola nación después que las 
pequeñas nacionalidades italianas se habían conser- 
vado independientes durante largos siglos: el mismo 
fenómeno se ha producido en la Alemania. ¿Por qué 
suponer entonces que sería imposible, a causa del tiem- 
po transcurrido, que se produjera en estos países un 
hecho semejante? 

En cuanto a que tenemos fuerza bastante para ha- 
cernos respetar por nosotros mismos, para creerlo es 
necesario ser de aquellos que se figuran que los orien- 
tales son los hombres más valientes que hay &ohre la 
superficie de la tierra: y para hacer innecesario hasta 
el entrar en apreciaciones a ese respecto, es sabido 
que con los progresos realÍ2ados, especialmente en los 
últimos tiempos, la guerra no es ya cuestión de valor, 
sino de dmero y de inteligencia. Las celebérrimas lan- 



[152] 



LA LEGISLACION ESCOLAS 



zas de Ituzaingó de nada servirían ahora con los fusi- 
les Remington y los cañones Krupp. 

Por último, nada hay que autorice a suponer tam- 
poco que nuestro progreso será más rápido que el de 
nuestros vecinos. No ofrecemos al inmigrante que Ue- 
gSL a nuestras playas ni un clima más agradable, ni 
un suelo más fértil, ni más variedad en las produc- 
ciones que las que le ofrecen el Brasil y la República 
Argentina; por el contrarío, ambos países tienen en 
su dilatada extensión mayores beneficios naturales que 
aquellos de que nosotros gozamos, y la tranquilidad 
no alterada del Brasil y mucho más estable en la Re- 
piíblica Argentina que entre nosotros, autoriza a creer 
que nuestro crecimiento será, como hasta ahora, cuan- 
do más rápido como el de nuestros vecinos. 

Si, pues, continuásemos como hasta aquí en una 
anarquía constante, debe suponerse y esperarse que, 
asi por interés propio, como por satisfacer ambiciones 
mal dormidas aún, nuestros vecinos, relativamente po- 
derosos, han de hacer esfuerzos para atentar contra 
nuestra nacionalidad, mientras que las naciones eu- 
ropeas, a quienes nos ligan estrechas relaciones comer- 
ciales, verán con satisfacción, en vez de contrariarla, 
la desaparición de una nacionalidad enfermiza que 
compromete a cada paso la fortuna y eí bienestar de 
aquellos de sus hijos que vienen a nuestras playas o 
que mantienen relaciones con nosotros. 

En cuanto a loa peligros que nos amenazan en común 
con los demás pueblos que hablan nuestro idioma, no 
por ser remotos son menos efectivos, ni deben alarmar 
menos a todo el que sepa apreciar las relaciones inva- 
riables que ligan a los efectos con las causas que los 
producen. Kstas existen, obrando activamente, y aun 
cuando sus efectos se produzcan con relativa lentitud. 



JOSE P£DIlO VARELA 



no por eso dejan de producirse y continuarán pro- 
duciéndose mientras subsistan las causas generadoras. 
La necesidad de que los pueblos de habla castellana 
salgan del marasmo en que viven, P^^^ evitar que Ies 
toque la suerte de la Grecia, es tan evidente que, casi 
no necesita demostrarse; pero llevando la mirada más 
allá de ese mal existente y del que nos hemos ocupado 
ya en el capítulo XXIX de La Educación del Pueblo, 
vamos a indicar ima cuestión de la mayor gravedad, 
sin pretender resolverla, reaccionando, sin embargo, al 
hacerlo, contra errores bastante arraigados para que 
hayan sido elevados a la categoría de incontestables 
verdades. 

Partiendo de bases falsas y formulando afirmaciones 
sin fundamento, hase creído y créese aún generalmente 
entre nosotros en la perfecta igualdad de las razas 
humanas y como consecuencia, en su igualdad de ap- 
titudes para seguir con el mismo vigor todas las eta- 
pas del progreso. La falsedad de esa afirmación y de 
esa doctrina, ha podido demostrarse con cifras res- 
pecto a los indios. El hecho es bastante curioso y no- 
table para que, a pesar de su extensión, creamos con- 
veniente traducir los siguientes informes: 

«Es sólo por efecto de una ley general de la natu- 
raleza, dice Mr. Simonin, ^ que los salvajes de las pra- 
deras se extinguen ante la invasión del hombre civi- 
lizado. Este no lleva a ellas muy a menudo ningún 
espíritu de dominación, de sometimiento, de crueldad. 
No quiero inocentar a nadie: sé que la colonización no 
siempre se ha hecho de una manera pacífica por el 
anglo- americano: el francés, el español, sobre todo en 
los primeros tiempos de la conquista, no han sido más 



1. Les demier* Peavx-ronígea, Paria 1B79. 



[154] 



LA LEGISLACION ESCOLAB 



dulces que aquél. Puede leerse lo que Charlevoix y 
otros antiguos autores han escrito sobre nuestra colo- 
nización en tomo de los grandes lagos, y a lo largo 
del San Lorenzo y del Mississipi. En cuanto a los espa- 
ñoles, sus historiadores nos han contado lo que ellos 
hicieron en Méjico y el Perú; y las crueldades que 
acompañaron la muerte de Atahualpa y de Motezuma, 
eterno oprobio del nombre de Fizarro y de Cortés, no 
han sido igualadas por ninguna otra raza de coloni- 
zadores. Sin embargo, esos no son más, en cierto modo, 
que actos de salvajismo individual, que pueden opo- 
nerse a los de los indios mismos. £s necesario btiscai 
en otra parte la causa de la desaparición gradual de 
los Pieles Rojas, y esa causa no puede ser sino la lucha 
por la existencia, que en el mismo medio hace desapa- 
recer fatalmente la especie más débil ante la especie 
mejor dotada, la especie que no trabaja, ante aquella 
que trabaja, la especie, en fin, que tiene necesidad 
para vivir de una extensión demasiado grande de terri- 
torio, ante aquella a la que le basta una extensión re- 
ducida al minimum 

«£1 territorio indio que el Presidente Grant, y antes 
que él los Presidentes Lincoln y Johnson, han escogido 
como lugar de acantonamiento de los salvajes de las 
praderas, está ocupado en parte, desde hace cuarenta 
años, por otras tribus que podrían llamarse las tribus 
mississipianas o apaches, y que en otro tiempo vivían 
principalmente en las partes de la América del Norte, 
donde están hoy los Estados de las Carolinas, Alaba- 
ma, Florida, Georgia, Mississipi, Misourí. Esas tribus 
se han plegado tal vez con más buena voluntad que 
otras al acantonamiento. Los Cherokees y varias otras 
tribus se han civihzado poco a poco, o al menos se 
han amoldado a la vida sedentaria en ese vasto cua- 

[155] 



JOSS PEDRO VARELA 



dro en el que cada tribu distinta tiene su reserv^a. Los 
Cherokees y los Creeks se han hecho notar sobre todo, 
en este pasaje gradual de la vida salvaje a la vida 
policiada. Habitan casas cubiertas, cultivan el suelo, 
ejercen varios oficios, son dóciles a la enseñanza del 
maestro de escuela y del pastor. Un gran número de 
entre ellos sabe leer y escribir. Tienen una imprenta, 
publican libros y un diario. Los Cherokees escriben 
su lengua con caracteres particulares, silábicos o foné- 
ticos, es decir, representando cada uno un sonido com- 
pleto, y que fueron inventados por uno de ellos en 
1830: esos caracteres son en número de setenta y siete. 
Los Cherokees escriben su lengua con los caracteres 
europeos ordinarios: las letras son en número de die- 
cinueve. Los Cherokees y los Creeks han volado cons- 
tituciones calcadas en la de los Kstados Unidos: tienen 
una cámara alta y una cámara baja, la cámara de los 
reyes y la de los guerreros, como dicen los Creeks. En 
fin, esas tribus envían cada año, lo mismo que los 
otros territorios que aún no han sido reconocidos como 
Estados, un delegado a Washington para representar 
su tribu cerca del Congreso y del Gobierno Federal. . . 
Algunos de los Cherokees y de los Creeks han recibido 
una educación completa en San Luis, en Nueva Or- 
leans y en Nueva York; varios son además ricos pro- 
pietarios territoriales y poseen un número de hectá- 
reas cultivadas y de cabezas de ganado que envidia» 
rían muchos de nuestros agricultores. Antes de la gue- 
rra de secesión los Creeks, los Cherokees, los Chactas, 
tenían esclavos negros, como los americanos; se pre- 
tende que fraudulentamente han conservado algunos. 
Este rasgo indica mejor aún que cualquier otro el 
estado de civilización a que han llegado, pero los otros 
Pieles Rojas acantonados en el Territorio Indio no 



[1561 



LEGISLACION ESCOLAR 



parecen absolutamente querer seguir las huellas de sus 
inteligentes predecesores. En 1866 la población del te- 
rritorio indio era estimada en 53.500 individuos... 
Que los indios se resignen a estar acantonados en re- 
ducciones, aun a vivir en medio de los blancos, o que 
persistan obstinadamente en permanecer en el estado 
nómade, el mismo fenómeno tiene lugar: se les ve des- 
aparecer gradualmente. Sin duda las enfermedades, 
principalmente la viruela y la sífilis, el hambre, el 
abuso de los licores fuertes^ del aguardiente, del whisky 
que los salvajes llaman «el agua del Diablo», entran 
por algo en esa desaparición: pero la razón principal 
es siempre esa gran ley natural de la lucha por la exis- 
tencia. Las dos razas, la roja y la blanca, no sabrían 
coexistir la una al lado de la otra: la una, se ha dicho, 
se desarrolla trabajando el suelo, la otra es destruida 
por no querer plegarse a esa cultura. Las cifras que 
marcan la disminución progresiva de la población co- 
briza, hablan por sí solas. En 1866, según un cuadro 
formado por el comisario de los negocios indios en 
Washington, el número de todos los indios que había 
en los Estados Unidos, no comprendiendo a los indios 
ciudadanos de la Unión, o que vivían bajo la protec- 
ción de ciertos Estados, era de 306.475. El mismo nú- 
mero era en 1865 de 307.842. lo que indicaba una di- 
ferencia en menos de 1.367 individuos en un año : pero 
la disminución es aún más rápida. En 1870 el número 
de los indios nómades acantonados había descendido 
a 287.981: comparando esa cifra con la de 1865 se 
nota una pérdida de 19.861 indios en cinco años: sea 
cerca de 4.000 por año. De cualquier modo que se 
agrupen las cifras, esa ley de la disminución progre- 
siva se verifica, aun entre los indios que viven libre- 
mente en medio de los blancos. Asi, en 1860 el número 



[157] 



JOSE PEDRO VABELA 



de indios civilizados se estimaba en 44.201 y en 1865 
había descendido a 39.898; en 1870 no era más que 
de 25.731, lo que indicaba una disminución de 18.470 
indios en diez años, o más de 1.800 por año. En ningún 
Estado, en ningún territorio, por clemente que sea el 
cielo, los indios están al abrigo de esa implacable 
mortalidad que los hiere. Ninguna parte de América 
goza de un clima tan saludable como la California. En 
1852 se estimaba en 32.266 el número de indios civi- 
lizados de ese Estado; en 1860 no era más que de 
17.798; en 1870 de 7.241, disminuyendo así más de 
50 por 100 en cada década : es decir, que a la conclu< 
sión del siglo no habrá en California más que algunos 
centenares dé indios civilizados y, acaso, ya no habrá 
indios nómades. En 1870 el número total de indios 
de California era de 29.025; eia cerca del doble en 
1860. 

«Ese fenómeno va verificándose por todas partes 
desde que los blancos pusieron el pie en América . . . 
Al principio del siglo XVII se estimaba en 2.000.000 
el número de indios esparcidos en toda la superficie 
ocupada hoy por los Estados Unidos; al fin del siglo 
XVIII ese número había descendido ya las tres cuar- 
tas partes, es decir, que no era más de 500.000. Se ha 
visto que había bajado a cerca de 300.000 en 1866 
y a 288.000 en 1870. E&ta disminución progresiva de 
los Pieles Rojas es, pues, en adelante un hecho histó- 
rico que se realiza siguiendo una ley fatal, irresisti- 
ble. . . Algunos han hablado de asimilación, de absor- 
ción lenta, que permitiría al indio fundirse con el 
blanco. Los hechos también son contrarios a esa teo* 
lía. ¿Cuántos Pieles Rojas hemos encontrado en me- 
dio de los blancos en 1870? Ni aun 26.000 y el número 
va disminuyendo de año en año. Hace tres siglos y más 



[158] 



LA LBGISLACION ESCOLIAR 



que los indios asisten a la colonización de su país por 
Io9 europeos; y ninguno se ha aproximado realmente 
al hombre civilizado. Hay entre las dos razas algo 
como una repulsión instintiva^ como una antipatía na- 
tural, que no permite a la una unirse fraternalmente 
a la otra. En toda la extensión de los Estados Unidos 
no se puede citar más que a un solo indio verdadera- 
mente civilizado, es el general Parker, y aún éste es 
mestizo. Lo que sucede con el Piel Roja, tiene también 
lugar con el negro. En todos nuestros viajes no hemos 
oído citar más que un negro realmente instruido, que 
hablara y escriliiera bien: es Leslet Geoffroy, que 
varios criollos vivos aún han conocido. Era de la isla 
de Mauricio, mulato, aunque tuviera la piel y pelo 
negro: entendía en ciencias físicas y naturales, en topo- 
grafía, y fue nombrado miembro corresponsal de la 
Academia de Ciencias de París. Este ejemplo es el 
único de ese género con que pueda argüirae y aún 
nada prueba, puesto que el sujeto era de sangre mez- 
clada. Un sueño tan quimérico como ese de la fusión 
de las razas, es la civilización gradual de los Pieles 
Rojas por el acantonamiento, por la cultura del suelo. 
¿Cuántos de esos Pieles Rojas que han aceptado real- 
mente las reducciones han prosperado algo en ellas? 
Sólo los primeros que se acantonaron hace cuarenta 
años en el territorio indio. Eran entonces tal vez 
100.000; ¿cuántos son hoy? Un poco más de 50.000. 
Todos los otros indios no quieren oír hablar de acan- 
tonamiento . . . Las numerosas pruebas que hemos 
dado sobre el anonadamiento fatal de los Pieles Rojas 
en un límite de tiempo bastante aproximado, son ¡ay! 
fuera de toda duda. Sea que el indio vaya a confinarse 
en los reductos que el hombre blanco le indica, y 
donde encuentra siempre más protección, más abrigo 



[159] 



JOSE PSDRO VARELA 



que en el aislamiento del desierto — sea que persista 
en vivir en el estado nómade, en las praderas, en los 
grandes llanos, en las mesetas elevadas de Utah, de 
Nevada, o de las Montañas Rocallosas — sea en fin 
que viniendo a perderse en medio de los blancos se 
resigne a vivir la vida del hombre civilizado, la ley- 
de su desaparición gradual es por todas partes la mis- 
ma, y todas las etapas que puede tratar de hacer hoy 
hacia otro género de vida, no lo salvarán: es dema» 
eiado tarde». 

Resulta, pues, que allí donde se han recogido infor- 
mes bastantes para poder formar juicio, queda demos- 
trado que esa disminución progresiva de los Pieles 
Rojas es, como lo dice Mr. Simonin, un hecho histó' 
rico que se cumple a despecho de la pretendida iden- 
tidad de las razas humanas. 

Es, si mal no recordamos, Darwin, en la Descen- 
dencia del HombrCy quien afirma que un hecho seme> 
jante ha podido constatarse en los indios de la Poli- 
nesia, entre los que vense poblaciones enteras que des- 
aparecen sin causa aparente, como si la tierra, en sus 
condiciones actuales, no les ofreciera un medio apro- 
piado para su especie. 

En los indios de la América del Norte el hecho se 
produce con caracteres bastante resaltantes para que 
no deje lugar a dudas. ¿Sería absurdo suponer que 
pudiera reproducirse, aunque con caracteres menos 
pronunciados, por causas semejantes, pero no tan ac- 
tivas, entre los pueblos más atrasados de la raza 
blanca? 

<Se sabe, dice Máxime Du Camp, ^ que la Inglaterra 
duplica su población en 52 años, la Frusia en 54 y 

1. París, ses organes, ses fonctwnít sa »ie, par Máxime 
Du Camp, París 1S75, tomo VI. 



[160] 



LA LEGISLACION ESCOLAR 



que para obtener los mismos resultados la Francia 
emplea 198 años. A propósito del último censo, el 
doctor Lagneau leyó en la Academia de Medicina una 
Memoria que debiera dar que pensar: el censo quin- 
quenal precedente, cerrado en 1866, había establecido 
que, en un período de 5 años, la población de la Fran- 
cia habia aumentado de 38 habitantes por cada 10.000, 
lo que ea una proporción muy débil; pero el censo de 
1872 nos reservaba una sorpresa singularmente dolo- 
rosa: nuestra población ha disminuido de 16 por cada 
10.000. En cuanto a la causa de esa natalidad infe- 
rior, Mr. Lagneau no hesita en atribuirla al senti- 
miento de previsión egoísta de los padres. Dios ben- 
dice las familias numerosas, dice un viejo proverbio, 
y "el viejo proverbio tiene razón. Es el crecimiento de 
la población, la confianza en el destino, los que han 
agrandado la fortuna de la Inglaterra y le han per- 
mitido colonizar el mundo: son las mismas causas las 
que han establecido el poder de la Alemania, y las que 
sin empobrecerla, le dejan poblar la América, donde 
hallará tal vez más tarde aliados temibles para la 
Europa». 

Ese vicio de la esterilidad voluntaria, agrega, parece 
esencialmente católico y latino. 

No tenemos datos con respecto a los demás países 
latinos, que nos autoricen a confirmar o rebatir esa 
opinión: sin embargo, el señor don Femando Garrido 
afirma que en 64 años, de 1797 a 1861, la España ha 
tenido un aumento de 50 por ciento de su población. ^ 
Según eso, la España duplicaría su población en 128 
años, o más del doble del tiempo que tardan en obte- 



1, La España ContemporáTiea. 



[1611 



JOaS PEDRO vahbLa 



ner el mismo resultado la Alemania y la Inglaterra. 
Esto confirmaría el juicio de Mr, Du Camp. 

Con respecto a las Repúblicas sudamericanas, y a 
nuestro país especialmente, carecemos absolutamente 
de datos, puesto que los que tenemos se refieren a la 
población total que ha duplicado en menos de quince 
años, pero sin que sepamos lo que en el aumento de 
la población corresponde a los inmigrantes y sus des- 
cendientes. 

A estas observaciones hay que agregar otras no me- 
nos dignas de llamar la atención con respecto a la im- 
potencia colonizadora y expansiva de los pueblos lati- 
nos. La California y los territorios adyacentes perma- 
necieron durante siglos en poder de los españoles y sus 
descendientes sin realizar el más pequeño progreso; y 
en menos de treinta años se han transformado bajo el 
dominio de los anglo- sajones, produciéndose alli el 
mismo fenómeno que se había producido antes en las 
costas del Mississipí. No sólo se conquistaban para la 
civilización territorios conservados hasta entonces en 
el estado salvaje, sino que el primitivo poblador, fran- 
cés o español, ha ido desapareciendo paulatinamente 
ante la invasión civilizadora del colono sajón. 

El mismo contraste se nota cuando las dos razas 
obran aisladamente sin que conflicto alguno se pro- 
duzca. La Francia ha ensayado sin éxito, al menos sin 
éxito relativo, la colonización de la Argelia: las Repú- 
blicas sudamericanas continúan languideciendo en las 
antiguas colonias españolas. Entretanto la Inglaterra, 
en apenas un cuarto de siglo, ha fundado en Australia 
una colonia que puede rivalizar en progresos con las 
más ricas y florecientes de las Repúblicas sudameri- 
canas. Parece, pues, que los hechos demostraran de 
una manera evidente la superioridad de los sajones 



[162] 



LA LEGISLACIOK ESCOLA» 



sobre los latinos como colonizadores. ¿No la habrán 
demostrado, en la Europa misma, en las aptitudes para 
el gobierno libre, para el progreso de la civilización? 
Y si reuninaos en un haz común todas esas observacio- 
nes de detalle, y de las causas aparentes descendemos 
a buscar las causas reales, ¿no llegaremos a encontrar* 
nos con motivos de profunda meditación y de motivada 
alarma para el porvenir de los pueblos latinos, y espe- 
cialmente de los pueblos hispanos, y más especialmente 
aún de los pueblos hisp ano-americanos, que;, en más 
o menos grande escala, han mezclado su sangre con la 
sangre decrépita de las razas aborígenes? 

No respondería al objeto que actualmente nos pro- 
ponemos, ni nos sentimos habilitados para hacerlo con 
el saber que demandaría, el entrar a profundizar estas 
cuestiones; basta a nuestros propósitos el indicarlas 
ligeramente para dejar bosquejado el cuadro que nos 
habíamos propuesto trazar. 

CAPITULO VII 

Remedios al xn a 1 

Contando con la credulidad de la ignorancia, los 
curanderos pregonan específicos con los que, según 
ellos, se curan todas las enfermedades, y se hace de 
este mundo de sufrimientos y miserias, un edén de 
inalterable felicidad. A menudo sucede lo mismo en 
las enfermedades sociales. Los políticos y los soñado- 
res propinan a cada paso medios infalibles, destina- 
dos a hacer desaparecer todos los males. Pero a las 
divagaciones y las especulaciones de éstos y aquéllos, 



[163] 



J09B PEDRO VAItXLA 



la esencia misma de la naturaleza humana opone ba- 
rreras insalvables. 

Los males sociales, por su misma complejidad, por 
la diversidad de formas con que se presentan y por la 
multiplicidad de órganos que afectan, demandan para 
su curación la acción conjunta de diversos procederes 
armónicos. Todo es solidario en el desarrollo de la 
existencia social, y por eso, persiguen una falaz qui- 
mera lüs que suponen que basta realizar esfuerzos en 
este o aquel sentido, permaneciendo inactivas u obran- 
do contrariamente las demás fuerzas sociales, para 
obtener transformaciones radicales. 

Reconociéndolo» no incurriremos nosotros en el error 
de atribuir a la instrucción del pueblo, y menos aún 
a un proyecto de ley de educación, el poder misterioso 
que la fe religiosa atribuye a la absolución sacerdotal. 

Indudablemente la difusión de la instrucción a todos 
los miembros de la comunidad haría desaparecer mu- 
chas de las causas de nuestro malestar social, y el 
mejoramiento de la educación de todos transformaría 
radicalmente las condiciones sociales; pero para conse- 
guir este resultado que es el esencial, es necesario un 
concurso de esfuerzos armónicos que no as de esperar 
se realicen por el momento, si son exactas las causas 
que hemos asignado a nuestro estado actual. Las gene- 
raciones actuales son las que educan a las generaciones 
futuras, y cuando aquéllas adolecen de faltas y vicios^ 
la educación que proporcionan es defectuosa y viciosa. 
Para obtener resultados sensibles y notables, hay que 
contar con la acción del tiempo y con el esfuerzo suce- 
sivo de varias generaciones. No ofrecería dificultades 
el progreso social, ni el hombre estaría condenado a 
una lucha constante, si todo consistiera en dictar y 
proclamar una ley: aun el más desgraciado de los pue- 



[164] 



I.A LEGISLACION ESCOLAR 



blos encontraría siempre, en una serie de años, algún 
buen gobernante que dictara esa ley salvadora y resol- 
vieia para siempie el problema. Pero la lazón y la 
experiencia han condenado ya de una manera evidente 
esa ilusión de los soñadores del siglo XVIII. Las trans- 
formaciones sociales no se realizan con una ley, sino 
con una serie de esfuerzos sucesivos hechos por una, 
y en muchos cdtos por varias generaciones. 

Sin embargo, en la vía del mejoramiento social el 
planteamiento de un buen sistema de instrucción pú- 
blica es uno de los más activos motores; y asi como 
puede asegurarse que sus lesultados serán siempre re* 
lativamente ineficaces mientras en las otras esferas de 
la actividad social continúen obrando las causas co* 
rmptoras, puede afirmarse también que ni los pueblos 
ni los gobiernos podrán realizar nunca reformas que 
tengan alguna importancia sin el auxilio de un buen 
sistema de instrucción pública. 

Asi, la Piusia después de los desastres sufridos a 
principios de este siglo, cuando los ejércitos franceses 
invadieron la nación después de aniquilarla, reorganizó 
su sistema de escuelas y buscó en la educación del 
pueblo, el medio de reparar las pérdidas sufridas, de 
hacer frente a las dificultades que la agobiaban, y de 
prepararse para las complicadas eventualidades del 
porvenir. 

Es también la instrucción del pueblo la que salvó 
a Id Inglaterra de una inminente bancarrota en el pri- 
mer cuarto de este siglo. La prolongada e implacable 
lucha sostenida por la Liglatena contra Napoleón, de- 
mandándole continuados y enormes sacrificios, había 
agotado sus fuerzas y sus recursos, y a la terminación 
del titánico combate, encontróse en presencia de una 
situación económica y financiera que los elementos de 



C165] 



toa» PSDBO VABILA 



que hasta entonces disponía, no hubieran podido sal- 
var. Salváronla, sin embargo, lo$ pasmosos progresos 
industriales realizados por la Gran Bretaña: con ellos 
aumentaron sus recursos, su riqueza, y asi el caudal 
científico y laborioso atesorado por loa hábitos secu- 
lares de la nación inglesa, vino a salvarla de una situa- 
ción desesperante que los más hábiles hombres de 
Estado no habrían sabido conjurar. £n la misma ins- 
trucción pública, a pesar del sistema defectuoso y de- 
ficiente que regía en Inglaterra hasta 1870, los pro- 
gresos no habían sido pequeños ni el Estado había 
dejado de tomar parte activa en ellos. «De 100.000 
pesos la cifra de laa subvenciones a las escuelas se ele- 
vó en menos de treinta años a 5 ;000.000». ^ 

Los Estados Unidos, tras de su terrible guerra civil, 
duplicaron los esfuerzos que habían realizado hasta 
entonces para difundir y mejorar la educación del pue- 
blo, buscando en esa gran fuente de producción y de 
fuerza social los medios de compensar las pérdidas 
sufridas. 

Por último, la Francia después de sus recientes de- 
rrotas, parece despertarse del sueño de orgullo en que 
se hallaba sumergida, y encontrarse dispuesta a bus- 
car en la instrucción, difundida profusamente al pue- 
blo, un bálsamo a sus dolores y una grata esperanza 
para el porvenir. 

La Rusia misma, en presencia de los progresos y 
las transformaciones sufridas por las grandes naciones 
de la Europa, y después de la derrota de la guerra de 
Crimea, ha comprendido también que el porvenir y la 
fuerza de las naciones no está en el número de sus ha- 
bitantes sino en la instrucción de que gocen esos mis- 



1 H. Spencer. — La sdence socioht. 



LA LEGISXiACION ESCOLAB 



mos habitantes y no es por cierto en el vasto imperio 
europeo-asiático donde menos notables son loa esfuer- 
zos que se hacen, actualmente, para que el rayo hené* 
fico de la instrucción alcance hasta a los que eran, 
ayer no más, infelices siervos. 

Los ejemplos son, pues, convincentes y elocuentes: 
ciegos son aquellos que no quieren verlos. 

Para resolver la crisis económica, liemos dicho, te- 
nemos que producir más o que consumir menos: o bien, 
que hacer las dos cosas a la vez, que consumir menos 
y producir más. Pero, ¿cómo conseguir ese resultado? 
Aumentando la capacidad productora del país por la 
difusión de la instrucción a todos los habitantes, y au- 
mentando por el mejoramiento de la educación el do- 
minio de la inteligencia sobre las pasiones. En la rea- 
lización de esa obra, la escuela tendrá una parte muy 
principal, aunque no exclusiva: educan e instruyen 
también la familia, la sociedad, la ley, todo. Por eso 
los resultados de la escuela serán siempre, relativa- 
mente escasos, mientras no la auxilien todos los otros 
medios educadores; y con éstos, por mucho tiempo al 
menos, sería quimérico contar. Lo mismo puede y debe 
decirse de la crisis política: para destruir la ignoran- 
cia de las campañas y el extravio de las clases ilustra- 
das, el medio más eficaz, aunque no el único, será la 
escuela pública, la escuela común, al alcance de todos 
y a la que todos concurran. 

No queremos extendernos en consideraciones a ese 
respecto, puesto que son esas, materias de que nos he- 
mos ocupado ya detenidamente en la primera parte de 
nuestra obra La Educación del Pueblo. 

En cuanto a los peligros de que estamos amenaza- 
dos, y que liemos indicado ligeramente en el capitulo 
anterior, es para conjurarlos que con más actividad 



[167] 



JOSE PEDRO VARELA 



puede concurrir la difu5Íóu de la instrucción y de la 
educación en el i^uehlo. 

Es una apreciación torpe la que se hace ruando se 
cuenta la vitalidad de Ia<í naciones por el número de 
seres con figura hiiixiana quó hay, considerando a cada 
uno de ellos, cualesquiera que sean sus condir jones, 
como una nueva cifra que debe agregarse. Cuando de 
tal manera se procede se suman, en realidad, canti- 
dades heterogéneas. Como ciudadano, como produc- 
tor y como ser social* hay una gran diferencia entre 
el hombre civilizado y el salvaje —las diferencias, 
aunque menos sensibles y menos acentuadas, no por 
eso dejan de existir en el seno de las comunidades 
civilizadas, entre el hombre instruido y el hombre ig- 
norante. Este, como ciudadano, lejos de favorecer la 
marcha regular del Estado, la entorpece: como produc- 
tor, es incapaz de utilizar la<? inpentes fuerzas natura- 
les que la industria moderna ha sabido dominar, y en 
consecuencia, no sabe producir más que el mínimum 
de lo que produce la persona humana dedicada al tra- 
bajo. Más trabajo y mejor que el que hacen mil agri- 
cultores en nuestra campaña aiando mal, sembrando 
y segando a mano, harían cien colonos suizos, alema- 
nes o yankis, con ayuda de máqumas y siguiendo 
procederes agrícolas pcifeucionados. En cualquier ramo 
de la industria o del trabajo humano sucederá lo mis- 
mo. Como ser social el hombre ignorante constituye 
mal la familia, la hace crecer en la ignorancia, en la 
pobreza, y muy a menucio en el vicio: esto sin contar 
lo que acorta el término medio de la vida de los que 
de él dependen con la torpeza de sus procederes. Así, 
para apreciar con exactitud las fuerzas verdaderas de 
una nación, debieran contarse separadamente los ins- 
truido? y los ignorantes, apreciando más bien que la 



[168] 



LA LEGISLACION ESCOIíAB 



suma de individuos la suma de inteligencia y de saber 
que la nación representase. Ya que esto no se hace 
dando por resultado el que las cifras de la población 
sean engañosas o mudas, para el que quiere apreciar 
las fuerzas vivas de una nación, necesario es reconocer 
al menos que así la experiencia como la razón, de- 
muestran de una manera evidente, que en número 
igual, es más rica, más fuerte y más feliz una pobla- 
ción instruida que otra ignorante. 

Si esto es exacto, tratándose de un pueblo cuya 
masa se conser\'a en la ignorancia, dos medios se pre- 
sentan de aumentar su poder en todo sentido: uno au- 
mentar su población conservándola en las mismas con- 
diciones; otro educar esa masa popular que se conser- 
vaba en la ignorancia. £n los países como el nuestro, 
y como las demás naciones americanas, es el primer 
medio el que ha tratado de empleadse siempre, bus- 
cando atraer la inmigración; pero sólo los Estados 
Unidos han comprendido que el segundo era tanto si 
no más eficaz que el primero, y que el desiderátum 
para los pueblos jóvenes debiera ser emplear ambos 
a la vez. 

Como lo hemos hecho notar ya, no hay por qué su- 
poner que la inmigración añuya más a nuestras playas 
que a la República Argentina o al Brasil: siguiendo, 
pues, un progreso igual nos conservaríamos siempre 
en la misma relación que guardamos ahora; pero esa 
relación podríamos alterarla radicalmente si, realizan- 
do inteligentes esfuerzos, difundiéramos la educación 
en nuestro país lo bastante para convertir en elemen- 
tos de trabajo, de prosperidad y de fuerza la masa de 
nuestra población que se conserva en un deplorable 
estado de ignorancia, y concurre apenas a la produc- 



tl69] 



JOSE PEDRO VABELA 



ción material del país, sin concurrir en lo más mínimo 
a la creación del poder intelectual de la nación. 

¿No se ciee que otra y muy diversa sería nuestra 
posición con respecto a nuestros vecinos, si en vez de 
ser tan ignorante como lo es, nuestro pueblo fuese tan 
educado como el suizo, el yanki, o el alemán? Loa 
500.000 habitantes que tiene la República, ¿no pesariaji 
con tñple o cuádruple poder en la balanza de los pue- 
blos americanos si, con una inteligencia cultivada por 
la instrucción, explotaran todas las riquezas de nues- 
tro suelo, y se apropiaran todas las conquistas de la 
industria moderna, y pusieran en juego todas las fuer- 
zas que proporcionan el estudio, el saber, la ciencia? 

Es un sueño tal vez, que no nos será dado ver reali- 
zarse en nuestros días, si acaso nunca, pero que, sin 
embargo, acariciamos en nuestro espíritu, consagrán- 
dole nuestros más decididos esfuerzos; es un sueño tal 
vez, pero un sueño digno del más legítimo patriotismo, 
el que nos hace ver en el porvenir de nuestro país, 
pequeño por el número de sus habitantes, y aun por 
la extensión de su territorio, pero marchando al frente 
de los pueblos que hablan nuestro idioma, por su ins- 
trucción, por su saber, por su laboriosidad, por su 
industria, y contribuyendo activa y poderosamente a 
salvar nuestro idioma, nuestras costumbres buenas, y 
aun nuestra raza, de una ruina inevitable, a que está 
condenada si todos, los grandes y los pequeños, con- 
tinuamos devorándonos los unos a los otros, sumidos 
en la ignorancia, impotentes para resistir a la absor- 
ción lenta pero gradual y constante que otras razas, 
vigorizadas por el saber y el estudio, van operando en 
la nuestra. 

PIN DE LA PRIMERA PARTE 



[170] 



SEGUNDA PARTE 
PRINCIPIOS GENERALES 



CAPITULO VIII 

La acción del Estado y la acción local 

La idea de educar al pueblo, haciendo que la edu- 
cación alcance a todos los iriembros <le la comunidad, 
sin distinción de clases ni de posicicnes, de nombres 
ni de fortunas, es una idea esencialmente democráti- 
ca, ya que presupone la igualdad originaria del hom- 
bre, y que, si no explícita, implícitamente revela la 
tendencia de recorocerle también los mismos derechos. 
£1 gran nivelador en nuestra época, no es, ni las de- 
claraciones de derechos del hombre, ni las divagacio- 
nes socialistas, ni la barbarie civilizada de la comuna: 
es la instrucción. Ante el hecho evidente, las negacio- 
nes del error no pueden menos de reconocerse venci- 
das, aunque tarden a veces en confesarlo. Y es esto 
lo que en las sociedades modernas ha sucedido con 
respecto a la igualdad de los hombres, gracias a los 
progresos de las ciencias y a la difusión de las luces. 
Podrá la legislación positiva establecer autoritaria- 
mente lo que quiera: podrá el orgullo necio de la ig- 
norancia pavonearse al sol de sus propias adulaciones; 
pero no por eso dejarán de haber constatado los estu- 
dios científicos la igualdad natural de los miembros 
de cada una de las razas humanas, y la igualdad ori- 
ginaria de aptitudes para el mejoramiento y el pro- 
greso de todos los individuos de la raza blanca. La 
aristocracia de la sangre tiene que quemar sus per- 
gaminos ante las observaciones de la anatomía y la 
fisiología: la aristocracia de la inteligeDcia y del bb- 



[173] 



JOSE PEDHO VARELA 



ber tiene que quemarlos ante las ciencias morales y la 
escuela. Ningún espíritu ilustrado pretendería sostener 
hoy que los descendientes de Alarico, de Juan sin Tie- 
rra o de Fernando el Católico, son superiores a Fran- 
klin ; pero hasta no hace muchos años, algunos siglos 
apenas, atríbuiase la elevación en la escala social de 
los miembros del estado llano a excepciones de la re- 
gla, a fenómenos producidos por la Naturaleza. £1 que 
aquí y allí apareciese un hombre notable salido de las 
filas del pueblo no destruía la regla de que el pueblo 
era inferior a las clases privilegiadas; al contrario, 
confirmaba esa misma regla, con las excepciones, ya 
que se atribuía a desigualdades naturales lo que era 
resultado de una organización artificial, por largos si- 
glos continuada. Pero en los últimos tiempos, como 
consecuencia natural de causas diversas, que no tene- 
mos para qué estudiar aquí, hemos visto, gracias a los 
progresos de la ciencia y a la educación difundida a 
todos, destruido el baluarte donde las castas privile- 
giadas se amurallaban. Es un hecho producido y de- 
mostrado ya a la evidencia, que el gobierno del mundo 
está reservado, en un porvenir no lejano tal vez, prin- 
cipalmente al saber y a la inteligencia, no de algunos 
pocos privilegiados, sino de la masa general del pue- 
blo. Los bárbaros, cualquiera que sea su orgullo, su 
origen y sus aspiraciones, están condenados a ver su 
imperio derrumbado al polpe constante y certero de 
la ciencia; y los bárbaros son no sólo los que invadían 
hace siglos la Europa, o los que aún hoy luchan en los 
desiertos de la América, sino también los que en el 
seno de las sociedades modernas conservan la igno- 
rancia del salvajismo, sus preocupaciones y su atraso. 
La idea de barbarie es relativa: bárbaros eran para 

[174] 



-LA I^EGISLAdON ESCOLAR 



loa habitantes de Roma los compañeros de Atila, y 
bárbaros eran para éste los pueblos que se perdían en 
las profundidades del Asia; bárbaros son hoy para las 
sociedades cristianas los pueblos primitivos del Orien- 
te, y bárbaros son a su vez para los hombres del 
Oriente los habitantes del interior del Africa. La barba- 
rie es, pues, un estado de ignorancia que está muy 
abajo del nivel a que se halla aquel que de barbarie 
la califica. ¡Y bien! ¿quién podría afirmar que, en 
pleno siglo XIX, en presencia del vapor y del telé- 
grafo, del sufragio y de la prensa libre, no hay bár- 
baros, por ejemplo, en Inglaterra, que no los hay en 
España? Mr- I. Kay, comisionado por la Universidad 
de Cambridge para estudiar la condición de las clases 
pobres en Inglaterra, dice, en una obra publicada hace 
algunos años: «No puede uno dirigirse a un paisano 
inglés sin sentirse chocado por la oscuridad que lo 
rodea. No hay vida en sus ojos ni inteligencia en su 
apostura. Toda su expresión es más la de un animal 
que la de un hombre: le falta también la alta e inde- 
pendiente distinción del hombre... Viven precisa- 
mente como brutos para satisfacer hasta donde sus me- 
dios lo permitan los apetitos de sus cuerpos incultíva- 
dos, y morir después, sin que jamás hayan pensado o 
se hayan preocupado de saber a dónde van. Crecidos 
en las tinieblas de la barbarie ... no tienen ideas cla- 
ras, definidas y definibles de todo lo que les rodea; 
comen, beben, se reproducen, trabajan y mueren, y, 
mientras pasan aquí una existencia semejante a la de 
los brutos, las clases más ricas e inteligentes se ven 
obligadas a guardarse de ellos con policías y ejércitos 
permanentes, y a cubrir la tierra de prisiones, peni- 
tenciarías y todo género de receptáculos para los per- 



[175] 



JOSE PEDRO VAHEX.A 



petradores del crimen». «Si el hombre ignorante, ob- 
serva Horacio Maiin, no sabe con respecto a cualquier 
arle dado o ramo de los negocios, más que lo que ae 
sabia generalmente en el últmio siglo, ese hombre per- 
tenece al siglo pa&ado, y tiene que consentir en verse 
sobrepujado por los que poseen las luces y conocimien- 
tos del presente». Acaso, por la misma razón de que es 
en Inglaterra donde con más resaltantes caracteres se 
presenta la ignorancia de las clases bajas, la nobleza 
inglesa parece ser, entre las aristocracias europeas, la 
que con más vigor ha reconocido esa supremacía de 
la ilustración y de la inteligencia. Desde largo tiempo 
la clase noble, en Inglaterra se afana por conservar 
en su país la dirección de los negocios públicos, teóri- 
camente en nombre de los privilegios de una casta, pero 
real, prácticamente en nombre de su mayor ilustra- 
ción, de su inteligencia, de su mayor capacidad. Toda- 
vía es allí un grande auxiliar el título, la familia, el 
origen; pero todas esas ventajas reunidas, son inefica- 
ces si a ellas no se une una ilustración y una inteli- 
gencia reconocidas. El saber, la instrucción, han hecho 
sentir su invencible influencia hasta en el seno de la 
más orgullosa de las aristocracias europeas: y el mismo 
fenómeno se reproduce en todas partes, con caracte- 
res más o menos pronunciados. 

Entre nosotros la constitución política, el sistema de 
gobierno que hemos adoptado, y los principios y doc- 
trinas que a éste y a aquélla sirven de base, reconocen 
la igualdad de todos los hombres, no sólo en su orí- 
gen, sino también en sus derechos, y buscan en conse- 
cuencia en el pueblo la fuente del progreso, de la 
prosperidad y de la conservación de la patria. Pero 
si hemos consignado los buenos principios en las le- 



[176] 



U. UGISLACION ESCOLAR 



yes, en muclios casos nos hemos olvidado o no hemos 
sabido bien, llevarlos a la práctica* resultando de ahi 
esas anomalías chocantes que a cada pago se presen- 
tan a los ojos de todos los que se detienen a observar 
un momento siquiera, los hechos que se producen en 
la práctica, comparándolos con las doctrinas a que, 
oficialmente, deben responder. 

Acaso en ninguna materia ea más evidente el con- 
traste entre lo que se hace, y lo que, con arreglo a 
las doctrinas que rigen nuestra organización política, 
debiera hacerse, que en lo que se refiere a la educa- 
ción del pueblo. £1 elemento democrático, el pueblo, si 
bien es el que recibe loa beneficios de la escasa y de- 
ficiente educación que gratuitamente se le ofrece por 
el Estado, no tiene intervención alguna en la adminis- 
tración de la escuela, en la designación del maestro, 
en la elección del local, en la extensión y materia de 
los estudios, en el nombramiento de las autoridades 
escolares, ni en nada, en fin, de lo que con la educa- 
ción pública se relaciona. El Estado hace las veces 
de un filántropo ilustrado que destinase una parte de 
su fortuna a dar educación a los hijos de las clases 
menesterosas del pueblo; pero sin llamar a éste a parti- 
cipar de la dirección de los negocios escolares. De aquí 
resulta que el pueblo no considera la educación pú* 
blica como obra suya; que la mira con indiferencia, 
viéndola progresar sin entusiasmo, o langoidecei sin 
dolor. 

En las extremidades, dos sistemas opuestos se pre- 
sentan con respecto a los medios de organizar la ins- 
trucción pública. Uno que confía todo al Estado: y 
es éste el que, por las leyes, está en vigencia en la 
República Oriental, aun cuando en la práctica esté no- 



[177] 



JOSE PEDRO VABSLA 



tablemente modificado: y otro el que aplica a la edu- 
cación del pueblo la célebre máxima proclamada como 
regla por la escuela fisiocrática para el desarrollo de 
los fenómenos económicos: c Dejad pasar, dejad ha- 
cer» ; es decir, que el pueblo por inspiración y esfuerzo 
propio haga lo que juzgue más conveniente, sin que 
para nada intervenga el poder público. Entre esos dos 
sistemaa está el que pudiera llamarse mixto, puesto 
que combina lo bueno de los dos, armonizando la 
acción del Estado con la iniciatiTa individual. 

Por muy ilustrada, afanosa e inteligente que sea la 
administración del Estado, será siempre ineficaz e im- 
potente para hacer por sí sola que la educación alcance 
a todos los miembros de la comunidad. Centralizada 
la administración escolar, la dirección superior estará 
confiada sea a una persona como jefe de la instrucción 
pública, o sea a una corporación compuesta de varios 
miembros; pero forzosamente, por la misma natura- 
leza de las cosas, la acción directa de ese centro tiene 
que hallarse limitada a una zona relativamente peque- 
ña; más allá de ese limite la obra escolar queda con- 
fiada a una legión de empleados, encargados de des- 
empeñar las funciones más graves puesto que deben 
formar la inteligencia de la juventud, y que ee halla- 
rán entregados, sin embargo, a los dictados de su pro- 
pia conciencia individual, habiendo sido designados, 
algo, ya que no del todo, al acaso. La Dirección tiene 
que concretarse a dictar reglas generales: programas 
de instrucción que persigan el quimérico sueño de ser 
igualmente adaptables a todas las escuelas; nombra- 
.mientos de maestros para ir a regentar una escuela 
determinada, sin que se tenga, sin embargo, conoci- 
miento exacto de las necesidades de esa misma escuela. 



[1781 



LEGISLACION XSCOLAB 



y se sepa, en consecuencia, si el preceptor que se nom- 
bra estará bien allí, o estaría mejor en otra parte; 
creación de escuelas arbitrariamente, respondiendo a 
las influencias que con más eficacia se hacen sentir 
cerca de la administración central, por causas más o 
menos legítimas; y sobre todo esto, las inspiraciones 
de un hombre o de una corporación, modelando a su 
antojo la educación del pueblo y obligando a todas 
las inteligencias consagradas a esa tarea a encuadrarse, 
de buena o de mala gana, dentro de los limites arbi* 
trariamente señalados por la Dirección. 

Observando con alguna detención e imparcialidad 
la tarea que es necesario realizar en nuestro país, y los 
medios que para conseguirlo hay que emplear, fácil es 
convencerse de la impotencia de una administración 
centralizada, por hábil y afanosa que sea. 

Una población de 480 a 500.000 habitantes se espar- 
ce sobre una superficie de más de 60.000 millas cua- 
dradas: hay que ir a buscar, pues, adonde se encuen- 
tren 80 a 100.000 niños que debieran educarse en 
nuestras escuelas, que obviar los medios de que los pa- 
dres de los niños los envíen a ellas, y, para conseguirlo, 
que hacer de la escuela algo que interese a todos loa 
habitantes de la comunidad, y que les interese viva- 
mente. 

Ni la población se esparce por toda la superficie 
de la República siguiendo un sistema de antemano pre- 
concebido, ni en cada localidad se combina del mismo 
modo la vida social, ni tampoco son iguales las exigen- 
cias de cada punto dado. La escuela que responda a 
las necesidades y pueda mantenerse con éxito en un 
gran centro comercial, difícihnente se podría sostener 
y responder también a las necesidades de una loca- 
lidad pequeña y sin comercio : y las condiciones en que 



[179] 



JOSE PEDRO VARELA 



la escuela rural se organice en los deparlamentos agri- 
cultores, relativamente poblados y ricos, tienen que 
ser distintas de aquellas que se adapten a las exigen- 
cias de los departamentos, pobres y despoblados, que se 
ocupan sólo del pastoreo. Las mismas observaciones 
que pueden y deben aplicarse a las grandes divisioneg 
territoriales, se aplican también a los detalles de cada 
una de ellas, conservando la proporción relativa. Cada 
localidad tiene su fisonomía propia, sus exigencias pe- 
culiares, que sólo pueden apreciarse bien, juzgando 
sobre el terreno, por los habitantes de la misma loca- 
lidad. En la vida social y en sus exigencias tienen loa 
habitantes del país la misma diversidad que en su es- 
tructura y su apariencia física: como seres de una mis- 
ma raza y como hijos de un mismo pueblo, los rasgos y 
las necesidades generales nos son comunes; pero son 
distmtas la estructura y la fisonomía de cada indivi- 
duo y de cada localidad, resultando de ahí que, ade- 
más de las exigencias generales, cada individuo en el 
desenvolvimiento de la vida humana,* como cada loca- 
lidad en el desarrollo de la vida social, tiene sus exi- 
gencias de detalle que le son peculiares, y que es difí- 
cil, si no imposible, que sean bien apreciadas en todo 
el alcance e importancia que cada una les presta, por 
otro que por uno mismo. Y si esto es exacto, ¿cómo 
podrá una administración centralizada, por activa e 
inteligente que sea, dar satisfacción a todas esas múl- 
tiples y complicadas exigencias de detalle? 

Entre nosotros es el Instituto de Instrucción Públi- 
ca, ^ el que tiene la dirección suprema de la educación 



1. SI Gobierno de don Pedro Várela, por un decreto, hizo 

cesar el Instituto en 1875, encargando a la Comisión de Ins- 
trucción Primaria de Montevideo del desempeño de las fun- 
ciones que estaban cometidas al Instituto, pero esto es sin 



[180] 



LA I^EGISLACION ESCOLAB 



del pueblo, estando encargadas las Juntas Económico- 
Administrativas, en los pueblos cabeza de departa^ 
mentó, de velar por el cumplimiento de las disposicio- 
nes tomadas por el Instituto. £1 sistema se desenvuelve 

del modo siguiente: 

El Instituto de Instrucción Pública, residente en 
Montevideo, dicta un programa uniforme que ha de 

servir para todas las escuelas públicas del Estado: 
aprueba los textos que en esas escuelas han de em- 
plearse, y nombra y destituve los maestros: es también 
la única autoridad que concede títulos de maestro, y 
ninguna escuela, sea pública o particular, puede esta- 
blecerse en la República, sin que su programa sea 
aprobado por el Instituto. Las Juntas Económico-Ad- 
ministrativas, por su parte, formulan el presupuesto de 
Instrucción Pública, y lo elevan al Ministro de Gobier- 
no, quien a su vez lo eleva a la Asamblea como parte 
integrante del Presupuesto General de la Nación. 

Ahora bien: el programa de las escuelas públicas, 
formulado por el Instituto, ¿a las exigencias de qué 
escuelas responde? ¿A las de Montevideo con sus cien 
mil habitantes, agrupados en una extensión de ocho 
o diez millas cuadradas, con sus ciento cincuenta mi- 
llones de pesos en propiedades territoriales, con su 
vasto comercio, con sus adelantos en todo sentido, con 
sus gustos refinados, con sus placeres opulentos, con 
su vida relativamente exuberante: o a las de algunas 



duda, una medida provisoria iomada sm conocimiento exacto 
de lo que se hacía La Comisión de Instrucción Pública de 
Montevideo es dependiente de la Junta de Montevideo, de 
modo que se ha dejado toda la educación de la República so- 
metida a la dirección, no ya de la Junta de Montevideo, sino 
de una Comisión Auxiliar de esa Junta No es, pues, esta una 
resolución que pueda ser duradera, ni que importe un cam- 
bio de sistema Véase a este respecto el Prefacio. 



[181] 



JOSB PBPRO VAKELA 



de las secciones del Departamento de Tacuarembó que 
representan menos como valor que una manzana de 
Montevideo, que tienen como extensión, cada una de 
ellas, muchas veces más que todo el Departamento de 
Montevideo y como población muchas veces menos que 
una sola de las calles de la ciudad capital: que tienen 
por única industria y por único trabajo la cría de ga- 
nados, cuyos gustos conservan aún el sabor de las na- 
turalezas primitivas y cuyas exigencias de cultura son 
infinitamente menores que las de Montevideo? Hechas 
notar estas diferencias, se puede afirmar sin peligro de 
padecer error, que el mismo programa no servirá para 
las escuelas de Montevideo y las de Tacuarembó. Si 
responde a las exigencias de Montevideo, será dema- 
siado vasto para Tacuarembó: si por el contrario res- 
ponde a las de Tacuarembó, será raquítico para Mon- 
tevideo: y si, buscando una conciliación imposible, es- 
tablece sólo un término medio, se obtendrá como re- 
sultado que sea excesivo para aquél y estrecho para 
ésta; habiéndose sacrificado en nombre de una igual- 
dad absurda las conveniencias y las necesidades de esas 
dos fracciones de la República, y, como natural conse- 
cuencia, debilitándose el interés del pueblo por la edu- 
cación, en Tacuarembó porque se le obliga a elevarse 
a una altura superior a la que puede alcanzar actual- 
mente, en Montevideo porque se le fuerza a conser- 
varse en un nivel más bajo de aquel en que, según el 
criteriú de sus habitantes, debiera encontrarse. Así la 
escuela pública que necesita como condición indispen- 
sable de vida y de éxito, del concurso del pueblo, que 
envía a ella a sus hijos, permanece extraña a la loca- 
lidad, como una de las diversas reparticiones públicas 
que languidecen o progresan, pero que viven al menos, 
al solo calor de las influencias oficiales. 



[182] 



LA LEGISLACION SSCOLAB 



Si la {ormación de un programa uniforme desnata* 
laliza la escuela pública dándole una fisonomía siem- 
pre idéntica, a pesar de las peculiaridades y las dife- 
rencias de cada localidad, el nombramiento del maes- 
tro, hecho por la autoridad central, aumenta en pro- 
porción enorme las probabilidades de mal éxito, y le- 
vanta, en la generalidad de los casos, una barrera in- 
salvable al celo por la educación pública de los habi- 
tantes de la localidad. 

¿Quién ignora que ejerce poderosísima influencia en 
el progreso de la escuela, el que reine la más perfecta 
armonía entre el maestro y los padres de los niños que 
son confiados a su dirección? ¿Quién ignora que el 
prestigio y la estabilidad de una escuela dependen en 
gran parte de la estimación que profesen al maestro 
los habitantes de le localidad donde la escuela se halla 
establecida? Y para esos habitantes de cada localidad, 
¿en qué condiciones se presenta el maestro, nombrado 
por la autoridad central, responsable sólo ante ella y 
de ella dependiente para todo progreso, así en la orga- 
nización general de la escuela como en la condición 
del maestro? 

Supongamos que en una de las secciones interiores 
del Departamento del Salto se trata de organizar una 
escuela pública: el programa está fijado de antemano; 
allá por el año 49, durante el sitio de Montevideo, lo 
estableció el Instituto debiendo ser el mismo para to- 
das las escuelas públicas del Estado : ni máa ni menos, 
tiene un tipo invariable como el litro o el metro. Para 
esa escuela se necesita un maestro: pero, ¿de qué con- 
diciones, que sepa responder a qué necesidades, que 
vaya a entenderse con qué clase de niños y qué género 
de padrea? Eso no hay para qué averiguarlo siquiera: 
el Instituto de Instrucción Pública ha examinado y 



[183] 



JOSE PEDBO VABELA. 



concedido el título de maestro del Estado a los que 

saben las malerias que constituyen el programa de las 
Escuelas primarias, y se elige, al acaso, el primero 
que se presenta, o que quiere ir, lo mismo para enviar- 
lo al Salto, que se le hubiese elegido para envidtio a 
Canelones: y el maestro parte, y llega, y se hace cargo 
de la escuela. No tiene vínculo alguno que lo ligue a 
la localidad donde la escuela se halla establecida; no 
conoce los niños a quienes va a enseñar ni los padres 
que han de confiárselos; no hay nadie que inspeccione 
sus procederes, que lo ayude con sus consejos y su ex- 
periencia, que le facilite la vía de la organización de 
la escuela, sí procede bien, o que. autorizadamente, lo 
censure si no cumple o si descuida sus deberes. Por 
otra parte, nada hay tampoco que estimule su activi- 
dad, ni que satisfaga la sed natural de aprobación que 
tienen todos los hombres en el cumplimiento de todos 
aquellos deberes que exigen el concurso de la inteli- 
gencia y la voluntad. ¿Qué hará el maestro para me- 
jorar las condiciones de la escuela si su intehgencia o 
sus estudios le aconsejan nuevos procederes o notables 
modificaciones^ cuando la autoridad de quien depen- 
de, la única que podrá alentarlo y auxiliarlo, está le- 
jos de él, separada no tanto por la distancia material, 
cuanto por la altura a que se encuentra colocada, por 
la distancia a que se halla de todo detalle escolar? 
¿No es risible figurarse al Instituto de Instrucción Pú- 
blica en Montevideo ocupándose de resolver si debe 
agregarse una nueva sección para organizar mejor los 
estudios, o si deben empezar las clases a las nueve o 
las nueve y media, en una pequeña escuela rural de 
alguna de las secciones del Departamento de Maído- 
nado? ¿Se concibe acaso que la autoridad central des- 
cienda a esos detalles, y aun, si descendiese que pu* 



U843 



LA LEGISLACION ESCOLAS 



diera resolver con criterio, en cada caso particular, las 
mil pequeñas dificultades que en la organización de 
toda escuela se presentan? Y sin embargo, es ese per* 
feccionamirato de los detalles, esa justa adaptación de 
cada escuela a las necesidades a que debe responder, 
la que hace fecundos sus resultados, posible su existen- 
cia en todas partes, por escasa que sea la población, y 
la que dándole vida propia, activa, interesa en su pro- 
greso a todos los padres y a todos los habitantes de la 
localidad a que la escuela pertenece. Y de ese amor a 
la escuela local nace después, por una asociación natu- 
ral de ideas, el celo por la causa general de la educa- 
ción, el reconocimiento de sus ventajas, de sus bene- 
ficios y de su importancia, como de la consideración 
que se le tiene al maestro local, del respeto con que se 
le mira, de la estimación que se le profesa, surgen la 
consideración, el respeto y la estimación al profesorado 
en general y a todos aquellos que se ocupan de educar 
a sus semejantes, de formar el corazón y la inteligencia 
de los niños. Demuestra esta verdad, de una manera 
palpable, la poderosísima influencia ejercida en todas 
partes por una escuela hábilmente organizada y dirigi- 
da por un maestro inteligente. Así Pestalozzi, maestro 
en Suiza, adquiriendo primero la estimación y el res- 
peto de la pequeña localidad en que se hallaba esta- 
blecido, adquirió después la de toda la Suiza, y de ahí 
la de toda la Europa y de todo el mundo civilizado, que 
lo conoce hoy como uno de los más fervorosos y de 
los más distinguidos apóstoles de la educación de la 
infancia: mucho tiempo antes de que Pestalozzi hu- 
biera publicado sus obras sobre educación, ya su 
ejemplo, su escuela, había ejercido una poderosa in- 
fluencia en toda la Suiza, la Alemania, la Italia, y 
aun en el resto de la Europa. No pieteademos decir 



[1851 



JOSE PEDBO VAB£LA 



con esto que todos los maestros serán como Pestalozzi; 
pero, 61, que cada escuela forma por sí un centro del 
que parten rayos luminosos, más o menos intensos se- 
gún las condiciones del maestro y la estimación y el 
respeto que le profesan los padres de los niños a quie- 
nes educa. 

Pero, en el nombramiento del maestro por la auto- 
ridad central, hay no sólo el mal de que aquél Uega a 
hacerse cargo de la escuela sin tener vinculo alguno 
con la localidad donde ésta se halla establecida, sino 
también, lo que es más grave aún, que el maestro no 
se siente responsable de su conducta ante los padres 
de los niños, que son los que más de cerca pueden ob- 
servar sus procederes, y más directamente interesados 
se hallan en que cumpla con su deber, sino ante una 
autoridad central que está lejos, y que no puede pres- 
tar* e&pecialmente, a cada escuela la atención que los 
padres de los niños le prestarían si el maestro fuera 
responsable ante ellos. £1 maestro queda, asi, confiado 
a su propio celo, que no es estimulado nunca, o muy 
rara vez al menos, por un impulso extraño y, como 
natural consecuencia, en la generalidad de los casos 
se abandona, convierte la enseñanza en una rutina y 
hace de la escuela na» máquina que funciona sin vida. 
Es éste al menos el hecho que constantemente se pro- 
duce en toda clase de hombres dedicados a una in- 
dustria o trabajo cualquiera: entregado cada uno a 
BÍ mismo, la generalidad se detiene en el primer im- 
pulso, se abandona progresivamente y, por último, se 
entrega en brazos de una rutina que presenta todos 
los caracteres de un mecanismo automático. El hom- 
bre, en todas las situaciones, necesita de estímulos cons- 
tantes para reaccionar contra los desfallecimientos que 
naturahuente aquejan a todos en la labor de la vida: 



[lU] 



LA LEGISLACION ESCOLAR 



necesita de auxilios para reanimar su entusiasmo y eu 
fortaleza ; de consej os para robustecer sus convicciones 
o desvanecer sus dudas, y aun de horizontes lejanos 
y más bellos, pero accesibles, que lo inciten a realizar 
nuevos esfuerzos para alcanzarlos. No hay por qué 
suponer que los maestros, como clase, escapen a estas 
reglas generales que presiden al trabajo de toda clase 
de hombres. Verdad es que en los tiempos modernos, 
y como reacción contra el injustificado desdén con 
que, aún hoy, se mira por muchos la profesión del 
maestro, ha pretendido hacerse por algunos del maes- 
tro un misionero, un apóstol dolado de cualidades ex- 
cepcionales, y botado a un sacrificio constante y su- 
perior a las fuerzas de la generalidad de los hombres. 
Así, reaccionando contra los que pecaban torpemente 
por defecto, se ha pecado exageradamente por exceso. 
La educación pública, la educación difundida a todos, 
suponiendo un gran personal docente, supone también 
condiciones generales en aquellos que se dedican al 
oficio de maestro. A la verdad, si cada maestro debiera 
reunir las condiciones excepcionales de los apóstoles, 
si debiera ser un misionero de la talla de San Fran- 
cisco Javier, sería necesario abandonar, como absolu- 
tamente irrealizable, la idea de difundir a todos la edu- 
cación; ya que los apóstoles y los mártires no se cuen- 
tan por millares ni aun por centenas, ni son las escue- 
las normales talleres fenomenales que tengan el don 
misterioso de tallar en el estambre vulgar de un hom- 
bre cualquiera, la figura colosal de un apóstol o de 
un mártir. El profesorado, con su misión civilizadora 
y grande, no requiere, sin embargo, otras condiciones 
naturales que las que pueden encontrarse, y se encuen- 
tran, en la generalidad de los seres humanos. El maes- 
tro, como el abogado, como el médico, como el ingenie- 

[187] 

13 



JOSE P£DRO VABELA 



ro, fozxca en su conjunto una clase, y toda clase que 
recluta sus elementos entre la generalidad de los hom- 
bres, no tiene ni puede tener, como conjunto, condi- 
cioDes superiores a las que distinguen a la generalidad 
de los hombres, cuya inteligencia y cuyo corazón han 
sido cultivados y desarrollados por la educación. Es 
empequeñecer y desnaturalizar la idea del apostolado y 
del martirio, sostener y creer que, con cierta separa- 
ción determinada, puede formarse una clase, una pro- 
fesión, un oficio de mártires o de apóstoles. No hay 
por qué suponer, pues, que haya en la generalidad de 
los maestros condiciones excepcionales y superiores a 
las que se encuentran en la generalidad de los miem- 
bros de las profesiones liberales, cuyo espíritu ha sido 
cultivado y cuyos sentimientos se han ennoblecido por 
la educación: y, en consecuencia, si se deja a los maes- 
tros abandonados a sus propias inspiraciones, sin ve- 
lar para que cumplan fielmente con sus deberes, y sin 
emplear con ellos los medios adecuados que sirven para 
estimular el celo de los hombres, hay que esperar que 
las escuelas languidezcan, y aun decaigan, general- 
mente. No a otra causa debe atribuirse lo rutinario 
de nuestras escuelas» y la esterilidad intelectual de 
nuestros maestros. 

Podría señalarse también, como uno de los graves 
males de la centralización administrativa, el hecho de 
la igualdad del sueldo de los maestros que se produce 
entre nosotros como fiel consecuencia de la uniformi- 
dad establecida para todo. Los maestros y maestras 
gozan del mismo sueldo en Montevideo y en Cerro 
Largo, en Canelones y en Tacuarembó, en los grandes 
centros y en las pequeñas localidades. No es necesario, 
sin embargo, tener ideas muy avanzadas en cuestiones 
económicas para comprender que, en realidad, la igual- 



[188] 



LA LEGISLACION ESCOLAB 



dad está en lag cifras pero no en los hechos. Efectiva- 
mente: si en los grandes centros son mayores las nece- 
sidades, es más cara la vida, ¿puede decirse que gozan 
del mismo sueldo los maestros poique reciben la mis- 
ma cantidad? Si las exigencias de la vida, oasa, ali- 
mento, vestido, etc., exigen en los pequeños centros 30 
pesos mensuales» por ejemplo, y 60 pesos en la Capi- 
tal, ganará mucho menos el maestro de ésta que el de 
aquéllos. Ganando 80 pesos le sobran al primero 50 
pesos mensuales, y al segundo apenas 20 después de 
llenar sus necesidades, de manera que en realidad, el 
maestro de los pequeños centros gana 30 pesos más 
que el de la Capital. No es esto más que un ejemplo 
para demostrar palpablemente una verdad incontesta- 
ble: pero, de cualquier modo que se alteren las pro- 
porciones, será siempre indudable que fijar un tipo 
igual, sin tener en cuenta las diferentes exigencias de 
cada localidad, es establecer igualdad, en las ci&as 
del presupuesto, pero una desigualdad constante, arbi- 
traria y anárquica, en la condición de los maestros. 
Hagamos notar también, aunque de paso, la desigual- 
dad que se establece en los hechos asignando el mismo 
sueldo a los hombres que a las mujeres, cuando aqué- 
llos tienen mil ocupaciones que abren campo a su ac- 
tividad, y éstas, por las condiciones de la sociedad, 
ya que no de la naturaleza, vense obligadas a agitarse 
en reducidos e insalvables límites. Pero el más grave 
mal de esa igualdad, en la retribución de los servicios 
del maestro, está en que hace imposible el estímulo 
legitimo del hombre para mejorar su condición. Para 
el que aspira a seguir la profesión de maestro en la Re- 
pública la dificultad, después de obtenido el título, 
está en ser nombrado preceptor de una escuela cual- 
quiera, ya que, desde el primer paso, se llega al limite. 



[189] 



JOSE PEDRO VARELA 



Al día siguiente de hacerse cargo de la escuela, goza 
del mismo sueldo que al dejarla, aunque haya perma- 
necido en ella durante veinte años, y ora cumpla fiel- 
mente con sus deberes, u ora los descuide, su retríbu- 
ción es siempre igual, como su permanencia en el em- 
pleo. Es el aplauso de la propia conciencia, ese altísimo 
estimulo que sólo obra, cuando se halla aislado, en las 
almas superiores, el único que puede inducirlo a afa- 
narse y estudiar para hacer más benéficos los resulta» 
dos de Id escuela. Como no puede retroceder, no puede 
avanzar tampoco; el profesorado es entre nosotros una 
profesión que no tiene más que un objetivo y un em- 
pleo: ser maestro en una escuela primaria, llegar a la 
cima desde el primer paso, realizar todas las aspira* 
Clones con un solo esfuerzo, conquistar el ideal ansia- 
do cuando apenas se ha levantado la mirada hacia él. 
No es, sin embargo, así como se retempla el alma, ni 
como se persigue en la vida el seductor miraje de la 
felicidad. No abriendo a cada paso nuevos y más bri- 
llantes horizontes, la profesión del maestro entre no- 
sotios tiene una influencia letal para el espíritu de los 
que a ella se dedican. En esas condiciones, ¿por qué 
extrañar, pues, que haya tantos y tantos maestros en 
nuestras escuelas públicas que a nada aspiran, que de 
nada se preocupan; que desempeñan sus funciones co- 
mo si fueran un mecanismo, haciendo hoy lo que hicie- 
ron ayer, ya que el realizar nuevos esfuerzos para 
aprender, para progresar, para saber más y proceder 
mejor, no lea proporcionaría ninguna satisfacción ex- 
tema ni mejoraría en nada su condición? No siempre 
que ui;ia administración centralizada se encarga de la 
dirección de la instrucción pública se produce ese re- 
sultado que acabamos de indicar; por el contrario, 
en la mayor parte de loa países donde rigen sistemas 



ri9o] 



LA LEGISLACION ESCOLAR 



semejantes al nuestro, hay en la retribución de loa ser- 
vicios de los maestros una progresión que estimula a 
los jóvenes a realizar esfuerzos para mejorar su con- 
dición; pero es regla invariable que esa progresión 
sea arbitrariamente fijada y qne, muy a menudo, fa* 
vorezca más que al verdadero mérito, a los que con 
mérito o sin él tienen buenas relaciones y mejores 
influencias. 

Las mismas observaciones que hemos hecho con res- 
pecto a la formación de un programa uniforme, y al 
nombramiento del maestro por la autoridad central, 
pueden aplicarse a la designación del local de la es- 
cuela. ¿Cuál es el punto dado, de cada localidad, en 
el que la escuela debe establecerse? Es esta una cues- 
tión de detalle que sólo puede resolverse con criterio 
sobre el terreno mismo, y no enviando un comisionado 
que haga una ligera inspección, sino viviendo en la 
localidad, de modo que todas las pequeñas ventajas 
y desventajas puedan apreciarse. Generalmente las ad- 
ministraciones centralizadas resuelven la cuestión or- 
denando que la escuela se establezca en el centro de 
la zona territorial a la que debe servir: pero sucede 
con esto como con la fijación de un sueldo igual para 
todos los maestros; en la mayoría de los casos el cen- 
tro de la comodidad de los discípulos y para la con- 
veniencia de la escuela será otro que el centro matemá- 
tico de la zona territorial — en campaña, basta que un 
hilo de agua separe el centro de alguna de las extre- 
midades para que sea conveniente variar la colocación 
de la escuela; y en los pueblos no se necesita más, para 
que suceda lo mismo, sino que alguna de las calles que 
conduzcan a la escuela no tenga aceras, mientras que 
Otras estén empedradas y tengan buenas veredas. La 



[191] 



JOSS PESRO VABELA 



imiformidad no hace, pues, más ^ue sacrificar las Io< 
calidades. 

Por la misma razón de que la educación debe alean- 
zar a todos, hay que seguir loa Infinitos giros de los 
mil pequeños canales que pueden servir para hacer 
que la escuela esté al alcance de todos, que todos se 
interesen en ella y que todoa yelen por su sostenimiento 
y su progreso. 

Con respecto a la ecanomia doméstica se dice, y con 
sobrado fundamento, que la verdadera economía con- 
siste no tanto en no malgastar las grandes cantidades, 
sino en saber ahorrar los cenlésimos. Lo mismo puede 
decirse de un sistema de educación común: la dificul- 
tad no está en concebir grandes planes o en modelar 
hábilmente las alturas, sino en separar las piedrecitas 
del camino, en arreglar bien los detalles al parecer in- 
signiíícahtes, en buscar los medios de que se forme un 
conjunto armónico de una serie de detalles que, a pri- 
mera vista, puedan parecer heterogéneos. Cada escuela 
respondiendo a las necesidades de cada localidad, y en 
consecuencia todas las escuelas respondiendo a todas 
las necesidades de la Nación: he ahí el medio de obte- 
ner los resultados apetecidos y de vencer dificultades 
que, apreciándolas en globo, parecen invencibles. 

Si errónea es la doctrina que sostiene la necesidad 
de confiar exclusivamente al Estado la educación del 
pueblo, no lo es menos la que sostiene, que ésta debe 
dejarse absolutamente a la iniciativa individual, siendo 
el Poder público pasivo espectador del trabajo de edu- 
cación que realicen los particulares- 
Nadie ignora que el carácter distintivo de la igno- 
rancia es hallarse satisfecha consigo misma. Cuanto 
más ignorantes son los hombres, como los pueblos, 
tanto más apegados son a su ignorancia, menos capa- 



[1S2] 



LA LEGISLACION ESCOLAR 



ees de apreciar los beneficios de la educación, y la ne> 
cesidad de desarrollar por medio de ella los poderes 
y facultades naturales del hombre. La doctrina y la 
práctica se armonizan de una manera elocuentísima 
para demostrar que, precisamente los hombres y los 
pueblos más ilustrados son los que más se afanan 
para educar a aus hijos; el celo por la educación cre- 
ce en proporción directa de la ilustración que se tiene. 
Entre los hombres completamente ignorantes no es raro 
encontrar padres de familia que no quieren enviar sus 
hijos a la escueta, fundándose en que para nada les 
servirá el aprender a leer y escribir. ¿Dónde, quién 
ha visto a un hombre ilustrado aplicando esas ideas 
bárbaras a su prole? 

Estas ligeras observaciones, que no ampliamos más 
porque son demasiado conocidas de todos, prueban 
que si la abstención completa del Estado en materias 
de educación puede sostenerse juiciosamente y acep- 
tarse, es sólo como coronamiento de la obra. Acaso en 
una sociedad cuyos miembros sean todos ilustrados, la 
educación del pueblo podrá dejarse confiada exclusi- 
vamente a la iniciativa individual, ya que entonces 
puede suponerse que todos sabrán apreciar las venta- 
jas y beneficios de la educación, y que todos se esfor- 
zarán igualmente para hacer que alcance a todos 
loa niños. Pero semejante estado de sociedad sólo se 
encuentra en las repúblicas ideales forjadas por los 
soñadores, y no hay para qué seguir en su curso las 
divagaciones estériles que a nada conducen, si no es 
a extraviar los espíritus, haciéndolos perseguir afano- 
samente la realización de irrealizables quimeras. En 
los últimos tiempos, en algunos de los pueblos euro- 
peos, precisamente de aquellos que más imitados son 
por las repúblicas sudamericaDas, el romanticismo ha 



[193] 



JOSE PEDRO VABELA 



pasado del campo de la liteiatura amena al de las 
ciencias morales y políticas, dando origen a esos siS' 
temas monstruosos que se ofrecen como lenitivo a los 
sufrimientos de la miseria, y al quijotesco empirismo 
que nos lleva tan a menudo a soñar con perfecciones 
imposibles, con leyes absolutas que no comprendemos, 
o con doctrinas extremas que, en definitiva, dejan a 
nuestras desgraciadas poblaciones en el abandono de 
la ignorancia, en la impotencia de la rutina, y con el 
alma llena de deseos vagos, de aspiraciones quiméri- 
cas, de vaciedades, que se traducen al fin en desenga- 
ños, en BUÍrimientos y en miserias. No tenemos para 
qué ocupamos, pues, de la manera cómo deberán or- 
ganizarse los sistemas de educación pública en socie- 
dades que tengan condiciones distintas de las que se 
hallan en las que pueblan actualmente la Tierra: y en 
la organización actual de las sociedades humanas la 
ignorancia se encontrará siempre, en más o menos 
grande escala. La razón demuestra que, aun supo- 
niendo que un pueblo llegase a educar a todos sus hi- 
jos, todavía tendría que luchar con los males, resul- 
tado de la ignorancia de algunos de loa ratranjeros 
que en él fueren a establecerse; para hacer, pues, que 
la ignorancia desaparezca totabnente de una nación, 
sería necesario que hubiese desaparecido de entre to- 
dos los habitantes de la Tierra: de otro modo se pro- 
ducirá siempre el hecho que se produce hoy en los Es- 
tados de la Nueva Inglaterra, donde se cuentan por 
millares los ignorantes, aun cuando no hay, acaso, uno 
solo de los hijos de esos Estados que deje de recibir 
educación, y aun cuando la reciben también los hijos 
de los inmigrantes que llegan a ellos, y aun muchos 
de loa mismos inmigrantes: entre esa inmigración que- 
da siempre un residuo de ignorancia, que se mezcla 



[194] 



LA LEGISLACION ESCOLAR 



constantemente al núcleo primitivo, y que hace impo- 
sible la conquista del anhelado desiderátum. El mismo 
fenómeno cíe producirá en todas partes mientras haya 
ignorantes en la Tierra, y especialmente en los países 
jóvenes: la ley de la solidaridad humana, que no deja 
de cumplirse por más que muy a menudo se desconozca, 
hará que se encuentre siempre algún número de igno- 
rantes, aun entre las más ilustradas de las sociedades 
humanas, mientras que la ignorancia no haya sido to- 
talmente proscrita de la Tierra. Pero, aun sin esto, la 
idea de ilustración, como la de barbarie, es relativa, 
y a medida que el caudal de luces se extienda en la 
masa general de ios hombres, se elevará también el 
nivel a que todos necesiten alcanzar para poder con- 
servar su puesto en la batalla de la vida. No hay pa- 
radoja alguna en afirmar que, llegará un tiempo en 
el que lo que llamamos hoy estudios secundarios sea 
el mínimum de instrucción que pueda tener un hom- 
bre para no ser completamente iletrado: los estudios 
secundarios de hoy serán los estudios primarios de 
mañana, como los estudios primarios de hoy eran con- 
siderados hace apenas algunos siglos como un grado 
bastante avanzado de instrucción. Pero de éstos y de 
aquellos tiempos estamos lejos: ya sabrán lo que Ies 
convenga y lo que deban hacer las generaciones que 
dentro de algunos siglos habiten lo que es hoy nues- 
tro país: por ahora, y considerando el estado actual 
de las sociedades humanas, y especialmente el de la 
República Oriental, hay que tomar grandemente en 
cuenta la ignorancia de una parte de sus habitantes al 
organizar el sistema de educación que debe regirnos. 
Si el Estado no interviene en la educación pública 
para obligar a los habitantes todos a que concurran, 
por medio de la contribución, al sostenimiento de las 



1195 3 



JD9S PEDRO VABELA 



escuelas, y a que envíen sus hijos a ellas» es fuera de 
toda duda que los ignorantes dejarán que sus hijos 
crezcan en la ignorancia y, asi, ésta irá perpetuándose, 
dando origen a que se forme una nueva aristocracia, 
que no funde sus títulos en la sangre sino en la ilus- 
tración, y que, acaso, no ha dejado ya de hacerse sen- 
tir en la República. Los ricos y los ilustrados educa- 
rán a sus hijos, mientras que los pobres y los igno- 
rantes dejarán que los suyos crezcan en la ignorancia, 
y así irá incubándose paulatinamente ese antagonismo 
de la ignorancia y la ilustración, que se traduce al fin 
en antagonismo de la fortuna y la pobreza, del capital 
y del trabajo, y que forma ya en el seno de algunas 
sociedades europeas un cáncer devorador. Por otra 
parte, el abandonar a la sola iniciativa individual la 
tarea de la educación pública hace estériles, por la 
dispersión, fuerzas que reunidas serían poderosas, ha- 
ciendo imposible la asociación en grande escala, que 
es uno de los más fuertes motores de las grandes em- 
presas. La organización de un sistema de educación 
pública es relativamente cara, demanda ingentes sumas, 
gastos que parecen enormes a los espíritus superficia- 
les, ya que no son apremiantes, físicamente, ni mate- 
rialmente palpables, las exigencias y las ventajas de la 
educación, aunque sean mucho mayores que las de 
otros ramos del servicio público a los que el Estado 
consagra grandes cantidades, sin sorpresa para nadie 
y con la resistencia de muy pocos. Asij se puede afir- 
mar sin temor de equivocarse que la masa ignorante 
de la población no contribuirá voluntariamente al sos- 
tenimiento de las escuelas; el Estado tiene que impo- 
nerle la contribución y el deber de educar a sus hijos 
para que esa masa ignorante cumpla con él. La san- 
ción moral no es bastante a ese respecto para los ea- 



1196] 



LA LSGISLACION XSCOLAB 



pirítus ignorantes: es necesario para que se resuelvan 
a obrar, la acción coercitiva del Estado. Pero aun 
cuando en una gran parte de la población se hallen 
dormidas y sea necesario estimularlas por el Estado, 
las grandes fuerzas residen en el pueblo, y una vez 
que el poder público ha dado el impulso, éste no se 
continúa sino cuando el pueblo hace suya la obra, la 
vigoriza con su entusiasmo y la robustece con su vi- 
gor. 

La sabiduría y la eficacia de un buen sistema de 
educación pública está en armonizar la acción del Es- 
tado, obrando como poder director general que tutele 
a los que necesiten tutelaje, y la acción libre del indi- 
viduo^ obrando como parte interesada, como actividad 
que por su misma multiplicidad no se fatiga nunca, y 
aun como inteligencia que por su misma variedad no 
se agola jamás. Es eso lo que hemos tratado de hacer 
en el Proyecto de Ley que presentamos, adoptando asi 
de los tres sistemas que hemos indicado, el que nos ha 
parecido reúne mayores ventajas y el que puesto en 
práctica ha dado mejores resultados. 

£1 primero de esos sistemas que hemos considerado, 
el de la dirección absoluta de la educación pública por 
el Estado, ha sido puesto en práctica durante muchos 
años por toda la Alemania y especialmente por la Pru- 
sia, y auxiliado por la más hábil y la más inteligente 
de las administraciones públicas, ha dado resultados 
educadores bastante satisfactorios, pero ejerciendo una 
influencia nociva con respecto al sentimiento y a las 
ideas democráticas. Se acusa al sistema prusiano, no 
tal vez sin fundamento, de que sacrifica el individuo 
al Estado, de que convierte la Nación en un ejército, 
7 de que hace de la escuela un reflejo del cuartel, aun 



[187] 



JOSE PEDRO VABELA 



cuando aplique en ella los métodos pedagógicos más 
adelantados y más perfectos. 

El segundo sistema, que abandona la instrucción pú- 
blica a la sola acción de la iniciativa individual, ha 
sido ensayado hasta hace muy pocos años por la In- 
glaterra. Es conocida la perseverancia que distingue a 
los ingleses: su resistencia a aceptar innovaciones sin 
estar bien convencidos de su utilidad, y a abandonar lo 
que una vez han puesto en práctica mientras que la 
experiencia que adquieren no les demuestra la inefica- 
cia de los esfuerzos. ¡Y bien! a pesar de haberse orga- 
nizado desde hace largo tiempo grandes sociedades 
con el objeto de difundir la educación en el pueblo; 
a pesar de los generosos esfuerzos hechos por una in- 
teligente filantropía, y a pesar de que el espíritu de 
propaganda religiosa, tan activo en los pueblos anglo- 
sajones, unió sus esfuerzos a los de los amigos de la 
educación para instruir al pueblo, la Inglaterra ha 
abandonado en 1870 su sistema de no intervención del 
Estado, por su ineficacia, y ha dictado una ley que 
se apoya en los mismos principios que nos sirven de 
base. 

Con modificaciones más o menos importantes, el sis- 
tema que nos hemos permitido llamar Mixto, es el que 
rige en todos los Estados de la Unión Americana, ha- 
biendo tenido origen en el Estado de Massachussetts. 
En la práctica los resultados que ha producido no pue- 
den ser más satisfactorios. Lo han adoptado también, 
la Australia y el Canadá, siendo de notarse que en el 
Bajo Canadá, cuya población es casi en su totalidad 
francesa y católica, ha producido también, en pocos 
años, resultados brillantes. Hasta cierto punto al me- 
nos la cuestión de la educación del pueblo no e?, pues, 
cuestión de razas, sino de sistema, de organización y 



LA LEGISLACION ESCOLAR 



de voluntad. A este respecto, y en cualquier nación de 
la Tierra, puede repetirse con entera verdad el viejo 
aforismo: «Querer es poder». 

CAPITULO IX 
Reglas generales establecidas por el Estado 

Aceptado el principio de que, para obtener resulta- 
dos completamente satisfactorios en la difusión de la 
enseñanza, es necesario combinar la acción del Estado 
con la de los particulares, veamos cuál es el limite a 
que deben llegar una y otra, en una ley que se dicte 
actualmente para la República Oriental del Uruguay, 
teniendo en cuenta los resultados que se desean obte- 
ner, los elementos que han de concurrir a esa obra, y 
los medios de que podría disponerse. Aunque natural- 
mente tienen que armonizarse las reglas generales que 
establezca el Estado con respecto a la organización ge- 
neral de la educación y las que establezca respecto a 
los medios de mantener esa organización, dejaremos 
para un capítulo especial lo que a las rentas se refiere 
y nos ocuparemos en éste de la educación y la escuela 
propiamente dichas. 

£n primer lugar el Estado, por medio de la ley, 
declara la instrucción obligatoria y gratuita, y como 
consecuencia señala el mínimurd de instrucción que es 
obligatorio, y la edad eu que esa instrucción debe ad- 
quirirse. 

No nos detendremos a sostener aquí la legitimidad 
del principio de la instrucción obligatoria, reprodu- 
ciendo los argumentos que hemos aducido en su favor 



[199] 



JOSE PEDRO VARKLA 



en el Capítulo IX de La Educación del Pueblo, ^ ni 
dilucidaremos tampoco lo que a las ventajas de la edu- 
cación gratuita se refiere, ya que lieraog tratado tam- 
bién esa cuestión en el Capítulo X de la misma obra. 
Estableceremos, sin embargo, las razones fundamen- 
tales. 

La libertad del hombre, y sobre todo del hombre 
en sociedad, no es ilimitada. Desde que se reconoce 
que ciertas acciones son malas, forzoso es reconocer 
como consecuencia que nadie tiene el derecho de prac- 
ticarlas. Así, la libertad propia, tiene por límite la 
libertad ajena. Mientras que una acción no daña a 
nadie, o daña sólo al que la practica, el individuo es 
libre de hacerla; pero cuando con ella causa perjuicio 
a otros, comete un abuso que el Poder público debe 
reprimir, como encargado de garantir a todos los miem- 
bros de la comunidad el pleno goce de su libertad y 
su derecho. Todo el que comete un acto injusto o per- 
judicial, cae bajo la acción de la justicia; el Poder 
público reprime el abuso ya que no lo prevenga. Estos 
principios que sirven de base a la sociedad son apli- 
cables lo mismo a la educación de los niños, que a to- 
dos los actos de los hombres. Si el Estado exige cier- 
tas condiciones para el ejercicio de la ciudadanía, que 
sólo pueden adquirirse por medio de la educación, el 
padre que priva a su hijo de esa educación comete un 
abuso que el Poder público debe impedir, por una 
parte en defensa de los derechos del menor que son 
desconocidos, por la otra en salvaguardia de la socie- 
dad que es atacada en sus fundamentos con la conser- 
vación y propagación de la ignorancia; ya que es ésta 



1. Véase La Educación del Pueblo por José Pedro Várela. 
Montevideo, IS74. 2 volúmenes en 8 mayor. 



[200] 



LA LEGISLACION ESCOLAR 



una fuente de vicios y de crímenes que la sociedad ae 
ve obligada a reprimir y castigar imponiéndose para 
esto sacrificios enormes, que serían innecesarios en su 
casi totalidad, sin la conservación de la ignorancia. La 
ignorancia no es un derecho, es un abuso, y allí donde 
existe un abuso, el Poder público, interviniendo, no 
extralimita su9 facultades. 

En cuanto a la gratuidad de la enseñanza, desde 
que ésta deba alcanzar a todos, no es más que una 
mejor organización de los gastos que la educación 
demanda. Desde que es el pueblo quien la paga y el 
pueblo quien la recibe, claro es que la educación no 
es gratuita para él: y si asi se la llama es sólo signifi- 
cando que la contribución que es necesaria para el sos- 
tenimiento de la escuela, no debe recaudarse cobrando 
a cada discípulo una cuota mensual o anual, lo que 
distribuiría mal el impuesto, haciéndolo pesar exclu- 
sivamente sobre los padres de familia, y levantaría a 
la vez constantes resistencias en aquellos que, ain tener 
criterio bastante para apreciar las ventajas y necesi- 
dad de la educación, debieran pagarlo en cumplimien- 
to de la ley. Las sumas necesarias se obtendrán por 
medio de una contribución directa sobre el valor de la 
propiedad, de manera que alcance a todos, ya que si 
la educación beneficia principalmente al que la reci* 
be, beneficia también a la sociedad, puesto que con- 
vierte en seres morales y ciudadanos útiles, a muchos 
que sin la educación habrían seguido el camino de los 
vicios, y que, en todos los casos, habilita a loa miem- 
bros de la comunidad para obrar con conciencia, dis- 
minuyendo agí en grado enorme los males que causa 
a las naciones, democráticamente organizadas, la in- 
tervención que tienen en la dirección de los negocios 
públicos los que se conservan en la ignorancia. No hay. 



[2011 



JOSE PEDRO VABELA 



puea, en realidad instrucción gratuita: hay escuelas 
sostenidas por la contribución de todos, a las que pue- 
den concurrir igualmente todos los niños sin pagar 
pupilaje alguno. Además, la escuela gratuita para to- 
tos los niños responde con fidelidad a las exigencias 
de la organización democrática: estableciendo el pu- 
pilaje hay que eximir de él al hijo del pobre, quedando 
confiada la decisión en cada caso a la administración 
local, y estableciendo así desde los bancos de la es- 
cuela una diferencia entre el que posee bienes de for- 
tuna y el que carece de ellos, que produce más tarde 
funestísimos resultados. Hecha gratuita la escuela, to- 
dos concurren a ella con el mismo derecho, y agí se es- 
tablece para más tarde el fundamento sólido e indes- 
tructible del sentimiento democrático. 

El establecimiento de la instrucción obligatoria su- 
pone la fijación de un límite de instrucción, ya que 
no puede dejarse librado al criterio de cada Comisión 
local el grado de instrucción que el Estado exige. Na- 
turalmente, ese mínimum de instrucción tiene que ser 
variable, según el grado de cultura de cada pueblo y 
las exigencias de cada época. Nuestros constituyentes 
creyeron deber fijarlo, el año 30, en la simple lectura 
y escritura, ya que la fijación de un mínimum de 
instrucción, moralmente obligatoria, es lo que importa 
el artículo constitucional que suspende en la ciudada- 
nía al que no saber leer y escribir. Simples medios 
para la adquisición del saber, la lectura y escritura 
son, sin embargo, medios indispensables, y a la vez, 
conocimientos cuya posesión o carencia es fácil de 
constatar en cualquier momento. Eso explica por qué 
a esas dos únicas materias se han limitado en nuestra 
constitución, como se limitan en la mayor parte de 
las constituciones de los pueblos civilizados, los cono- 

[202] 



/ 



LA LEGISLACION ESCOLAS 



cimientos indispensables para el ejercicio de la ciuda- 
danía: pero, tratándose de organizar un sistema de 
educación común, parece natural extender el número 
de materias, en la designación de las que deben ser 
obligatorias, al menos hasta -aquellas que son indis- 
pensables para dar al hombre el gobierno consciente 
de su propia personalidad fisica y moral. Así, nosotros 
hemos establecido como mínimum de instrucción obli- 
gatoria las siguientes materias ( Art. 57) : 

«Lectura — Escritura — Ortografía — Composi- 
ción — Aritmética — Principios generales de moral y 
religión natural — Elementos de Historia Nacional y 
de Constitución de la República — Elementos de Fisio- 
logía e Higiene — Ejercicios físicos o gimnasia de 
salóni^. 

La Lectura, la Escritura, la Aritmética, pueden lla- 
marse con la feli2 expresión de Madame Necker de 
Saussure, instrucción de derecho naturaL «Hay, dice 
en su célebre obra, ^ un primer grado de instrucción 
que es de derecho natural para todo ser y del que no es 
permitido privar a ningún niño. Para un cristiano no 
poder leer esa ley divina que cree no poder violar sin 
poner en peligro su salud: para un hombre, sujeto a 
ser conducido ante los tribunales, no saber leer las 
leyes humanas que pueden condenarlo a muerte: para 
el que da o recibe compromisos, no hallarse en estado 
de darles fijeza por medio de la escritura: para el que 
subsiste de su salario no ser capaz de calcular lo que 
tiene derecho de reclamar, es ignorar las condiciones 
a que está ligada la existencia, es hallarse privado a 
veces de los medios de llenarlas». 



1. VEdwxHUm progrgisioe, par liad. Nsckw de Sauaiuit. 

[2031 

14 



JOBE PEDRO VABELA 



^ Las demás materias que hemos establecido sirven, o 
bien de complemento a algunas de las indicadas, o 
bien responden a necesidades sociales y de nuwtra 
condición pectiliar. 

La Ortografía y la Composición complementan la 
Lectura y la Escritura. No se aprende a escribir para 
saber trazar mecánicamente algunos signos, sino para 
valerse de la escritura: de otro modo el saber escribir 
se reduce, a menudo, a la farsa indigna que tantas 
veces se presenta entre nosotros cuando se dice que 
sabe escribir el que no sabe más que trazar su finna 
al pie de un escrito, que no ha sabido ni podido leer. 
¿Qué diferencia esencial hay entre poner una firma 
al pie de un escrito, y poner algunos signos combina- 
dos que el mismo que los traza no tiene seguridad de 
que expresen nombre alguno? Hemos establecido, pues, 
la Composición como el medio usual de utilizar la es- 
critura, ya que por escritura debe entenderse, no la 
facultad de trazar algunos signos sobre el papel, sino 
la capacidad de confiarle lo que nosotros pensamos, 
o lo que otros piensan, y queremos conservar o hacer 
conocer a otros. 

Los principios generales de moral y religión natu- 
ral, responden a exigencias esenciales de la persona- 
lidad humana en nuestra época y en nuestro país. Lo 
que llamamos principios generales de moral y religión 
natural, son esas ideas morales, de carácter universal, 
que reconocen como verdaderas, en nuestra época, to- 
das las religiones y todas las escuelas filosóficas, que 
se aceptan como racionales: y no la serie de reglas a 
que una escuela filosófica ha dado una acepción con- 
creta, llamándole Moral Natural. Con más o menos 
latitud, y asignándoles una importancia más o menos 
grande, todas las religiones y todas las escuelas íilosó- 



[204] 



I*A LEGISLACION ESCOLAR 



ficas reconocen que hay algunos piincipios esenciales 
para regular la conducta de los hombres en sociedad: 
justicia, veracidad, industria, temperancia, castidad, 
economía, beneficencia, amor a la verdad y al orden, 
respeto a la conciencia, deberes para con log padres y 
los hijos, con los hermanos y hermanas, con los demás 
hombres, con el Estado, con la causa de la luz, de la 
libertad y del amor. Acaso ninguna de las religiones 
positivas, ni ninguna de las escuelas filosóficas que se 
disputan el gobierno del mundo moral, aceptarían co- 
mo bastantes esas reglas generales; pero ninguna tam- 
poco se sentirá herida por su proclamación: ellas pue- 
den servir y sirven de base común al mundo moral, y 
es después, al aplicarlas, al desarrollarlas y desenvol- 
verlas, que cada religión o cada escuela filosófica las 
complementa 7 explica, con arreglo al criterio filosó- 
fico o dogmático que le sirve de guia. Hasta ese limite 
puede y debe llegar, pues, la escuela pública y la ins- 
trucción obligatoria, sin herir la soberanía de la con- 
ciencia, ni desconocer los derechos del fuero interno 
individual, aunque sin satisfacer tampoco las aspira- 
ciones de predominio de las diversas creencias que 
dividen a los hombres. 

Si olvidándonos de las exigencias peculiares de la so- 
ciedad en que vivimos y para la cual formulamos nues- 
tro Proyecto de Ley de Educación Común, nos hubié- 
semos concretado a establecer la enseñanza de los prin- 
cipios generales de moral y religión natural, proscri- 
biendo de la escuela toda otra enseñanza religiosa, 
habríamos sublevado el sentimiento de la gran mayo- 
ría de nuestra población que cree indispensable la en- 
señanza, en la escuela, de la religión que esa misma 
mayoría profesa. Pero, respondiendo a esa exigencia 
particular del estado actual de la República ea que 



[205] 



JOSE PEDRO VARELA 



hemos establecido el artículo 59. El Estado, como en- 
cargado de garantir a todos los miembros de la co- 
munidad el pleno goce de su libertad y su derecho, 
interviene para impedir que se viole en la escuela el 
derecho del disidente; y establece que la enseñanza 
de la religión católica sólo pueda darse fuera de la 
hora de clase, y a los niños cuyos padres quieran que 
concurran a ella, siempre que cualquiera de los padres 
de los niños que asisten a la escuela solicite de la Co- 
misión de Distrito que no se dé en aquélla enseñanza 
de la Religión Católica; pero, cuando esto no suceda, 
cuando todos los padres de los niños del Distrito quie- 
ran que en la escuela se enseñe la Religión Católica, 
la Comisión está autorizada para agregar esa materia 
al programa sin que, sin embargo, pueda por eso des- 
cuidarse o abandonarse la enseñanza de las otras ma- 
terias que son obligatorias. Asi se salvaguardan los 
derechos de los disidentes y se da satisfacción, hasta 
donde es posible, a las aspiraciones de la mayoría ca- 
tólica. Imponer la enseñanza de la Religión Católica, 
aun a despecho de la voluntad de los disidentes, es 
desnaturalizar la escuela común y hacerla imposilile; 
y por el contrario, proscribir absolutamente la ense- 
ñanza de la Religión Católica en las escuelas de un 
pueblo, en su mayoría católico y en su mayoría dis- 
puesto a creer que la religión positiva debe enseñarse 
en las escuelas — y esto cuando en cualquier distrito 
pueden ser católicos lodos los padres de los niños que 
asistan a la escuela— es imponer por medio de la 
coacción, ejercida por el Estado, doctrinas y opinio- 
nes sobre la tolerancia religiosa y sobre la religión en 
las escuelas, — que no tendrán raíces ni serán efica- 
ces mientras no formen parte del convencimiento pro- 
pio de cada uno. Nuestras opiniones individualei con 



[206] 



LA LEGISLACION ESCOLAR 



respecto a la enseñanza de la religión, positiva en las 
escuelas las hemos expuesto con algún detenimiento en 
el capítulo XI de La Educación del Pueblo; pero ellas 
no obstan a que reconozcamos que esas opiniones no 
son las que predominan en la mayoría de los habitan- 
tes del país; y es necesario no olvidar que las leyes 
se dictan para todo el país y no para noaotros o para 
los que como nosotros piensan. La transacción que 
presentamos en el artículo 59, parécenos que debe dar 
satisfacción a las aspiraciones de todos, al menos hasta 
donde esto es posible, en el terreno de los hechos prác- 
ticos. La cuestión de la enseñanza de la Religión Ca- 
tólica o del catecismo en la escuela no se resuelve con 
disposiciones generales, sino que queda para ser re- 
suelta, en cada caso que se presente, por la Comisión 
de Distrito, con ciertas limitaciones establecidas de an- 
temano por el Estado y que son indispensables para 
salvaguardar los derechos de los disidentes. Así, pues, 
en los distritos donde no haya más que católicos, la 
Comisión del Distrito podrá establecer que se enseñe 
el catecismo; pero en los distritos en que haya disi- 
dentes que a ello se opongan, la enseñanza religiosa 
sólo podrá darse fuera de las horas de clase y a aque- 
llos niños cuyos padres presten su consentimiento vo- 
luntariamente. 

De esa manera no sólo se hace desaparecer uno de 
los grandes obstáculos que podrán presentarse para la 
organización de un sistema de educación común en la 
República, sino que se lleva la cuestión de la ense- 
ñanza dogmática en la escuela a ser resuelta por el 
pueblo mismo, en vez de que la resuelva autoritaria- 
mente un grupo de ciudadanos, más o menos autori- 
zados para hacerlo. En cuanto a los resultados, serán 
más lentos pero más seguros también. Si, como noao« 



[207] 



JOSE PEDRO VARELA 



tros lo creemos, la buena doctrina es la que aconseja 
no dar raiaeñanza dogmática en la escuela, esa buena 
doctrina triunfará por medio del convencimiento, a 
medida que se esparzan las luces en el pueblo. La ig- 
norancia puede permanecer constantemente en el error; 
pero la verdad triunfa al fin en toda colectividad ilus- 
trada, y el triunfo de la verdad se habrá obtenido, 
no cuando la ley la proclame autoritariamente, a pe- 
sar de que la desconozca el convencimiento propio de 
la gran mayoría, sino cuando ella se incorpore, como 
verdad reconocida, al caudal de conocimientos propios 
de cada inteligencia y de cada conciencia. 

Si la imposición de la enseñanza de principios ge- 
nerales de moral y religión natural responde a exi- 
gencias que se reconocen como esenciales, en nuestra 
época, para todos los seres humanos, la imposición 
de la enseñanza de elementos de Historia Nacional y 
de Constitución de la República responde a exigencias 
perentorias de la organización democrático-republicana 
que rige en nuestro país. No todos los miembros de 
la comunidad son ciudadanos ; la ciudadanía y su ejer- 
cicio exigen determinadas condiciones. Entre éstag, 
¿no debiera figurar en primera línea el conocimiento, 
siquiera rudimental, de la Historia patria y de la Cons- 
titución de la República? Que conozcan los elementos 
de la Historia nacional, y de la Constitución de la 
República, es quizás la menor exigencia que puede 
tener el Estado para con aquellos que con el voto, 
con el jurado, con el desempeño de todas las fun- 
ciones públicas que pueden ser llamados a cumplir, 
van a decidir los destinos de la patria. 

En cuanto a los elementos de Fisiología e Higiene, 
y los ejercicios físicos o gimnasia de salón, responden 
a exigencias primordiales del ser social y de la perso- 



[208] 



LA LEGISLACION ESCOLAR 



nalidad humana en su aspecto físico. Los ejercicios 
físicos o gimnasia de galón ya que no se tengan ver- 
daderos ejercicios gimnásticos, son indispensables en 
la escuela. para el desarrollo físico del niño: imponer- 
los, como materia obligatoria, es sólo imponer a los 
padres y encargados de la educación, el deber de no 
contrariar el desarrollo natural de la criatura humana 
en la parte física. La coloración viva, la elevada esta- 
tura, el pecho levantado, y el vigor y la robustez de 
loa alemanes y anglo-sajones son, en gran parte, re- 
sultado de los ejercicios físicos en la escuela: y en 
no pequeña escala debe atribuirse también a la falíta 
de esos mismos ejercicios en el salón de clase, el color 
cadavérico, el pecho hundido y las naturalezas débiles 
y enfermizas que tan a menudo se encuentran entre 
nosotros. 

Los elementos de Fisiología e Higiene dan satisfac- 
ción a las exigencias del ser social y del futuro padre 
o madre de familia que se incuba en cada niño. Na- 
die niega al Poder público la facultad de limitar las 
libertades individuales en los casos de epidemia, para 
salvar a toda la nación o a una localidad determinada, 
de los peligros del contagio: el mal se presenta enton- 
ces con caracteres palpables y causas fáciles de cono- 
cer por todos: por esa razón todos claman por el re- 
medio inmediato y a nadie le ocurre que deba sacri- 
ficarse la vida de millares de habitantes para respetar, 
hasta en sus últimas consecuencias, la libertad de que 
gozan los miembros de la comunidad. Y, sin embargo, 
la estadística de todos los países está ahí para probar 
con fúnebres y elocuentes cifras, que no hay epidemia 
alguna, por cruel que sea, que cause más víctimas y 
arrebate más vidas que la ignorancia de los principios 
fundamentales de la fisiología y de la higiene. <£n las 



[209] 



JOSE PSDRO VARELA 



comunidades civilizadas, donde las tablas de mortali- 
dad se han hecho ciencia estadística, se encuentra que 
más de un quinto^ casi una cuarta parte de la raza 
humana muere antes de llegar a la edad de un año, 
y antes de llegar a los cinco años más de la tercera 
parte de los que nacen han muerto. Sin embargo, des- 
pués de la edad de dos años, la proporción anual de 
las muertes disminuye rápidamente. Aquellos niños que 
han heredado de sus padres constituciones débiles, han 
desaparecido: y el resto ha escapada a la terrible ma- 
tanza de la ignorancia que preside a la crianza. La 
naturaleza parece tomarlos entonces bajo su cuidado; 
los induce a la actividad y aun les aconseja la desobe* 
diencia y las estratagemas para conseguir el bálsamo, 
que tan a menudo se les prohibe, del ejercicio y el 
aire libre. Pero, aún una gran mayoría de la raza bu- 
mana muere antes de llegar a la mitad de la edad en 
que las facultades del cuerpo y de la mente alcanzan 
su mayor desarrollo. Se supone que antes de la edad 
de veinte años han muerto la mitad de los hombres: 
y no es esto todo, ni lo peor, porque una gran porción 
de los que sobreviven, sufren penas que causan horror 
con sólo recordarlas. Los enfermos y loa valetudina- 
rios, en vez de ser aquí y allí un individuo, son hués- 
pedes innumerables: y es raro encontrar una persona 
completamente libre de toda lesión orgánica o de las 
funciones. 

«En lugar de contribuir con su parte a aquellas pro- 
ducciones y mejoras con que se sostiene la vida y se 
alimentan las artes y las fuentes del bienestar, esas cla- 
ses pesan rudamente sobre sus amigos o sobre la socie- 
dad. La prosperidad mundana de millares de familias 
es destruida por la enfermedad o los males de una, 
cuando no de las dos cabezas de ellas. Los niños se 



[2101 



LA LEGISLACION ESCOLAB 



hacen huérfanos o se ven privados grandemente de 
la nutrición y de la vigilancia paternal; y por otra 
parte, los hijos son arrebatados a sus padres. Y ade- 
más, aun cuando es cierto que la calamidad de las en- 
fermedades y aun de la muerte ea nada comparado con 
el crimen, es cierto también, sin embargo, que las en- 
fermedades conducen a la pobreza, y que ésta es uno 
- de los tentadores del crimen; el desarreglo permanente 
del sistema físico conduce a menudo a satisfacciones 
viciosas y destructoras, por los apetitos antinaturales 
que genera, y así la mala salud se hace padre del mal, 
lo mismo que de las penas físicas. . . . I^os hombres 
ven su comunidad de interés con bastante claridad 
cuando la enfermedad se les presenta en la forma de 
una epid^ia y diezma y vuelve a diezmar una ciudad, 
deteniendo la corriente de los negocios, distribuyendo 
a los sanos en torno al lecho de los enfermos o de los 
moribundos, o arrojándolos aterrados fuera del lugar 
infestado. Pero en el total de sus periodos de enfer- 
medad y en el número de sus víctimas, la plaga misma 
es menos destructora de la vida humana que las ordi« 
narias y estereotipadas causas de mortalidad cuyo te- 
mor desaparece por lo familiarizados que estamos con 
ellas. Es la concentración de los males lo que hace 
terroríficas las epidemias. Esa concentración pueden 
percibirla los sentidos del hombre y por eso se sienten 
aterrados. Pero para los ojos de la razón, es más alar- 
mante lo que causa mayores males: y es con esos ojos 
con los que deben mirar el hombre de Estado y el fi- 
lósofo cuando se detienen a contemplar loa intereses 
humanos. . . . Ahora bien, nada ha hecho más cierto 
la ciencia moderna que, el que, ambas, la buena y la 
mala salud, son resultado directo de causas que están 
principalmente bajo nuestro controL En otras pala- 



tal! ] 



JOSS PEDRO VARELA 



bras: la salud de la raza depende de la conducta de la 
raza. La salud del individuo es determinada primera- 
mente por sus padres y segundamente por él mismo. 
El crecimiento vigoroso del cuerpo, 8U robustez y su 
actividad, su poder de resistencia y el largo de la vida, 
por una parte; y la debilidad, el raquitismo, las enfer- 
medades y la muerte prematura por la otra; todo está 
sometido a leyes invariables. Esas leyes son dictadas 
por la Naturaleza, pero su conocimiento se ha dejado 
a nuestra diligencia y su observancia a nuestra libre 
actividad. Esas leyes son muy pocas, y tan simples, 
que todos pueden comprenderlas, y tan bellas que el 
placer de contemplarlas, independientemente de su uti- 
lidad, compensa con usura el trabajo de adquirirlas. 
Las leyes, repito, son pocas. Sin embargo, las circuns- 
tancias en que deben aplicarse son excesivamente va- 
riadas y complicadas. Esas circunstancias abrazan casi 
toda la infinita variedad de nuestra vida diaria: comer, 
beber y abstenerse; las afecciones y las pasiones; el 
exponerse a los cambios de temperatura, a la seque- 
dad y a la humedad, a los efluvios y a las emana- 
clones de los animales muertos o de las materias vege- 
tales que decaen; en fin, abrazan todos los casos eu 
que los excesos, las indiscreciones o los peligros pue- 
den producir enfermedades, o en que el ejercicio, la 
temperancia, la limpieza o el aire puro pueden pre- 
venirlas. Así, sería completamente imposible escribir un 
código de reglas y disposiciones aplicables a todos los 
casos. Así, también, las ocasiones de aplicar las leyea 
a nuevas circunstancias ocurren ton continuadamente 
que ningún hombre puede tener un mentor a su lado, 
en la forma de un médico, o de un fisiólogo, que dirija 
su conducta en las sucesivas emergencias. Aun el indi- 
viduo más favorecido, de cien eu noventa casos tiene 



[2123 



LA liEGISLACION' ESCOLAR 



que prescribir por sí mismo. Y de aquí la impresciii' 
dible necesidad de que todos los niños sean instruidos 
en esas leyes, y no sólo instruidos sino que reciban 
una educación durante el curso del pupilaje, que coló- 
que las poderosas fuerzas del hábito al lado de la obe- 
diencia: y que su juicio también se desarrolle y ma> 
dure bastante para que sean capaces de distinguir en- 
tre las diferentes combinaciones de circunstancias y 
adaptar, en cada caso, el régimen a la exigencia». Na- 
da tenemos que agregar a estas juiciosas y sabias ob- 
servaciones de Horacio Mann, para justificar la adop- 
ción de los elementos de Fisiología e Higiene en el 
programa obligatorio de las escuelas. 

Establecemos, pues, en ese programa los elementos 
indispensables para la adquisición de conocimientos, y 
los conocimientos rudimentales necesarios para dar 
siquiera la satisfacción más imprescindible a las exi- 
gencias del ser moral, del ser social y del ciudadano; 
pero, estableciendo ese mínimum de instrucción, obli- 
gatoria para todos los niños de la comunidad, la ley 
deja amplias facultades a las Comisiones de Distrito 
para formar, sobre esa base, el verdadero programa 
de cada escuela, ajustándose a las exigencias y respon- 
diendo a las necesidades y a los medios de que dis- 
ponga cada locaKdad. 

El establecimiento de la instrucción obligatoria trae, 
como natural consecuencia, la fijación de un mínimum 
de instrucción, y éste exige a su vez que se determine 
la edad en que ese mínimum de instrucción debe ad- 
quirirse. De otro modo quedaría ima puerta abierta 
constantemente al abuso de la ignorancia o del mal 
proceder intencional, ya que la obligación impuesta 
por el Estado sería efímera, puesto que podría eludirse 
siempie su cumplimiento con sólo declarar que se abri- 



[213] 



JOSE PEDBO VAREIA 



gaba la intención de cumplir más tarde con ella. He- 
mos establecido, pues, la edad de 5 a 15 años para que 
las autoridades escolares encargadas de hacerlo, hagan 
cumplir la obligación impuesta por la ley. Fácil es 
comprender, sin embargo, que el aprendizaje del re- 
ducido número de materias declaradas obligatorias, 
está muy lejos de absorber el largo período de diez 
años que hemos establecido como edad de escuela; y 
que la obligación impuesta a los niños de recibir ins- 
trucción, cesa en cuanto hayan adquirido las materias 
designadas por el poder público; más allá no resta para 
los padres sino el deber moral, que hablará más o 
menos alto y con más o menos vigor al espíritu de los 
individuos y de las localidades, según el grado de ilus- 
tración y de cultura a que hayan alcanzado. 

Correlativa de la obligación impuesta a los padres 
y a los tutores o guardianes de los niños de hacerles 
aprender, cuando menos, el mínimum de la instruc- 
ción establecido por el Estado, es la obligación im- 
puesta a cada localidad de establecer y mantener la 
escuela en que, cuando menos, se dé a todos los niños 
que lo soliciten ese mínimum de instrucción. Y de 
ahí también que sea el Estado quien fije el sistema 
general de la organización escolar, y establezca cier- 
tas limitaciones respecto al nombramiento del maestro. 
Así^ cada localidad puede extender libremente el pro- 
grama de estudios, y si tiene los medios y lo concep- 
túa conveniente, puede fundar escuelas de grados su- 
periores a las estrictamente primarias: pero, esa fa- 
cultad sólo puede hacerse efectiva después que se haya 
dado satisfacción a todas las exigencias de enseñanza 
primaria, derivadas del mínimum de instrucción im- 
puesto por el Estado. 



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LA LEGISLACION ESCOLAR 



De Otro modo, si el Estado no estableciera esa limi- 
tación en las facultades de cada localidad, podría pre* 
sentarse, y se presentaría el caso de que se extendieran 
y perfeccionaran los estudios para algunos de los ni- 
ños, mientras que se dejaría a los demás sin escuela 
donde adquirir gratuitamente la instrucción primaría. 
Y asi como se establece para cada localidad la obliga- 
ción de sostener, cuando menos, la escuela primaria 
de primer grado, se establece también el mínimum de 
tiempo que durante cada año debe permanecer abierta 
la escuela, y cómo deben graduarse las escuelas cuan- 
do se extienda el programa de los estudios. 

La facultad de imponer contribuciones para el sos- 
tenimiento de las instituciones de interés común, resi> 
de originariamente en la mayoría de los habitantes del 
Estado, que la ejercen, delegándola, por medio de sus 
representantes. Así, pues, cuando se autoriza a las 
mayorías parciales de cada localidad a imponer con- 
tribuciones para el sostenimiento de la educación, el 
Estado las arma con un poder que no les pertenece, 
que pertenece al Estado mismo: es, pues, una conce- 
sión que hace el poder público, y toda concesión pue- 
de hacerse con determinadas limitaciones. Las que en 
este caso establece el Estado son, que las escuelas pri- 
marias se gradúen para su mejor oi^anización, y que 
los colegios o escuelas de enseñanza secundaria sólo 
puedan establecerse por el voto, no de las mayorías 
de distrito, sino de las mayorías de departamento. En 
realidad, el Estado no la autoriza para hacerlo, la 
mayoría de un distrito cualquiera no tendría facultad 
para imponer a todo el distrito una contribución para 
el sostén de las escuelas: justo es, pues, ya que se con- 
cede tan vasto poder a las mayorías locales, que se es- 
tablezcan ciertas limitaciones en su ejercicio, y esas 



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JOSE PEDRO VARELA 



limitación^ deben tener por objetivo el que no se 
impongan contribuciones para el sostén de escuelas 
que no deban servir a todos. Y por su misma natura- 
leza la enseñanza secundaria no será nunca popular; 
ya que cualquiera que sea el nivel a que se elevan los 
conocimientos generales, se llamará siempre enseñanza 
secundaria a aquella instrucción que no todos posean. 
Así, pues, la facultad de imponer contribuciones para 
el sostén de la escuela se confiere a las mayorías loca- 
les con estas limitaciones; 1^ Que se mantenga la es- 
cuela primaria de primer grado, de modo que puedan 
adquirir la instru(M;i6n obligatoria todos los niños; 
2*? Que extendiendo el programa se gradúen las escue- 
las primarias dividiéndolas, para su mejor organiza- 
ción, en escuelas primarías, escuelas de gramática y 
escuelas primarías superíores, o escuelas primarias de 
primero, segundo y tercer grado; 3* Que el estableci- 
miento de colegios, o escuelas de enseñanza secunda- 
ria, sea facultad de las mayorías de departamento, y 
que para el sostenimiento de colegios, las mayorías 
locales sólo puedan imponer contribuciones después 
que la mayoría departamental lo haya resuelto. No 
hay, a nuestro juicio, en esas limitaciones ataque a 
ningún derecho, y sí, evidente conveniencia para el 
mejor arreglo y distribución de la educación pública. 

Establecida la escuela, fijado el mínimum de tiempo 
que debe_ permanecer abierta durante cada año y el 
mínimum de instrucción que en ella puede darse, resta 
el nombramiento del maestro. Este corresponde a la 
autoridad local, con la limitación de no poder emplear 
sino maestros que tengan titulo, encargándose a la Co- 
misión Nacional y a las Comisiones Departamentales 
el cuidado de conferir esos títulos, después de hacer 
sufrir un examen previo a los aspirantes. Hemos hecho 



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LA LEGISLACION ESCOLAR 



notar, en el capítulo anterior, los graves inconvenien- 
tes que presenta el nombramiento de maestro por la 
autoridad central; no tenemos, pues, para qué repetir 
aquí las razones que aconsejan no confiarle ese nom- 
bramiento; pero graves inconvenientes ofrecería tam- 
bién el dejar a las Comisiones de Distrito la facultad 
de designar el encargado de la escuela, sin poner li- 
mitación alguna al ejercicio de esa facultad. La apre- 
ciación de los conocimientos que posee el aspirante a 
maestro exige cierta preparación especial, ciertos co- 
nocimientos pedagógicos, que no es razonable suponer 
puedan encontrarse generalmente en las Comisiones de 
Distrito. Así, pues, el título sirve de certificado, olor- 
gado por autoridad competente para juzgarlo, de que 
el que lo posee tiene los conocimientos y las condicio- 
nes necesarias para ser maestro; hasta esa certifica- 
ción llegan la Comisión Nacional y las Comisiones 
Departamentales; pero en la designación del maestro 
que debe dirigir la escuela, la autoridad local es so- 
berana, y elige al que mejor responde a sus exigen- 
cias, a sus aspiraciones y a sus medios. 

Resta, por último, una limitación, sin importancia 
para ellas, impuesta a la soberanía de las localidades. 
Toda escuela está abierta a los Inspectores, y todo 
maestro, toda Comisión de Distrito y toda autoridad 
de educación, está en el deber de transmitir los datos 
necesarios para que se conozca el estado verdadero 
de la educación, así en toda la República, como en 
cada localidad. En un capítulo especial que . dedicare- 
mos a ese punto, haremos notar la trascendental im- 
portancia de un sistema regular de inspección, y los 
medios que se combinan para que esa inspección res- 
ponda a sus funciones, sin trabar, sin embargo, la 



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JOSE PXDRO VABKLA 



independencia legítima de las Comisione^ locales y de 
los maestros. 

Así, pues, las reglas generales que señala el Estado 
como límites dentro de loa cuales ha de agitarse el 
esfuerzo y la acción de las localidades, son las siguien- 
tes: 

19 Instrucción obligatoria, estableciéndose el míni- 
mum de instrucción (jue debe recibirse para no violar 
la ley; 

2^ Obligación de que la escuela sea gratuita para 

todoa loa niños que a ella concurran; 

3^ Obligación impuesta a cada distrito de mantener 
el número de escuelas que sea necesario para dar ese 
mínimum de instrucción a todos los niños y niñas de 
5 a 15 años que residan en el distrito: y fijación del 
mínimum de tiempo que la escuela debe estar abierta 
durante el año; 

4*? En el caso de extender el programa de estudios, 
obligación de graduar las escuelas primarias y de se- 
guir reglas determinadas para el establecimiento de 
colegios o escuelas de enseñanza secundaria; 

5^ Obligación de no emplear en la escuela sino maes- 
tros que tengan titulo, sea del Estado o sea del De- 
partamento, y no de un grado inferior a aquel a que 
la escuela pertenezca; 

6^ En el caso de establecer la enseñanza dogmática 
en la escuela, obligación de respetar los derechos de 
los disidentes; 

7^ Obligación de permitir que la escuela sea ins- 
peccionada por el Inspector de Sección, de Departa- 
mento y Nacional, y de transmitir todos los datos que 
sean solicitados por el cuerpo de inspección respecto 
al estado de la educación y de la escuela. 



LA LEGISLACION ESCOLAR 



Dentro de esos vastos límites la acción, la iniciativa 
y la voluntad de las localidades pueden agitarse libre- 
mente para establecer, organizar, mantener y dirigir 
la éscuela pública, en todos sus grados. 

Además, respondiendo principalmente a exigencias 
perentorias del estado de la educación en todos los 
pueblos de babla española, y mayormente en nuestro 
país, hemos establecido también que la Comisión Na- 
cional sea la que tenga la facultad de designar o apro- 
bar los teictos que han de usarse en las escuelas pu- 
blicas. Aun después que llegue a tenerse en castellano 
el número de textos necesarios para responder cum- 
plidamente a las necesidades de la instrucción pública, 
todavía el confiar a las Comisiones de Distrito la elec- 
ción del texto, ofrecerá no pequeños inconvenientes, 
ya que la falta de idoneidad que las hace incompeten- 
tes, en la generalidad de los casos, para apreciar los 
conocimientos del aspirante a maestro, las hará incom- 
petentes para apreciar la bondad de los textos que 
hayan de emplearse en la escuela, resultando de aquí 
que, muy a menudo, será el maestro sólo quien los 
elija. Pero estos y otros inconvenientes que ofrecería 
la elección de los textos por las autoridades locales, 
no son la razón principal que nos ha inducido a con- 
fiar esa facultad a la Comisión Nacional: es la nece- 
sidad de hacer posible la formación de nuevos textos 
abriéndoles mercado por el empleo uniforme que de 
ellos se haga en toda la República. 

Los buenos textos en castellano, en casi todas las 
materias, están aún por escribirse, como lo hemos he- 
cho notar ya en el capítulo XXXV de La Educación 
del Pueblo; y si, bajo otros aspectos, mucho hay que 
hacer para organizar debidamente la escuela pública, 
bajo ése todo tiene que hacerse, puesto que aun los 

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JOSE PfiDRO VABXLA 



müy escasos textos buenos que hay hoy en castellano, 
si de eínplearse hubieran, tendrían que encuadrarse en 
las series que se prepararan para responder cumplida- 
mente a las exigencias áe cada una de las materiaá 
que han de enseñarse. Adoptando, pues, loa mismos 
textos para todas las escuelas públicas del país, sería 
posible, en poco tiempo, obtener textos adecuados, ora 
ofreciendo premios a los que presentaran un bneti 
texto, o una serie de textos sobre cada materia; u ora 
fconfiandg la redacción de esos textos a personas de 
reconocida idoneidad. Mientras que, por el contrarió, 
si se deja que cada. Comisión local, o aun cada Comi- 
sión Departamental, designe los textos que han de em- 
plearse en la localidad o en el departamento, continua- 
remos por largo tiempo como hasta ahora, siendo la 
falta de consumo asegurado, causa de que no se escri- 
ban, traduzcan, o arreglen textos adecuados. No se nos 
escapan los peligros de abusos y los inconvenientes 
que puede ofrecer la elección o aprobación de los tex- 
tos por la Comisión Nacional, que es, en este caso, Ift 
autoridad central; pero creemos que esos inconvenien- 
tes y esos peligros son un mal menos grave que lo que 
sería el continuar durante largo tiempo sin tener textos 
apropiados para una buena enseñanza. No entendemOil 
nosotros, sin embargo, ni creemos que deba entenderse 
de ningún modo, que la facultad de designar los textos 
que se confiere a la Comisión Nacional, haya de usar- 
se, como ha usado de ella entre nosotros el Instituto 
de Instrucción Pública, que por la ley de su creación 
la poseía. El Instituto ha entendido que debía aprobar 
como texto todo libro que se le presentaba solicitando 
su aprobación, y que no tenía nada que en su con- 
cepto lo hiciese indigno de merecerla. Así, cuéntanae 
por decenas los textos- de Lectura, de Aritmética, de 



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LA LEGISLACION ESCOLAR 



Gramática, etc., que han sido aprobados por el Insti- 
tuto; mientras que entendemos nosotros que por el in- 
ciso 2^ del artículo 49 de nuestro Proyecto de Ley 
de Educación Común, la Comisión Nacional deberá 
elegir y aprobar los textos que deban usarse en las 
escuelas públicas, de manera que no preste su apro- 
bación más que a un texto o a una serie de textos de 
Lectura, de Aritmética, de Composición, etc., siendo 
éstos los que se empleen en las escuelas públicas, y pu- 
diendo las escuelas particulares emplear los textos que 
estimen mejores, hayan sido aprobados o no por la 
Comisión Nacional para el uso de las escuelas públi- 
cas. Ese rasgo de centralización completa, ^clavado 
en un proyecto de ley que tiende, en cuanto es posi- 
ble, a descentralizar la administración de la educación, 
es, a nuestro juicio, perentoriamente impuesto, en la 
actualidad, por las condiciones en que se encuentra 
la educación del pueblo en nuestro país, y en todas 
las naciones que hablan el mismo idioma que nosotros. 
Pero, una vez que lleguemos a tener textos variados 
y adecuados a las exigencias de una buena educación, 
el inciso 2^ del artículo 49 deberá suprimirse, con- 
fiando a las Comisiones locales, con aprobación de 
las Comisiones departamentales, la facultad de elegir 
los textos que en la escuela local hayan de emplearse. 
Hacerlo antes sería arrojar una buena semilla en tierra 
estéril: la tierra no se hace fecunda porque en ella 
se deposite la buena semilla, y la buena semilla se 
pierde por la esterilidad de la tierra. 



FIN DEL TOMO I 



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